Luego de la última votación por el Pleno de la Convención el sábado pasado, la ciudadanía comenzará por fin a entender el trabajo hecho contenido en 499 artículos y tomar posición. Críticos y detractores han comenzado a enviar análisis, aunque no está todo dicho. En efecto, falta ordenar, armonizar y aprobar un preámbulo y las normas transitorias. El segundo borrador puede ser bastante diferente al primero en la última oportunidad que algunos creen que tiene la Convención para moderarse o simplemente tratarse de una confirmación de nuevas oraciones compuestas por un sustantivo y líneas interminables de adjetivos. 

Sin embargo, la cantidad de artículos, palabras o derechos no dice mucho de la calidad de una Constitución. La regulación y distribución del poder, la conformación territorial y administrativa del Estado y la regulación de los derechos sociales dicen mucho más. Pero lo gravitante y realmente decisivo es el endiosamiento del hombre. 

Es una Constitución que sustituye a Dios por el hombre. Se trata de esa autonomía omnipotente e ilimitada, amparada por el derecho y protegida por el Estado, pero que no es nueva. Consiste en la más pura manifestación del individualismo y liberalismo radical en el que estamos sumidos en nuestra época. Porque quiero, se me debe. No importa si es contradictorio con el derecho, la moral o el bien de la sociedad. Toda pretensión será elevada a rango de derecho fundamental. No hay límites, salvo atentar contra la naturaleza o la Pachamama.

Los artículos sobre derecho a la identidad, autonomía y libre desarrollo de la personalidad son el ejemplo paradigmático de este endiosamiento del hombre. La autonomía personal se convierte en la justificación -no razón- de toda elección o pretensión: aborto porque quiero (“derecho a decidir de forma libre, autónoma e informada sobre el propio cuerpo”); solicito la eutanasia porque quiero (derecho a “tomar decisiones libres e informadas sobre sus cuidados y tratamientos al final de su vida”); me identifico como mujer, como persona no binaria o como animal, porque quiero (“derecho a su autonomía personal, al libre desarrollo de la personalidad, identidad y de sus proyectos de vida”).

Lo paradójico es que también se reconoce la autonomía progresiva a los menores de edad (“participar e influir en todos los asuntos que les afecten en el grado que corresponda a su nivel de desarrollo en la vida familiar, comunitaria y social”), pero esa progresividad, entendida como la constante eliminación de límites, desaparece y queda sólo la autonomía ilimitada. Así, la Constitución de la Convención, durante el transcurso de la vida de las personas, comienza reconociendo este principio desde la infancia y alcanza su máximo esplendor cumplidos los 18 años. 

¿Cuál es el problema? Que el hombre no es Dios, el Estado no todo lo puede y la sociedad no todo lo soporta. Una autonomía ilimitada que convierte caprichos en derechos, que exige satisfacción de derechos sociales bien detallados y que la sociedad resista el profundo individualismo que se instala, no es fuente de paz y orden social. La manifestación de esta autonomía a nivel país se manifiesta en la creación de las autonomías territoriales indígenas y en las regiones y comunas autónomas. Aún cuando se establezcan deberes estatales de promoción de cooperación e integración armónica, el acento está puesto en la autonomía políticas, financiera y administrativa de estas nuevas entidades. 

Faltó aprobar el derecho a establecer límites a los derechos, a ordenar la autonomía al bien individual y común… a que se estableciera como principio que no todo está permitido. “Se abrirán las grandes alamedas, por donde pasa el hombre autónomo”. Pero podrá pasar de tres formas: solo, aplastado o aplastando. 

Roberto Astaburuaga Briseño – Abogado Comunidad y Justicia

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