Desde los albores de la República de Chile nos hemos distinguido por haber logrado construir una tradición constitucional con sentido de continuidad histórica lo cual ha garantizado por muchos años la estabilidad política, debido a que hemos contando con un instrumento constitucional que ha permitido distribuir prudentemente el poder y, cuando existió un desajuste, las fuerzas políticas -en general- reformaron la Constitución en forma republicana y con apego al derecho. La Constitución de 1833, que puso fin a un largo proceso de ensayos constitucionales, nos acompaña -en su esencia- hasta el día de hoy. 

La Constitución de 1833, fue el gran factor, en perspectiva histórica, que permitió a Chile junto con Uruguay, ser los países más estables de Latinoamérica. Los ríos de sangre con los que se han derrocado tantos gobiernos, y cambiado tantas constituciones en Latinoamérica son testigos de la importancia de que la estabilidad político-constitucional no es algo trivial. Testigos de su importancia también son las profundas heridas resultantes de las guerras civiles chilenas de 1829-1830, y de 1891 y los conflictos constitucionales entre el Ejecutivo, Legislativo, Judicial y Contraloría acaecidos entre 1970 y 1973. 

Las tres constituciones chilenas, coinciden no solamente en haber sido instrumentos exitosos o aceptables para mantener un ambiente de respeto y consenso entre las distintas fuerzas políticas, sino que también, en haber sido otorgadas frente al deterioro o fraccionamiento del orden republicano. Pese a que lo anterior es un resultado indeseable, existe un contraste notable con el panorama latinoamericano. A modo de ejemplo, Ecuador ha tenido alrededor de 20 constituciones distintas, con una media de una constitución cada 10 años; Venezuela ha tenido más de 15 constituciones, y así. Esto, sin mencionar que el conflicto y la muerte han sobresalido en muchas de las experiencias constitucionales latinoamericanas. 

De ahí que, a pesar de haber sufrido tensiones y extremismos políticos similares a los de la región, Chile ha gozado de un ambiente político más estable, gracias a una institucionalidad lo suficientemente vigorosa como para contener la mayor parte de las desbandadas violentas y arbitrarias de la política. 

¿De dónde nos viene esta especial estabilidad frente a la tensión político-constitucional? El profesor Gonzalo Candia Falcón (UC) ha esbozado algunas líneas interesantes que pueden dar respuesta a esta interrogante y que resultan atingentes para el trabajo de la Convención Constitucional. En primer lugar, ha señalado que los redactores de la Constitución de 1833 se distinguieron por evitar seguir redactando constituciones europeizantes. Estos ilustrados redactores advirtieron que existía una realidad social asentada en una Constitución Histórica Chilena, es decir, un conjunto de costumbres e instituciones políticas y sociales determinadas por los tres siglos de la existencia de Chile como parte del Imperio Español. A su vez, advirtieron que, al ser ignorada esta constitución histórica, el texto constitucional moderno y liberal fracasaba, al no tener ninguna relación con la realidad política del pueblo latinoamericano. De ahí que los redactores de la Constitución de 1833 optaran por evitar la importación de instituciones extranjeras que producían significativos desajustes políticos y sociales, y privilegiaron trabajar con la realidad política y social del país, revistiéndola de algunas categorías republicanas, pero manteniendo las estructuras más fundamentales de la experiencia monárquica. Este es un modo de actuar distinto al de las constituciones de 1818, 1822, 1823 y 1828 las cuales fracasaron, algunas a los pocos meses. En concreto, estas constituciones fallaron porque copiaban y pegaban instituciones y conceptos de Francia y Estados Unidos, que resultaban totalmente ajenas a la experiencia política chilena de esa época, cuyas características centrales eran un Ejecutivo fuerte, una Judicatura independiente y respetada, y la relevancia del Ejército.

Esta es la gran lección que la historia constitucional nacional ofrece a la sociedad chilena, cuando quedan apenas tres meses para el fin del funcionamiento de la Convención Constitucional. Las constituciones son instrumentos que deben insertarse en la historia y tradición porque, de lo contrario, fracasan estrepitosamente. El copypaste de conceptos constitucionales extranjeros suelen causar profundas heridas institucionales cuando nada hay en la sociedad para sustentar dichos conceptos ajenos al acervo cultural nacional. De ahí que sea crucial tomar en cuenta la tradición y contexto histórico de las constituciones que han sido exitosas en nuestro país, para mantener lo que ha funcionado y mejorar lo que requiere ajustes. La tentación de introducir injertos conceptuales traídos de otras latitudes puede dinamitar la estabilidad político-constitucional de un país, a costa de la sangre de sus ciudadanos, como sigue ocurriendo hoy en distintas regiones y contextos.   

*René Tapia Herrera, abogado Libertad y Desarrollo

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