Este lunes ha terminado el trabajo de la Convención Constitucional pronunciándose sobre las indicaciones formuladas en la Comisión de Armonización respecto del borrador de nueva Carta Fundamental. Los ojos pasan a estar puestos, desde ahora, en el texto oficial de nueva Constitución que será entregado al Presidente de la República el próximo 4 de julio y en la convocatoria al plebiscito que tendrá lugar el 4 de septiembre. 

Es hora, pues, de evaluaciones más que de recriminaciones. La evaluación que proponemos tiene que ver estrictamente con la teoría constitucional y, particularmente, con la mirada del profesor alemán Peter Häberle, quien nos enseña que la Constitución es, ante todo, el reflejo de la cultura de un pueblo. 

Es así como las opciones para escribir una Constitución pueden ser de lo más variadas: desde constituciones principialistas y valóricas hasta meras constituciones de reglas; desde constituciones rígidas hasta otras más flexibles y, ciertamente, constituciones breves o desarrolladas. ¿De qué depende una u otra opción? Nada más que de la cultura y del imaginario colectivo. Es por eso que los países más desarrollados no requieren constituciones extensas, porque los consensos sobre los aspectos básicos de la convivencia están inmersos en el ethos de esas sociedades.

Del mismo modo, si la Constitución es vista como el producto de reivindicaciones históricas insatisfechas tenderá, naturalmente, a ser más rígida para generar un punto de no retorno. Por último, si la Constitución quiere dar señales simbólicas a la sociedad procurará abundar en el detalle de referencias valóricas que, en principio, no son necesarias, porque están subsumidas en nociones de general aplicación como ocurre con la “igualdad material o sustantiva”.

¿Por cuál de estas opciones se inclina la propuesta de la Convención Constitucional? De aprobarse, tendremos una Constitución muy desarrollada, abundantemente principialista, y con una compleja estructura de reforma que más que favorecer su proyección en el tiempo parece querer cristalizar la obra de la Convención como la propia de una verdad absoluta que no merece cuestionarse.

Pero lo que más debe preocupar es que se trata de una Constitución ajena a nuestra cultura caracterizada, más bien, por la sobriedad y la austeridad y que ha dejado a la política la decisión de aquellas cuestiones que van marcando el curso de los tiempos. Un ejemplo de ello fue la progresiva radicación de los conflictos con la Administración del Estado en los tribunales ordinarios de justicia.

La propuesta de la Convención abunda en las especificaciones de todo tipo, no solo respecto de las diversas desigualdades que existirían en nuestra sociedad, sino que, también, sobre las características de cada política pública al punto que rigidizará, inevitablemente, el espacio de la política al momento de aprobar las leyes respectivas. ¿O cómo medimos la pertinencia cultural de las viviendas y del sistema integral de cuidados?

Lo que subyace a esta preocupación es que la propuesta constitucional haya sido un laboratorio de la teoría de las identidades que lleva a privilegiar la percepción subjetiva de cada quien y de su relación frente al entorno. O, más bien, que pretenda ser el laboratorio de la ruptura radical -o refundacional- con un modelo de Estado en el que difícilmente nos podríamos reconocer: un Estado patriarcal, un Estado colonialista y un Estado que ha crecido a costa de la inequidad que produciría el desarrollo capitalista como si éste fuera incompatible con la solidaridad y la empatía. O, en fin, que sea el laboratorio de la ecología profunda donde el ser humano aparece diluido en la naturaleza que lo circunda.

A estas alturas, entonces, la pregunta es si esta propuesta constitucional “nos” identifica culturalmente como grupo humano que tiene una historia, un presente y un futuro. O, más bien, se trata de una propuesta que “me” identifica en mis particulares deseos de un mundo mejor que no se parece al de Alemania, al de Francia, al de Ecuador ni al de Bolivia, que, en el discurso de muchos convencionales, han sido ejemplos recurrentes de un sueño constitucional.

Marisol Peña Torres- Centro de Justicia Constitucional Universidad del Desarrollo

Deja un comentario

Cancelar la respuesta