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Publicado el 03 de diciembre, 2016

Ocaso de la Revolución Cubana

Profesor de la U. San Sebastián y la UC. Director de Formación del Instituto Res Publica. Director general de "Historia de Chile 1960-2010" (USS). Alejandro San Francisco
Para Fidel Castro, se podrían soportar las derrotas sistemáticas de los amigos y socios políticos, pero no transar el destino de la revolución.
Alejandro San Francisco Profesor de la U. San Sebastián y la UC. Director de Formación del Instituto Res Publica. Director general de "Historia de Chile 1960-2010" (USS).
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En los últimos días se ha producido un gran debate sobre Fidel Castro y la Revolución Cubana, que lo encarnó como su líder principal y que lo transformó en una de las figuras más importantes de la política mundial. Así se ha reflejado con el impacto de la noticia de la muerte de Castro, las condolencias desde distintos continentes y el pesar entre sus partidarios. Pero también se ha notado en las voces críticas, en las celebraciones por el suceso, en las condenas renacidas contra el régimen que encabezó con mano de hierro y voluntad decidida.

En la década de 1960 se convirtió en un ícono revolucionario, y con figuras como Ernesto Che Guevara representaron un ejemplo a seguir por personas y organizaciones políticas en distintas sociedades. Puesto en la dinámica de aquellos tiempos, el socialismo parecía representar el futuro de la humanidad.

Por lo mismo, muchos vieron en Cuba una inspiración y en Fidel Castro un líder. Poco tiempo después de la victoria, se consolidó una suerte de omnipresencia del líder, mientras la Revolución tomó su definición principal. Con esto, no se llamaría a elecciones, se perpetuaría un modelo distinto, produciéndose el alineamiento con la Unión Soviética. En las décadas siguientes ese sería su eje ideológico y práctico, y los cubanos no ocultarían sus deseos de expandir los ideales revolucionarios por todo el continente. En otras palabras, tenían lugar “las pasiones ideológicas” de las que hablaba François Furet en El pasado de una ilusión. Ensayo sobre la idea comunista en el siglo XX (México, Fondo de Cultura Económica, 1996).

Todo esto llevaba a ciertas convicciones bastante deterministas, como reconocía Fidel Castro en la Segunda Declaración de La Habana: “El desarrollo de la historia, la marcha ascendente de la humanidad, no se detiene ni puede detenerse” (4 de febrero de 1962). Y luego agregaba, con seguridad que “las condiciones subjetivas de cada país -es decir, el factor conciencia, organización, dirección- pueden acelerar o retrasar la revolución según su mayor o menor grado de desarrollo; pero tarde o temprano, en cada época histórica, cuando las condiciones objetivas maduran, la conciencia se adquiere, la organización se logra, la dirección surge y la revolución se produce”. En síntesis, proclamaba el dictador, “en muchos países de América Latina la revolución es hoy inevitable”.

Fidel Castro tendría muchos emuladores y seguidores, con matices y realidades propias: el sandinismo en Nicaragua, Allende en Chile, Chávez en Venezuela, y tantos otros que compartieron sus ideas, sus medios o ambos. Sin embargo, la historia marchó por un camino diferente, con muchos problemas y dolores, contradicciones y rupturas institucionales, guerras civiles y golpes de Estado. La lógica comenzó a cambiar de manera radical en los años 80: si en la década de 1960 la revolución parecía ser un destino deseado e inevitable en muchas sociedades, tiempo después la democracia aparecía como una aspiración menos épica, pero más adecuada al mejor desarrollo de las personas y los pueblos. En democracia habría condiciones de libertad y la posibilidad de participar en la construcción de una sociedad más humana.

En esa disyuntiva, Cuba apostó por la continuidad de su revolución, que se consolidó en 1976 con una nueva Constitución que mantuvo el poder comunista y del propio Fidel. Así llegó el gran cambio: la caída del Muro de Berlín y el derrumbe de la Unión Soviética, que trajeron en muchos la pérdida de los sueños de juventud y el duro despertar de un mundo tan diferente al proclamado por los revolucionarios, y por el cual tantos esperaron y murieron. Lo que muchos interpretaron rápidamente como el fin del comunismo -e incluso el “fin de la historia” propiamente tal, en palabras de Francis Fukuyama-, para el régimen cubano no era más que una prueba adicional, ciertamente difícil, para su revolución victoriosa y sin vuelta atrás.

Fidel Castro, el gran líder, vio pasar los cambios en el continente y el mundo con la serena convicción de quien cree tener la razón, pero también con la certeza de que el mundo en el cual viviría sus últimos años era diametralmente distinto al que había prometido él mismo en las horas de la exaltación revolucionaria. Estaba dispuesto a no ceder, a morir como vivió -como dice la canción de Silvio Rodríguez-, a que el pueblo soportara la miseria terrible del “período especial”, como se denominó a la última década del siglo XX. Se podrían soportar las derrotas sistemáticas de los amigos y socios políticos, pero no se podía transar el destino de la Revolución, aunque significara cada vez menos para aquellos que en su momento habían vibrado con ella, abrigando la esperanza de mejores días.

Siempre es difícil poner fechas exactas para problemas históricos complejos, por lo cual resulta necesariamente impreciso fijar el comienzo del ocaso del régimen de Castro. Muchos asocian la decadencia a su enfermedad inhabilitante, que lo obligó a dejar el poder y traspasarlo a su hermano Raúl, confiable para Fidel por razones personales y políticas. Sin embargo, parece que la erosión del sistema tenía larga data y se podría apreciar en momentos, en ciertos signos, además de fechas e hitos políticos.

Un acontecimiento clave se produjo con la decisión de no convocar a elecciones después del derrocamiento de la dictadura de Fulgencio Batista. También se podrían mencionar un par de casos culturales, como la condena de los escritores cubanos contra el poeta chileno Pablo Neruda por su participación en el Congreso del Pen Club en Estados Unidos, en 1966; o el ataque contra el también poeta Heberto Padilla, manifestación de la resurrección del modelo estaliniano de juicios públicos. Pero también se puede apreciar el ocaso de la dictadura de Castro en todos y cada uno de aquellos cubanos que tomaban una precaria balsa -hecha con sus propias manos- y se lanzaban al mar dejando amigos y algunos parientes, soportando los avatares del viaje que los llevaría a la libertad o la muerte.

Era precisamente esa voluntad de muchos por marcharse de la isla una de las características más ilustrativas del ocaso del régimen castrista. Con la muerte de Fidel Castro, es probable que ahora ocurra exactamente al revés, y se abran nuevos espacios para que muchos hombres y mujeres regresen a Cuba y vivan sus días luchando, sin odios, por una sociedad mejor.

 

Alejandro San Francisco, historiador, columna publicada en El Imparcial, de España

 

 

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