En 12 domingos más, concurriremos a las urnas para definir el destino de Chile. Desde el Gobierno están empeñados en que la nueva Constitución salga triunfadora, porque según lo expresan abiertamente, su programa depende de que el nuevo texto sea aprobado. Eso me llevó a revisar qué coincidencias habría entre dicho programa y el proyecto de Constitución. Al hacerlo, bastaron unos pocos ejemplos para entender la complicidad entre la CC y el gobierno, y el por qué su compromiso con el Apruebo. Veamos. 

En su introducción, el programa decía que “el mercado deje de ser el principio estructurador de la sociedad, para que el Estado vuelva a tomar un rol preponderante, tanto en la provisión y garantización de derechos sociales, como en la administración de los recursos naturales”. Ente las medidas a implementar, está la intención de desarrollar un “Estado Social de Derechos”; el “establecer un diálogo con la plurinacionalidad para acordar los términos de una restitución territorial que permita el ejercicio de su derecho a la autonomía, evitando y reparando la fragmentación de los territorios; el eliminar las AFP; el derecho al aborto legal, libre, seguro y gratuito como prestación de salud garantizada; el pleno derecho a la libertad sindical, con negociación colectiva multinivel, todo lo cual de una manera u otra, está incluido en la nueva Constitución.

Por otra parte, el Presidente ha asumido tantas posturas antitéticas, que es difícil saber qué es lo que realmente piensa. Me explico. Como diputado votaba de una manera y ahora, como Presidente, ante el mismo dilema, apoya todo lo contrario, como por ejemplo, el quinto retiro. Y para qué recordar los proyectos contra la violencia. También le hemos conocido intervenciones en que sus palabras suenan como música para los empresarios, invitándolos a invertir para transitar juntos hacia el desarrollo, pero días después le envía una carta de homenaje al PC en su 110 aniversario, donde vuelve a aparecer el Boric revolucionario.

En esa carta les dijo: Hoy la tarea es sentar las bases para el despliegue de un nuevo pacto social, donde el centro esté en la dignidad de las personas y no en el lucro de unos pocos. Es motivo de satisfacción y confianza saber que marchamos juntos en esa inmensa tarea”, continuando después con más alabanzas. El mismo día en que Teillier leía esa carta en el Caupolicán, partía a su gira a Canadá y EE.UU., donde invitaría a los empresarios a invertir en Chile, ofreciéndoles todo tipo de garantías y seguridades. 

Sin embargo, en Canadá se refirió a las empresas forestales como que fueran parte del problema de la violencia en la Macrozona. Y el jueves, en EE.UU., en un foro empresarial anexo al encuentro, defendió el resultado del proceso Constituyente, afirmando que busca adecuar las instituciones a la realidad actual del país, lo cual se contradice con el discurso pro inversión, pues muchas reglas de la nueva Constitución que necesita para implementar su programa no avalan su mensaje.

Lo que está en juego entonces el 4 de septiembre no es solo el riesgo que representa la nueva Constitución, sino que también que el Gobierno imponga la impronta de su programa avalado por la nueva Carta Magna, y el país se encamine entonces a un cambio radical en el modelo de desarrollo, con un estado omnipresente, un sistema de gobernanza extraordinariamente complejo  de administrar y totalmente contrario a lo que ha sido nuestra historia y tradición republicana, todo lo cual genera un escenario de gran incertidumbre.

Hace 52 años, un 4 de septiembre, una estrecha elección produjo divisiones irreconciliables entre chilenos que aun no se superan totalmente. Nuevamente un 4 de septiembre nos somete a una elección con implicancias semejantes a las de 1970. Por el bien de Chile, es de esperar que no repitamos los mismos errores del pasado. 

*Jaime Jankelevich es bioquímico y consultor.

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