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Publicado el 08 de diciembre, 2015

Nueva etapa de la enfermedad: ineptitud audiovisual

Doctor en Comunicación Pública, Facultad de Comunicaciones UDD Alberto López-Hermida
Quienes ayer se reían de la torpeza comunicacional del gobierno de Piñera, hoy deberían estar en estado de shock por la pérdida radical de la centro-izquierda gobernante de transmitir al menos un mensaje coherente.
Alberto López-Hermida Doctor en Comunicación Pública, Facultad de Comunicaciones UDD
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Si hay un lugar en el que la centro-izquierda chilena siempre pudo vanagloriarse frente a sus contrincantes fue en la arena de la comunicación audiovisual. Un análisis rápido, por ejemplo, de las campañas electorales desde que se recuperó la democracia deja en evidencia que, con las excepciones de Lavín 2000 y Piñera 2010, la fuerza del mensaje, el dominio de los símbolos y la calidad de la producción siempre han estado en manos del ala hoy gobernante. Personalmente creo que el momento superlativo de este fenómeno se vivió con el primer spot de campaña de Michelle Bachelet 2014: por lejos la mejor pieza electoral en la historia democrática nacional.

Ahora bien, a la fecha el gobierno de la Nueva Mayoría ha logrado dinamitar, entre otras cosas, ese capital sabroso para momentos de bonanza pero indispensable para instancias de crisis política como la que se vive hoy. La mala comunicación audiovisual del actual gobierno es también un instrumento de precisión para diagnosticar el avance de su enfermedad.

Un primer hito fue, posiblemente, el video en defensa de la reforma tributaria lanzado en abril de 2014, cuyo principal impacto fue el de terminar de instalar en la opinión pública un discurso explícito de lucha de clases. Una torpeza -y provocación vulgar- de parte de quien parecería tener el sartén por el mango.

En los meses que vinieron, distintos ministerios lanzaron sus propias piezas, ninguna significativa, todas un despilfarro de dinero y, lo que es peor, una señal clara de la falta de liderazgo y estrategia central en este respecto. Más que transmitir un mensaje, todas terminaron haciendo noticia por su falta de calidad y su pobreza en el mensaje. Aunque no de modo audiovisual -gracias a Dios-, la pequeña Sofía fue un ejemplo categórico, puntualmente de otra gran reforma: la educacional.

La última semana, la única reforma que quedaba inmaculada en este sentido se llevó todos los galardones al barullo audiovisual y se sumó a esa metástasis de despiste comunicacional que no da tregua en la Nueva Mayoría.

Primero fue el video que acompañó al lanzamiento del Consejo Ciudadano de Observadores el pasado 1 de diciembre. Más allá de la vastamente comentada peculiaridad de sus miembros, el mismo video, que parece fijar un cronograma que por meses se ha pedido, dice que ese grupo se constituye en una tercera etapa, tras una campaña de información cívica y de recolección de todas las voces que conforman nuestra diversidad, algo nada coherente con el mensaje de la misma Bachelet al presentar a los integrantes de ese Consejo, el que desde el comienzo se decía representativo pero al que misteriosamente se le ha ido añadiendo más gente para terminar de dar esa representatividad ciudadana. En suma: improvisación, confusión, desorden y pirotecnia que sólo terminan por perjudicar al propio gobierno.

Mientras aún se terminaba de digerir esta amalgama, sólo cinco días después se presenta con bombos y platillos el Constitucionario, un diccionario con las palabras claves del proceso. Acompañado lógicamente con un puñado de videos, el nuevo regalo que nos hace el Ejecutivo cambió la gráfica animada utilizada sólo cinco días antes y contrata al talentoso Alberto Montt para explicarnos el asunto. Un rápido recorrido -y ni hablar de un detenido análisis- hace llegar a la conclusión de que el Ejecutivo abusa del talento del ilustrador nacional para explicarnos el proceso a los ciudadanos como si fuéramos francamente estúpidos. De venderse físicamente el Constitucionario, cualquier librero en su sano juicio lo pondría en la estantería de literatura pre infantil.

Todos estos palos de ciego dados por el Ejecutivo la última semana confirman que la improvisación y las agendas propias abundan en los pasillos de La Moneda, pues desde la cadena nacional del pasado 14 de octubre, dedicada exclusivamente a explicar el proceso constituyente, ha habido al menos tres instancias en las que la gran reforma bacheletista vuelve a lanzarse con otro mensaje, otra estética, otro ritmo y, lo peor, otra orientación simbólica.

Quienes ayer se reían de la torpeza comunicacional del gobierno de Piñera, hoy deberían estar en estado de shock por la pérdida radical de la centro-izquierda gobernante de transmitir al menos un mensaje coherente.

 

Alberto López-Hermida, Doctor en Comunicación Pública y Académico Universidad de los Andes.

 

FOTO: CRISTÓBAL ESCOBAR/AGENCIAUNO

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