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Publicado el 19 mayo, 2021

Nicolás Vial C.: ¿Dónde están los votos?

Abogado y filósofo Nicolás Vial

Por obvio que parezca, en una democracia representativa, los representantes representan las ideas de quienes votan por ellos; si los representantes se alejan de esas ideas, es natural que los electores se alejen de los representantes.

Nicolás Vial Abogado y filósofo
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Sin duda una de las noticias más llamativas de los resultados de las últimas elecciones fue la aplastante derrota del pacto de derecha en la elección de constituyentes. En números gruesos, el pacto obtuvo 1,2 millones de votos (18,9% del total de los votos válidamente emitidos), que se tradujeron en 37 candidatos electos (23,87% de los escaños de la convención).

El hecho de que toda la derecha unida haya obtenido sólo el 18,9% de los votos ya es sorprendente de por sí. Sin embargo, si uno revisa los números más en detalle, la sorpresa es aún mayor.

En el plebiscito de 2020 la opción “Rechazo”, atribuida generalmente a la “derecha dura,” obtuvo el 21,72% de los votos válidamente emitidos, esto es, 1.635.081 votos. Leyó bien, 1.635.081 votos. Entonces, si en las últimas elecciones la derecha obtuvo sólo 1,2 millones de votos, ni siquiera logró captar los votos del “Rechazo.”

Es claro que el “Rechazo” correspondía mayoritariamente a votos de derecha, pero es también claro que un gran electorado de la derecha votó por el “Apruebo,” partiendo por el Presidente y la mayoría de sus Ministros, los regentes de Evópoli y de al menos la mitad de RN, y miembros relevantes de la UDI. En tal caso, en los 1,2 millones de votos de la derecha de las últimas elecciones había votos del “Rechazo” y del “Apruebo.” ¿Cuántos de cada uno? Nadie lo sabe, pero podemos jugar un poco.

Sería ridículo pensar que alguien de derecha que votó por el “Apruebo” en el plebiscito no haya querido votar en la elección de constituyentes. Ellos fueron los que votaron por entrar al proceso, por lo que son los que más entusiasmo deberían haber mostrado por formar parte de él. Y es también ridículo pensar que nadie de los que votó “Rechazo” haya querido votar en la misma elección. En este entendido, no es para nada loco asumir que, de los 1,2 millones de votantes de derecha, 600.000 (la mitad) había votado antes por el “Apruebo” y 600.000 (la otra mitad) por el “Rechazo.” Pero si ese es el caso, entonces hubo más de 1 millón de votantes del “Rechazo” que no votó en la última elección. ¿Puede ser que hayan votado por independientes fuera del pacto? Muy difícil; no eran muchos los independientes de derecha fuera de pacto y ciertamente no obtuvieron 1 millón de votos. ¿Pero quizás la proporción no fue 50/50, tal vez fue 80/20? Tal vez, pero aun estaríamos hablando de 675.000 votos del “Rechazo,” una enorme cantidad, que no fueron traspasados a los candidatos a constituyentes de derecha.

La pregunta entonces es cómo alguien de “derecha dura,” que votó “Rechazo” por los riesgos que veía en el proceso, pudo haberse restado de la elección de constituyentes; y cómo puede llegar a haber 1 millón de esas personas. Las respuestas, evidentemente, deben ser múltiples. Pero ¿será acaso una de ellas que parte importante del electorado de derecha no se sintió representado por los partidos de derecha, que no vio en sus candidatos a fieles representantes de sus ideas, y que, por tanto, vieron que todo “se había perdido” ya en el plebiscito? A esto podría responderse que, si fuese el caso, los candidatos del Partido Republicano habrían obtenido esos votos. Pero no me parece correcto. Los votantes del “Rechazo” no tienen por qué necesariamente identificarse con el Partido Republicano, un partido muy nuevo, permanentemente desprestigiado por los medios y la clase política (incluso de derecha, incluso del Gobierno), que recién terminó su proceso de constitución formal, y cuyos líderes y candidatos son muy poco conocidos. Yo voté “Rechazo” y no voté por el Partido Republicano. Y, aún así, Teresa Marinovic y Marcela Cubillos, cercanas al menos al Partido Republicano, fueron de las mayores votaciones de la derecha en las elecciones.

Los partidos de derecha tienen múltiples análisis internos que realizar: desde las elecciones presidenciales de 2017 a la fecha perdieron 2,6 millones de votos, alrededor del 37% de los 7 millones de votos que generalmente se emiten en las elecciones; y algo así no ocurre por una sola causa. Pero el análisis por el que deberían partir es precisamente el de cuáles son las “ideas de derecha” que profesan, cuáles las que efectiva o supuestamente defienden, cuáles las que sus electores les encomiendan proteger. Por obvio que parezca, en una democracia representativa, los representantes representan las ideas de quienes votan por ellos; si los representantes se alejan de esas ideas, es natural que los electores se alejen de los representantes.

Son muchas las voces que dicen (creo que acertadamente) que el principal problema de la derecha es que ya no cree en sí misma, que se ha restado del debate de las ideas y se ha quedado temerosa, en silencio, sin dar la pelea por las que se supone son sus convicciones. ¿Cree la derecha que sus ideas son las mejores para eliminar la pobreza, aumentar la movilidad social y la igualdad de oportunidades, mejorar la educación, salud y pensiones, y, en definitiva, llevar a Chile al desarrollo y a los chilenos, partiendo por los más pobres, a una mejor calidad de vida? Si es así, no lo parece. Como oposición se ha limitado a bloquear todo cambio que se le presenta (ya se quisiera ahora estar discutiendo el proyecto de nueva constitución de la expresidenta Bachelet…), y como gobierno a hacer lo mismo que la izquierda hizo antes que ella.

Es muy probable que si, en estos tiempos, con menos de un 20% del electorado, la derecha adopta una postura más firme, sean muchos los que la critiquen, múltiples las funas y sea grande el costo político que, al menos al principio, deba asumir. Después de una derrota como la que sufrió, lo más fácil sería dejarse llevar por la mayoría, por lo políticamente correcto, y aspirar a que le dejen quedarse con el raspado de la olla. Pero ese no es su rol. La derecha y sus partidos existen por las ideas que representan; su existencia se debe a esas ideas. Esto no significa dejar de buscar acuerdos, sino buscarlos en el marco de sus convicciones y sin transar los principios fundamentales que la definen, asumiendo el costo que eso implique. Eso, al menos, es lo que hacen los que ganaron las elecciones.

En palabras de Chesterton, “siempre es fácil dejar que el mundo se salga con la suya; lo difícil es salirse con la de uno mismo.” Si la derecha y sus partidos quieren vivir, deben, entre otras cosas, volver a pelear por sus convicciones, por salirse con la de ellos mismos. Si no quieren hacerlo, está bien, pero que acepten su muerte en paz.

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