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Publicado el 02 de septiembre, 2019

Nicolás Aguirre: Epílogo de una marcha cancelada

Sociólogo Nicolás Aguirre

Las preocupaciones de la población son menos ambiciosas y más prácticas, y a pesar de lo que nos digan intelectuales y grupos de la izquierda radical, esto no las vuelve xenófobas ni discriminatorias, sino que deben ser entendidas como reacción a un proceso migratorio irregular y en altos flujos que añadió presión a un sistema, a una sociedad, con no pocas dificultades y carencias.

Nicolás Aguirre Sociólogo
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La “Marcha por Chile”, como le llamaron sus organizadores, o “Marcha antiinmigrante”, como le llamaron sus detractores, fue finalmente desconvocada y anulada, en vista de que la Intendencia decidiera no autorizarla. La razón principal que dio la intendenta Karla Rubilar fue que no se cumplían las condiciones mínimas “para garantizar el cuidado de nuestros ciudadanos”.

Puesto que uno de los grupos convocantes (“Capitalismo Revolucionario”, que terminó siendo desligado de la marcha por parte de los organizadores, y anunció en paralelo que no asistiría) llamó a portar armas, y que los grupos detractores anunciaron en masa a través de las redes que asistirían a una contra-marcha, la decisión de Karla Rubilar parece sensata.

¿Qué resta por decir tras este cuasi evento? Primero, que es necesario entender las motivaciones de estos grupos, no en ánimo de justificar ni defender, sino para nombrar y explicar correctamente el problema. Luego, que la animosidad que se creó en torno a la marcha demuestra que la cuestión migratoria está polarizando agudamente a la sociedad, hasta el punto de que un grupo del bando nacionalista llamó a portar armas (“defensivas”, según el líder del grupo antes nombrado), y el otro llamó a “no dejarlos pasar”, convocando a jóvenes dispuestos a frenar con violencia lo que ellos consideran una marcha xenófoba y racista.

Sin embargo, y a despecho de lo que los detractores de la marcha puedan conjeturar, la gran mayoría de la población no adhiere al nuevo grupo Movimiento Social Patriota (principal organizador de la marcha), pues, en efecto, sus demandas les parecen demasiado radicales. El cierre de las fronteras y la apelación a una identidad nacional constitutiva, son banderas de lucha recibidas con alarma por la “gran mayoría”. Las preocupaciones de la población son menos ambiciosas y más prácticas, y a pesar de lo que nos digan intelectuales y grupos de la izquierda radical, esto no las vuelve xenófobas ni discriminatorias, sino que deben ser entendidas como reacción a un proceso migratorio irregular y en altos flujos que añadió presión a un sistema, a una sociedad, con no pocas dificultades y carencias.

Dicho esto, a medida que aumenten los problemas o desafíos que trae la inmigración, y que todo el que muestre desacuerdo con una política de “fronteras abiertas” sea catalogado de racista y xenófobo (recordemos que el 83% de la población apoya restricciones a la inmigración, según la encuesta Cadem de julio del 2019), todavía cabe el riesgo que las preocupaciones –legítimas, me atrevo a apuntar- de la población sean levantadas en el debate público por grupos nacionalistas, y que aumente por tanto la población que se identifica como tal. Es un proceso a nivel global, y Europa ha visto una proliferación de partidos y movimientos nacionalistas con cada vez mayor adhesión, después de años de fronteras abiertas e inmigración en altos números.

Cientistas políticos y sociólogos ya han abordado este nuevo escenario en extenso, y el surgimiento de los Chalecos Amarillos en Francia son viva prueba de ello. Lo que parecía un nuevo movimiento de izquierda resultó ser un grupo anti-globalista que pide, por ejemplo, detener lo que ellos consideran una inmigración imposible de acoger. Si no es por esta demanda, es en realidad un grupo con ideas más cercanas a la izquierda tradicional, como también a corrientes ecologistas. Pero su visión acerca de la inmigración, y su planteamiento sobre la necesidad de mantener una cultura y lengua predominante en territorio francés, muestran que este grupo no puede ser comprendido bajo el marco teórico propuesto por la polaridad izquierda/derecha.

En Chile, vemos que sucede algo similar. Aun cuando parecen ser grupos con intereses antagónicos, y acusan al otro de “agentes del sistema”, lo cierto es que la izquierda radical y estos nuevos movimientos nacionalistas comparten banderas de lucha. Ambos grupos se oponen a las grandes corporaciones internacionales y a lo que ellos consideran la renuncia de la soberanía, y se declararon opositores al TPP-11. Ambos grupos levantan mensajes ecologistas y exigen detener la depredación ambiental que le adjudican al neoliberalismo global. Y más importante aún: ambos grupos desconfían de la institucionalidad política, y ven con ojos escépticos la democracia del país. De un diagnóstico compartido, podrían aparecer alianzas entre grupos en un comienzo antagónicos, y esto no sería ninguna novedad histórica.

De momento, lo más probable es que en Chile continúe la polaridad izquierda/derecha, y que se acentúe cada vez más. No se ven señales por parte de la izquierda radical “pro fronteras abiertas” a mantener un diálogo, ni con los que muestran posturas más moderadas, ni, por cierto, con quienes se le oponen directamente, como el Movimiento Social Patriota. Unos y otros son llamados racistas. Unos y otros son sus adversarios. Expulsan a todos de la mesa de debate, y reúnen en un mismo grupo a tendencias muy distintas. Son unos verdaderos quijotes de las sociedades contemporáneas, creando villanos de fantasía, poseídos por ideologías que establecen a todos como víctimas, o victimarios. Bajo este esquema, sólo continuarán acentuando la división en el país, dictaminando que unos son racistas y xenófobos, y los otros valientes justicieros.

Y a pesar de representar una minoría (sólo el 15% de la población apoya una política de “fronteras abiertas”, según la encuesta Cadem), sí puede decirse de esta izquierda que está bien organizada, que utiliza las redes sociales de manera agresiva e inteligente, y que ejerce presión efectiva, tanto a los medios de comunicación, como a políticos y actores sociales relevantes. Además, tal parece que han ganado en el plano moral, al ponerse del lado que, nos dicen ellos, son las víctimas y oprimidos. Para lograr y mantener esta victoria, nos tienen a todos envueltos en un torbellino de eslóganes biensonantes y juicios simplistas que no contribuyen en nada a encaminarnos hacia soluciones prácticas y factibles.

Quizás, sólo basta un poco de cordura para comenzar a enmendar el rumbo. Existen puntos intermedios para la cuestión migratoria, que implicarían ciertos compromisos de ambas partes. Si existe un ánimo por ir resolviendo problemas, en lugar de volverlos más absurdamente complejos, estos compromisos podrían ser menos drásticos de lo que una y otra parte supone. Pero, para lograr este diálogo y negociación, la izquierda debe operar menos desde la emoción y las pasiones inflamadas, y más desde la cordura y el sano juicio. En vísperas de una nueva marcha convocada por grupos nacionalistas, son planes, y no eslóganes, lo que necesitamos hoy.

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