Muchas personas estiman que la actividad empresarial es moralmente sospechosa. Esta visión queda reflejada en la generalizada noción de que los negocios -o los empresarios y altos directivos- deberían “devolver” algo a la sociedad. Nótese: no dar a la sociedad, sino devolver. Este parecer trae implícita la estimación de que se ha tomado algo indebida o injustamente, que se ha obtenido mediante formas fraudulentas, explotadoras u otras vías éticamente dudosas o, lisa y llanamente, se ha “robado”. O, en el mejor de los casos, que se ha alcanzado un logro por “pura suerte”. 

¿Está la ciudadanía en lo correcto al dudar de las empresas y sus directivos? Ha habido yerros y faltas a la ética que avalan esta creencia y, sea dicho de paso, han hecho un enorme daño a la reputación y credibilidad de la actividad empresarial. Las noticias recurrentes sobre delitos económicos no han ayudado precisamente a una buena percepción respecto del rubro. E incluso sin contar con esta lamentable contribución, es posible que primase en una parte de la opinión pública el convencimiento de que los hombres y mujeres de negocios se encuentran motivados únicamente por intereses propios (egoístas) y, por lo tanto, que sus conductas -por definición- no alcanzarían a ser virtuosas o, peor aún, que el quehacer empresarial es de suyo deshonesto.

Con todo, si los negocios fuesen inherentemente reprobables desde el punto de vista moral, esto es, si en su propia naturaleza estos implicasen comportamientos que deberían ser rechazados por éticamente inaceptables, la respuesta social adecuada sería prohibirlos totalmente. ¿Está la población dispuesta a realizar tal exigencia? Pareciera que no. Realidad que, contrariamente a lo antes señalado, da cabida a pensar que la actividad empresarial no es intrínsecamente mala. Más todavía, que hay modos de practicarla que son de hecho constitutivamente valiosos y apreciables. Es decir, que no obstante existen casos de actores y procederes negativos en los negocios -como ocurre en todos los caminos de la vida humana-, hay maneras de llevarlos a cabo que son no sólo rectos, sino que generan auténtico valor económico, humano y comunitario.

En tiempos en que se ha convertido en costumbre -a veces con particulares réditos- desacreditar a la actividad empresarial, vale la pena romper lanzas para argumentar a su favor. En su esencia ella crea valor, es origen de parte importante de la prosperidad que se ha alcanzado en el mundo actual, a la vez que esperanza fundamental y concreta de nuevas mejoras en las condiciones de vida. Resulta imprescindible en todo tiempo, especialmente hoy, considerar que la actividad empresarial no es en sí misma éticamente maliciosa, ni siquiera meramente neutral, sino que es una positiva fuente creadora de bien material y humano tanto para el individuo como para la sociedad. 

*Álvaro Pezoa es director del Centro Ética Empresarial, ESE Business School.

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