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Publicado el 26 de julio, 2018

Necesitamos de la elite

Director del Área de Servicio Público Fundación Jaime Guzmán Francisco Ramírez

Si bien me parece que voces líderes dentro de la discusión pública hacen falta, en el fondo, los entiendo. Porque el circo actual castiga al sensato y potencia al polemista o al marketero.

Francisco Ramírez Director del Área de Servicio Público Fundación Jaime Guzmán
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Mientras se debate sobre corbatas y formalidades en el Congreso, una pareja de ancianos en Conchalí acuerda quitarse la vida. ¿Qué tan desconectadas están las discusiones de nuestros representantes del “Chile real”? En un ejercicio introspectivo, creo que es sano que quienes ostentan posiciones de influencia en la sociedad se pregunten a sí mismos de qué forma lo están haciendo.

Desde la Escuela de Frankfurt en Alemania, a mediados del siglo XX, diversos autores debatieron por años cuál era el rol de las elites influyentes en la discusión pública en la sociedad. De ahí que las conversaciones a comentar las noticias del día en los cafés europeos fueran parte del ejercicio rutinario de políticos y ciudadanos de las más altas esferas, y luego las plazas públicas los lugares predilectos para verter opiniones en torno a la contingencia. Uno a uno, frente a frente. Sin embargo, las nuevas formas de relacionarse, y el auge de establecer con claridad el límite entre lo público y privado, fueron mermando la discusión en estos lugares. Adentrados al siglo XXI, el anonimato y la virtualidad del debate se ha ido tomando la escena. Los “trolls” de redes sociales se toman los espacios, los medios sensacionalistas se transforman en productores de titulares y noticias al instante, y las élites se retiran sigilosamente, asustados por el linchamiento público y el juicio veloz.

Esto, me parece, ha empobrecido la discusión. Académicos, intelectuales, empresarios y políticos de calidad prefieren distanciarse o, si opinan, son ensombrecidos por los “cuñeros”, que con gatillo fácil ocupan sus cuentas con miles de seguidores para atacar, sin más, incluso a aliados, con tal de estar en las portadas del día siguiente o en el top del rating de las emisoras en Chile. Recuerdo cuando, en un seminario de liderazgo, a un reconocido hombre de negocios del mundo bancario le pregunté por qué no participaba activamente de la discusión pública. “Prefiero no meterme. No nos conviene”, respondió.

Y si bien me parece que voces líderes dentro de la discusión pública hacen falta, en el fondo, los entiendo. Porque el circo actual castiga al sensato y potencia al polemista o al marketero. Por eso pareciera que defender férreamente el simbolismo de una corbata en la Cámara fuera más relevante que discutir con decisión sobre materias fundamentales que atañen temáticas como Salud o Educación. La discusión se enfoca en la forma más que en el fondo. La discusión, nuevamente, se empobrece en los espacios en que debiese enriquecerse.

¿Hay alguna salida? Probablemente sea multifactorial, pero, mientras encontramos la solución, es necesario que las elites escapen de sus cavernas y dejen atrás las conversaciones con los amigotes para compartir en sociedad sus pensamientos y líneas de acción. Mientras tanto no extraña que la sociedad actual, atomizada en sus estructuras, rehúya más de este mundo institucionalmente carente de sentido común y ausente de preocupación por los “problemas reales”. La crisis es real, pero ha sido alimentada por los mismos que se quejan de sus efectos. Con todas sus letras: hipocresía.

Francisco Ramírez, Director Área de Servicio Público Fundación Jaime Guzmán

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