Ensayos asuntos públicos es presentado por:
Publicado el 08 de julio, 2020

Mónica Mullor: Suecia y la pandemia: ¿Panacea libertaria?

Todos los pueblos se sienten, en un sentido u otro, excepcionales, únicos, diferentes a todos los demás. Pero hay pueblos que se sienten más excepcionales, más diferentes, más únicos que el resto. Entre ellos están, sin duda, los suecos, quienes podrían decir, parafraseando la célebre frase de Rebelión en la granja: “Todos los pueblos son excepcionales, pero algunos son más excepcionales que otros”.

¿YA RECIBES EL PODCAST “DETRÁS DE LA NOTICIA”?

Cada noche el director de El Líbero, Eduardo Sepúlveda, cierra la jornada con un comentario en formato de audio enviado por WhatsApp, donde en pocos minutos analiza los hechos que marcaron el día y proyecta escenarios para el futuro próximo.

Sí ya eres parte de la Red Líbero, solicita el podcast escribiendo a red@ellibero.cl

Sí aún no eres parte de la Red Líbero, suscríbete y ayúdanos a seguir creciendo.

SUSCRÍBETE AHORA
Recibe en tu correo Lo mejor de la prensa
Suscribirse

Dejé un Chile convulsionado, de largas cuarentenas, del uso obligatorio de mascarillas y de alcohol gel. El Chile del encierro, del temor latente a contagiarnos de coronavirus y de no saber si tendríamos una cama hospitalaria en caso de enfermar gravemente.

Al abandonar Chile, también dejé de ser espectadora de una sociedad cada día más banalizada y grosera, donde se lincha al adversario y se degradan las ideas del que piensa distinto, donde la odiosidad, la mala intención y la necesidad de protagonismo a cualquier precio parecen ser el norte que guía a muchísimos periodistas, senadores, diputados, dirigentes sindicales ideologizados, alcaldes que aprovechan la pandemia para brillar y hacer campaña, tuiteros de izquierda y de derecha, y “rostros” televisivos, que con su ignorancia supina, su pose justiciera y su espíritu farandulero embrutecen cada día más al espectador chileno. Sí, todo eso me traje de Chile y, por ello me asombró tanto volver a un país caracterizado exactamente por lo contrario.

Luego de un largo viaje pasando por diversos aeropuertos donde la mascarilla siempre era obligatoria, llegué a Lund, una encantadora ciudad ubicada en el extremo sur de Suecia, y creí haber llegado al paraíso. La vida seguía como siempre, sin cuarentenas ni mascarillas. El sol brillaba y por las calles paseaba la gente con su parsimonia habitual, madres o padres con sus bebés en coches, restaurantes asiduamente visitados con sus mesas en las aceras, rostros relajados, hermosos, bronceados, y todo con un telón de fondo verde, tan verde e imponente como solo se da en los maravillosos veranos nórdicos de tardes interminables.

Los niños ya no van a las escuelas o a los parvularios porque es pleno verano, pero hasta hace muy poco lo hacían, incluso si sus padres estaban infectados en caso de que los niños no tuviesen síntomas de Covid-19 confirmados por un médico. Y casi todos los adultos siguen trabajando… con un poco más de distancia de sus colegas y lavado frecuente de manos eso sí, pero nada más. Y lo más llamativo, es que la gente parece bastante encantada con su posición excéntrica respecto del mundo tanto cercano como lejano en cuanto a la forma de enfrentar la pandemia. Se sienten observados, admirados o repudiados, e incluso impedidos de poder viajar a los países vecinos por su resistencia al confinamiento, voluntario o forzoso, que ha sido común en casi todo el resto del mundo.

Es un espectáculo asombroso y también surrealista, especialmente al observar los resultados de este experimento que hacen muy difícil entender no solo la aceptación mayoritaria de esta política de laissez faire frente a la pandemia, sino, aún más, la evidente satisfacción colectiva que se palpa por la llamativa excentricidad que Suecia ha logrado al respecto. Para graficarlo basta comparar con Noruega, el país vecino con el cual los suecos no solo han compartido monarcas y se entienden sin dificultad, sino aquel con el cual, por su estructura social, geografía, demografía y cultura, las comparaciones parecen ser, de verdad, relevantes. En Noruega, que tomó drásticas medidas y que aún hoy no les permite a los suecos ingresar al país, los muertos por coronavirus apenas superan los 250, mientras que en Suecia se acercan a 5.500, y los noruegos contagiados son unos 9 mil mientras que en Suecia llegan a más de 70 mil. Es cierto que Suecia tiene casi el doble de población que Noruega (10,1 millones contra 5,5), pero ello no obsta para que las diferencias per cápita sean abismales. Así, por ejemplo, la mortalidad per cápita sueca supera casi 12 veces la noruega (y más de 5 veces la de Dinamarca). Y este sacrificio en vidas humanas ni siquiera le ha permitido a Suecia obtener mejores proyecciones económicas que las de sus vecinos: según el Panorama Económico de junio de la OCDE las economías tanto de Noruega como de Dinamarca caerán menos que la de Suecia en 2020 y se recuperarán mucho más vigorosamente en 2021. Tomando esto en consideración, la tranquilidad y satisfacción suecas son difíciles de comprender.

Así, comencé a darle vueltas al asunto y percibí algo inquietante en el consenso sueco, algo que muchos observadores han recalcado con anterioridad pero que había dejado pasar, tal vez por no haberme encontrado ante un fenómeno tan desconcertante a primera vista como el consenso de un pueblo ilustrado y libre en torno a un error o, al menos, en torno a algo que, por sus lamentables resultados comparativos, merecería al menos un alto grado de discrepancia generalizada y una oposición en pie de guerra contra los responsables de lo ocurrido. Era como si los suecos prefiriesen equivocarse juntos, manteniendo la unidad, antes que dividirse y enfrentarse unos con otros en la búsqueda de una mejor alternativa.

Incluso la reciente “autocrítica” realizada por las autoridades sanitarias en vista de los resultados obtenidos respira un aire de autocomplacencia. Así se expresó el 3 de junio Anders Tegnell, la máxima autoridad sanitaria del país (que no es el ministro inexistente de Salud, sino el jefe del Instituto de Salud Pública): “Todavía sostenemos que la estrategia estuvo bien. Pero claro, siempre se pueden hacer mejor las cosas, en especial mirando en retrospectiva.” Es como decir “somos los mejores, pero podríamos ser aún mejores”. Esto es lo que se puede decir sin contradecir la autoimagen de excepcional excelencia del país ni hacer injustificable el tremendo exceso de muertes del país respecto de sus vecinos nórdicos. Así y todo, hay que reconocer que esta autocrítica representa una modesta retirada respecto de la posición adoptada anteriormente, cuando se criticaban abiertamente los errores del resto del mundo contraponiéndolos a los supuestos aciertos suecos.

Durante días estuve reflexionando, y al respecto llegué a un par de conclusiones provisorias. Provisorias porque en esto la cautela es necesaria.

Decía que hay pueblos que se sienten más excepcionales, más diferentes, más únicos que el resto. Entre ellos están, sin duda, los suecos, quienes podrían decir, parafraseando la célebre frase de Rebelión en la granja: “Todos los pueblos son excepcionales, pero algunos son más excepcionales que otros”. Bajo la imagen recatada de los suecos -su modestia proverbial, pero engañosa- palpita un enorme orgullo nacional basado no tanto en hacerlo mejor que otros (cosa que a menudo también creen), sino sobre todo en hacerlo a su manera, the Swedish way. Sin embargo, en torno a esto ha existido una confusión entre los observadores foráneos: creer que se trata de un país que siempre elige el término medio. Es la idea de Sweden, the Middle Way, como reza el título de uno de los primeros libros sobre el excepcionalismo político sueco (libro de gran impacto escrito a mediados de los años 30 por el periodista estadounidense Marquis Childs). Lo cierto es que a los mismos suecos les gusta coquetear con esta idea e incluso se autodefinen gustosos como “el país de la leche semidescremada” (mellanmjölkslandet), pero yendo más al fondo de las cosas se aprecia una excentricidad realmente profunda, en especial en términos de valores que ubica a este país escandinavo en una posición extrema respecto del resto del mundo, según la Encuesta Mundial de Valores.

Para entender algo tan especial, y en esto tal vez reside el verdadero excepcionalismo sueco, se requiere conocer la historia de este país, que no tiene memoria de una guerra civil, ni de revoluciones sangrientas, ni siquiera de una guerra externa, al menos en los últimos dos siglos. Un país que pasó de la sociedad tradicional a la moderna y de la monarquía absoluta a la democracia sin experimentar hechos traumáticos comparables con los que son legión en otras latitudes. La lección, incluida la neutralidad algo dudosa en las guerras mundiales, es que la unidad del país es sagrada, especialmente en tiempos de crisis. Además, esa misma historia nos habla de una relación única por su armonía y colaboración entre Estado y sociedad civil, tanto así que habitualmente se habla de “la sociedad” para referirse al Estado. Las autoridades y técnicos del Estado, en sus diferentes niveles, gozan de una confianza que hoy por hoy es bastante única fuera del mundo nórdico. Incluso su clase política goza de una “presunción de inocencia”, buena fe y capacidad que sería la envidia de sus congéneres chilenos y de casi todo el mundo.

Esto crea las condiciones de una sociedad que marcha al son de su Estado, pero no obligadamente, como en las sociedades dictatoriales o totalitarias tradicionales, sino voluntariamente, convencida de que lo que se busca es el bien de todos y que si se cometen errores estos han surgido de la búsqueda de la mejor alternativa para la sociedad en su conjunto y no de una intención de beneficiar a algunos y perjudicar al resto. Es por ello que los suecos reaccionaron frente al coronavirus como su Estado les dijo, sin dudarlo, entregados al buen cuidado de su élite, la que, sin duda, debe saber mejor que el simple ciudadano lo que le conviene al país. Si las autoridades hubiesen dicho que había que usar mascarilla, confinarse y realizar testeos masivos, eso se hubiese logrado con la impresionante masividad y eficiencia de una sociedad que se mueve conjuntamente, con disciplina y rigor. Pero la señal que vino desde “los que saben mejor” fue la contraria, y se siguió rigurosamente, y así sigue siendo. Es notable experimentar la disciplina incluso en lo que parece indisciplina y, más que el acatamiento, el convencimiento de la corrección de lo que se está haciendo.

Existen algunos textos de visitantes que han quedado impresionados y preocupados por la obsesión sueca por el consenso y por evitar conflictos, algo que la conocida escritora Susan Sontag definió, en una célebre carta de 1969, como patológico. En un libro del corresponsal en Escandinavia de The Observer, Roland Huntford, publicado en 1971 y titulado The New Totalitarians, se describe a Suecia como una distopía totalitaria que incluso superaría a los totalitarismos conocidos por la devoción de su población por su Estado, que por ello no requiere de la coacción para imponer sus directivas. Esto es, sin duda, una exageración caricaturesca, pero a pesar de ello tal vez este tipo de observaciones nos puede dar alguna luz sobre la forma de encarar el coronavirus, especialmente para no confundir un colectivismo voluntario y muy acendrado con una especie de panacea libertaria.

Las columnas de Opinión son presentadas por:
Ver más

¿YA RECIBES EL PODCAST “DETRÁS DE LA NOTICIA”?

Cada noche el director de El Líbero, Eduardo Sepúlveda, cierra la jornada con un comentario en formato de audio enviado por WhatsApp, donde en pocos minutos analiza los hechos que marcaron el día y proyecta escenarios para el futuro próximo.

Sí ya eres parte de la Red Líbero, solicita el podcast escribiendo a red@ellibero.cl

Sí aún no eres parte de la Red Líbero, suscríbete y ayúdanos a seguir creciendo.

SUSCRÍBETE AHORA

También te puede interesar:

Cerrar mensaje

¿Debiese llegar a más gente El Líbero?

Si tu respuesta es afirmativa, haz como cientos de personas como tú se han unido a nuestra comunidad suscribiéndose a la Red Líbero (0.5 o 1 UF mensual). Accederás a eventos e información exclusiva, y lo más importante: permitirás que El Líbero llegue a más gente y cubra más contenido.

Suscríbete