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Publicado el 27 de diciembre, 2017

Mirando a Chile desde lejos

Nos comparo con países latinoamericanos, donde avanzan y progresan en la recuperación y cuidado de los espacios públicos, mientras en Chile hemos ido permitiendo que reine el libertinaje mal entendido en ellos.
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Tras el 17D, viajé a Guatemala para disfrutar con la familia y familiares, recargar baterías, cambiar de tema y tratar de contemplar el mundo desde otro ángulo. Nos refugiamos en la magnífica ciudad colonial de Antigua Guatemala, patrimonio cultural de la humanidad. En el morral llevaba otra idea: zafarme por unas semanas de la asfixiante guerrilla política de Chile y regresar con una mirada remozada de futuro.

No cabe duda de que en materia de contrastes sociales, pobreza, tensiones políticas, delincuencia, narcos y violencia, los índices de Guatemala son más inquietantes que los nuestros, pero eso mismo me llevó a pensar en Chile. Y así, de pronto y forma impensada, en este viaje por Centroamérica caí en temas chilenos como atraído por la fuerza de gravedad.

Al recorrer Antigua Guatemala siento una envidia (de las buenas) por el modo en que sus habitantes cuidan, conservan, restauran y respetan su patrimonio cultural. No hay rayados de muro ni grafitis, y las calles están limpias, los cables eléctricos corren bajo tierra en sus principales calles, y se establecen límites el tránsito vehicular y se prohíbe el estacionamiento en las calles importantes para permitir que reluzcan la arquitectura de Antigua, sus plazas, y sus calles rectas, amplias y adoquinadas. El comercio ilegal no se apodera de las veredas, la policía hace respetar la ordenanza del tránsito y uno percibe una alcaldía consciente de la particular condición patrimonial de la ciudad. Antigua, imán para turistas de todo el mundo, ha mejorado sus rutas de acceso, los emprendedores de todo nivel han aumentado, y crecen en número y calidad hoteles, tiendas y restaurantes.

Una impresión similar me deja la espectacular Guanajuato, de México, otra orgullosa ciudad patrimonio de la humanidad, que es idéntica a Valparaíso (sé que sonará contradictorio lo siguiente) aunque sin mar. Sí, Guanajuato es un Valparaíso con sus casitas en los cerros, calles empinadas, callejones y escaleras, pero sin mar ni rayados ni grafitis, limpia y segura, donde las casas impecablemente pintadas brindan una sinfonía de colores que alegra el alma de habitantes y turistas, que asombra y causa la (sana) envidia en cualquier porteño.

¿Y qué decir de la colombiana Cartagena de Indias? No voy a entrar en detalles sobre la ciudad amurallada ni el amor y cuidado de las autoridades y habitantes por ella. Es otra perla muy bien pulida entre las ciudades patrimoniales de nuestra América. ¿Y qué decir de la recuperación de los espacios históricos de Lima? Esas ciudades de afuera nos llevan a preguntarnos qué nos pasó o qué nos pasa a los chilenos, que perdimos la capacidad de convivir y respetar nuestros espacios públicos, nuestras calles y nuestros monumentos (Valparaíso es el drama extremo en este sentido).

“¿Qué nos pasó?”, vuelve uno a preguntarse, porque no estoy refiriéndome a la ciudad sueca de Visby, la alemana de Weimar, la italiana de Siena ni a Stratford-upon-Avon. No, nos comparo con países latinoamericanos, con vecinos del continente, donde avanzan y progresan en la recuperación y cuidado de los espacios públicos, mientras en Chile hemos ido permitiendo que reine el libertinaje mal entendido en ellos (“Duermo en la calle, pinto los muros y rayo casas con mis motivos, porque soy libre”), y la policía teme hacer respetar la ley por miedo a demandas y sumarios. ¿Qué nos pasó?, me pregunto, y dejo las respuestas a los expertos.

Pero hay algo más que me llama la atención al visitar países de la región: la amabilidad que reina en ellos. Si hacemos la comparación con la (falta de) amabilidad de las grandes ciudades chilenas (y sé que toda generalización es injusta), el resultado es evidente. Entro a un ascensor con los ojos cerrados y sé de inmediato si estoy en mi patria: los que entran al carro no se saludan, y los que lo dejan se abren paso con el cuerpo, sin pedir permiso. Sin embargo, en Ciudad de México, Bogotá o Quito uno escucha el “buenos días” de quien entra (respondido por los pasajeros), y el “disculpe” o “¿me permite?” del que desea bajar. Y si me topo en el camino con alguien, en nuestras ciudades se escucha a menudo el chasquido de lengua o se cosecha una mala cara, mientras en Antigua Guatemala emerge un “disculpe” o un “gracias” con una sonrisa.

Ya sé, algunos me recomendarán irme a vivir a esos países, otros citarán cifras económico-sociales, unos dirán que son fórmulas inútiles, y habrá quienes (reduccionistas políticos) sostengan que nuestra falta de amabilidad se debe al modelo neoliberal, la desigualdad social y la economía extractiva, pero lo cierto es que las formas son importantes y, ¡por Dios!, cómo ayudan a hacer más grata la vida. Recuerdo que en Suecia y el Midwest de Estados Unidos, uno sonríe levemente al cruzarse con alguien en una calle desierta, actitud que cuando la imito en Chile sólo me lleva a cosechar indiferencia. No sé, pero en algún momento se perdieron en la familia, la educación, los medios  o en nosotros mismos (porque los responsables últimos de esto somos nosotros mismos,) esa urbanidad que hace la vida más fácil y grata.

Y en este sentido destaco el admirable profesionalismo que muestra el servicio de hoteles y restaurantes de turismo de México, Guatemala, Perú, Colombia, Costa Rica o Argentina, por nombrar algunos. Hay toda una escuela en esos países, sea de tradición o formación reciente, que hace que uno note la diferencia. Es cierto, históricamente no éramos un país con turismo internacional masivo, pero eso está cambiando drásticamente. Los extranjeros vienen atraídos principalmente por nuestros paisajes, el turismo aventura y congresos o compras. Allí hay creciente competencia del resto del mundo: una atención amable y profesional del turista permite que la experiencia sea de primera y los visitantes regresen. Hay países que subrayan en los medios internacionales sus bellezas geográficas, el valor de su patrimonio cultural, la calidad de su arte culinario y también la simpatía y amabilidad de su gente. No soy experto en estos temas, sino un simple viajero que mira y compara, y desea lo mejor para su patria.

Como ven, aunque escapé de Chile para cambiar de tema, volví a hablar de Chile. Hace muy bien, en todo caso, mirar a veces al país desde lejos. Y la bella Antigua Guatemala me ayudó en eso.

 

Roberto Ampuero, #ForoLíbero

 

 

 

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