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Publicado el 24 junio, 2021

Miguel Ángel Sánchez: Constitución y seguridad alimentaria

PhD, Director Ejecutivo ChileBio Miguel Ángel Sánchez

A la hora de definir políticas agrícolas, no hay que olvidar la integración de los conocimientos locales, pero el romanticismo agrícola no debe estar por sobre la evidencia.

Miguel Ángel Sánchez PhD, Director Ejecutivo ChileBio
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A raíz del debate constitucional se está hablando mucho sobre seguridad y soberanía alimentaria, pero ¿a qué se refieren exactamente estos términos?

Definida por la FAO, la seguridad alimentaria se consigue cuando todas las personas tienen de forma permanente acceso físico y económico a suficientes alimentos sanos y nutritivos para satisfacer sus necesidades y preferencias alimenticias. Esta no tiene relación por lo tanto con el origen de los alimentos, ni con quien los produce, ni a través de qué tipo de agricultura, sino con la disponibilidad de alimentos sanos para las personas.

Definida por ONGs y grupos de interés, la soberanía alimentaria es el derecho de los pueblos a alimentos nutritivos y culturalmente adecuados, accesibles, producidos de forma sostenible y ecológica, y su derecho a decidir su propio sistema alimentario y productivo. Así, su foco es el modo de producción y el origen de los alimentos.

En Chile existen cerca de cinco millones de hectáreas de suelo arable (cultivable), lo que equivale al 6% de la superficie continental del país. De estas, sólo unas 764 mil hectáreas son territorios sin limitaciones, es decir, relativamente planos, profundos y sin pedregosidad. Una cifra bajísima en comparación a los demás países del continente que cuentan con varios millones de hectáreas arables sin limitaciones para su producción de alimentos.

Esta situación nos lleva a que no contamos con la cantidad de tierras necesarias para producir la diversidad de alimentos vegetales para los casi 20 millones de chilenos. Por esto, el país debe importar casi el 50% de los requerimientos de cultivos como el maíz y trigo, entre muchos otros ejemplos, para satisfacer el consumo humano y animal.

Si quisiéramos avanzar en producir la mayor parte de los cultivos en el país, independizándonos de las importaciones, tendríamos 3 alternativas: 1) Reemplazar toda o gran parte de la producción de frutas y vinos de exportación por producción de cultivos de interés, lo que sería sepultar a los sectores agrícolas que nos diferencian a nivel global; 2) Destinar tierras hoy no usadas en la agricultura para producir los cultivos de interés, lo que significaría favorecer la deforestación y no respetar bosques nativos y áreas silvestres, destruyendo ecosistemas, y; 3) Obtener variedades de cultivos con mayor rendimiento por hectárea, adaptadas al cambio climático, que nos permitan producir más en menos tierra, con menos insumos, y de una manera sostenible. Esto último se lograría sólo con la inversión necesaria en ciencia, tecnología e innovación. De hecho, en los últimos 10 años ha ocurrido una verdadera revolución biotecnológica a nivel mundial, desarrollándose diversas herramientas que permiten obtener variedades de plantas adaptadas a los desafíos climáticos como la sequía. Nuestro país no está ajeno a esta revolución y ya se trabaja en investigación y desarrollo en el área.

Para ser sostenible, la agricultura debe producir más alimentos para una población creciente, en menos tierras, con menos insumos, siendo amigable con el ambiente, produciendo alimentos más nutritivos para los consumidores, disminuyendo las pérdidas y desechos de alimentos, y  asegurando el bienestar económico de los agricultores.

A pesar de lo anterior, lo extraño es que muchas veces grupos de interés y ciertos políticos plantean que la agricultura familiar, con pequeños hectareajes, y a través de agricultura orgánica, la cual necesita más tierra para producir los mismos rendimientos que la agricultura convencional, son la solución para avanzar hacia la agricultura sostenible. Tanto la seguridad como la soberanía alimentaria son más posibles de lograr con una agricultura 4.0 y con el aporte de la ciencia y la tecnología, especialmente la biotecnología.

A la hora de definir políticas agrícolas, no hay que olvidar la integración de los conocimientos locales, pero el romanticismo agrícola no debe estar por sobre la evidencia; si no, el costo será no alcanzar la soberanía alimentaria propuesta por algunos, y más grave aún, se pondrá en juego la seguridad alimentaria de todos los chilenos.

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