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Publicado el 20 de agosto, 2019

Miguel Ángel Martínez: Populismo hasta en la sopa

Académico, Estudios Políticos Universidad Austral de Chile Miguel Ángel Martínez Meucci

No sólo vivimos en una época de líderes populistas, sino que ahora todos los políticos parecen ser acusados de populistas. La comprensión del fenómeno resulta fundamental para que lo que puede ser una oportunidad de cambio político no se convierta en la destrucción de la democracia liberal.

Miguel Ángel Martínez Meucci Académico, Estudios Políticos Universidad Austral de Chile
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El término “populismo” goza de buena salud, a juzgar por la frecuencia con la que se emplea. Un rápido repaso a las noticias de actualidad, a las declaraciones de los políticos y a los comentarios de quienes (con mayor o menor fortuna) intentan comprender la política nos permitirá comprobar su uso cada vez más frecuente y generalizado. No se trata sólo de un fenómeno propio del habla cotidiana: el número de publicaciones científicas orientadas al estudio del populismo se viene disparando a nivel mundial durante los últimos años.

¿A qué se debe lo anterior? Por una parte, la maniobra concienzuda y a menudo arcana de los representantes políticos, labrada lentamente en complejas negociaciones que suelen permanecer ajenas a los ciudadanos, nunca ha dejado de ser vista con desconfianza por buena parte de la población. Frente a ello, y ante la insatisfacción crónica o creciente que generan los resultados de la política pública, proliferan hoy figuras que emergen como alternativas a los partidos tradicionales. La progresiva irrupción de figuras como Chávez, Morales, Iglesias, Trump, Bolsonaro o Johnson, así como el hecho insólito del Brexit o el más que probable retorno del kirschnerismo, con todo lo que ello implica, permiten comprender que haya hoy tantas alusiones al populismo.

El uso del término, no obstante, ha conducido también a su abuso. El problema inherente a esta tendencia estriba en la posibilidad de que la fuerte carga negativa que reviste el vocablo termine siendo atribuida indiscriminadamente a cualquier situación propia de la política de nuestro tiempo. Si al final del día todo es populismo, entonces nada es populismo. Convienen, pues, algunas precisiones al respecto.

El vocablo pertenece tanto a la teoría política como al lenguaje cotidiano. En términos coloquiales, suele llamarse populista al líder excéntrico, pintoresco y heterodoxo que rompe con los cánones, rebaja el nivel del debate público y entusiasma a las mayorías con la promesa de grandes cambios. De ahí que cualquier comportamiento alejado del protocolo y la formalidad, o aparentemente irresponsable, suela dar pie a que un político sea calificado como populista, sobre todo si se trata del adversario político cuando lo sorprendemos en gestos inusuales o al proponer algo que rechazamos.

Ahora bien, visto desde el rigor de la teoría y ciencia política, el populismo es algo más complejo. En primer lugar, el populismo representa siempre un reto fundamental para el statu quo: es cuestionador, polémico y polarizador, en tanto plantea retóricamente una división profunda entre pueblo (entendido éste como una entidad mayoritaria, homogénea y virtuosa) y élites (minoritarias, corruptas y extranjerizantes). Segundo, el populismo es movilizador: conlleva un llamado al pueblo para que se manifieste públicamente en desafío al orden instituido.

Tercero, el populismo está asociado con un liderazgo personalista y carismático, una figura súbitamente emergente y disruptiva que predica y representa ella misma la posibilidad de cambio, y cuyo ascendiente sobre la gente se cifra, sobre todo, en dinámicas de carácter más emocional que racional. Esto último, empero, no implica calificar como irracional a toda propuesta populista; simplemente da cuenta de su gran capacidad para conectar con las emociones de la gente.

Cuarto, y en virtud de todo lo anterior, el líder populista somete o vulnera los mecanismos habituales de mediación, representación y control ciudadano (los partidos políticos y organizaciones sociales y del Estado), con lo cual atenta contra la institucionalidad constituida. En tanto el populismo se nutre de la capacidad del líder carismático para pasar por encima de tales organismos, constituye per se una dinámica que atenta contra la institucionalidad vigente, al punto de que si llega a plantear una nueva institucionalidad, procurará también no quedar sometido a ella.

¿Es bueno o malo el populismo? Tradicionalmente cargado con una connotación negativa, ha llegado incluso a gozar de significación positiva. Pero lo verdaderamente pertinente con respecto al populismo es tratar de entenderlo antes de juzgarlo. En tal sentido, conviene no perder de vista que el fenómeno populista se relaciona con la posibilidad no ejercida de la participación de las masas en política y con un deseo de expresión y cambios que la política habitual no ha logrado satisfacer.

En definitiva, el populismo suele expresar anhelos populares que de otro modo no serían explícitos. Representa tanto una oportunidad de cambio como la posible destrucción del sistema institucional. Canalizarlo positivamente en el seno de una democracia liberal dependerá, por ende, tanto de la consistencia de sus instituciones como de la capacidad de los órganos representativos para interpretar las demandas y el sentir de la ciudadanía.

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