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Publicado el 27 agosto, 2020

Miguel Ángel Martínez: Ocaso del Zeitgeist liberal

Académico, Estudios Políticos Universidad Austral de Chile Miguel Ángel Martínez Meucci

El Zeitgeist de las últimas tres décadas (1990-2020) fue predominantemente liberal y se gestó durante la Guerra Fría, al calor de una lucha global y existencial contra las autocracias. ¿Estamos acaso ante el ocaso de la sensibilidad que marcó toda una época? ¿Hacia dónde vamos?

Miguel Ángel Martínez Meucci Académico, Estudios Políticos Universidad Austral de Chile
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La expresión alemana Zeitgeist —“espíritu de los tiempos”— alude al carácter específico y distintivo que revisten las tendencias culturales de una determinada época. El término involucra varios supuestos. Por un lado, la percepción de que el cambio cultural es consustancial del ser social. Por otro, el hecho de que cada generación incuba y desarrolla sus propias sensibilidades y preocupaciones características, forjadas en interacción con sus circunstancias particulares para configurar así una impronta generacional bastante definida. Asimismo, el vocablo sugiere que ciertas individualidades pueden jugar un papel destacado en la conformación de las principales corrientes culturales de su tiempo. Vinculado al romanticismo alemán, el término Zeitgeist cobra vuelo junto a la figura del intelectual, del inventor y del artista, de esas individualidades prominentes que, en libre ejercicio de sus potencialidades creativas, demostraban su capacidad para ampliar significativamente el horizonte vital de sus conciudadanos.

Con base en lo anterior, cabe entonces preguntarse por el espíritu de los tiempos que vivimos. Se trata, obviamente, de un terreno abierto a toda clase de especulaciones, cada una de las cuales puede, además, concentrarse en alguna de las muy diversas áreas del quehacer humano. Nos interesa aquí apenas comentar algunos aspectos relacionados con lo que —cumplidas ya dos décadas del siglo XXI— parece estar cambiando en la política global.

Nuestra primera intuición es que, al parecer, una época parece estar tocando a su fin. Nos referimos a las tres décadas transcurridas entre el desmoronamiento de la Unión Soviética y la pandemia actual. La disolución de la URSS constituyó el momento cumbre de la llamada “tercera ola democratizadora”, fenómeno por el cual decenas de países que padecían largas dictaduras experimentaron transiciones más o menos simultáneas a la democracia. Antes de que lo propio aconteciera en tantas naciones del Este de Europa y Asia Central, diversos países en la Península Ibérica, América Latina y el Sudeste Asiático ya habían retomado la senda de la democratización.

Simultáneamente, cesaba la Guerra Fría, dando lugar a una apertura generalizada de fronteras comerciales. Finalizaban también múltiples guerras civiles en diversos continentes, proxy wars que materializaron de modo indirecto el pulso constante entre Washington y Moscú. El desmontaje de esa tensión global que crepitó por décadas alimentó un optimismo generalizado, cada vez más aderezado con la comercialización progresiva de inventos militares que fueron largo tiempo mantenidos en secreto, tales como el internet y la telefonía celular.

La creciente porosidad de las fronteras se afianzó en el auge del multilateralismo liberal, la conversión de la Comunidad Económica Europea en Unión Europea y su consiguiente unión monetaria, la flexibilización progresiva por parte de muchos países en los trámites de viaje e inmigración, el abaratamiento de la movilidad y la comunicación global, y finalmente el auge extraordinario de las redes sociales que permiten las nuevas plataformas técnicas. Hasta las dictaduras remanentes parecían entonces más amistosas; mientras China se convirtió en la gran fábrica de Occidente, Cuba se transformó en destino predilecto de cientos de miles de turistas europeos y norteamericanos.

Al día de hoy, sin embargo, ha quedado claro que la realización de elecciones en países que recientemente dejaron atrás la autocracia —e incluso en otros que llevaban largo tiempo sin experimentarla— no garantiza la existencia de una genuina democracia. A diferencia de los dictadores del siglo XX, los del siglo XXI no sólo se inquietan menos que sus predecesores ante unas elecciones, sino que incluso las promueven porque han dado con sutiles modos de controlarlas. Y a veces ni siquiera hace falta un control semejante: muchos aspirantes a dictadores son populistas consumados, capaces de despertar el fervor de las mayorías.

En el ámbito de la ciencia política, lo anterior se verifica en un hecho notable: los teóricos de la transición han dado paso a los teóricos del populismo y de los regímenes híbridos como vedettes de la disciplina. Tácitamente se ha ido reconociendo que la distinción entre autocracia y democracia no luce hoy tan nítida como en el pasado: se puede ser un perfecto déspota sin cerrar un Congreso ni decretar toques de queda, contando más bien con el apoyo manifiesto y entusiasta de una buena parte de la ciudadanía. De ahí que se hable ahora de una “tercera ola autocratizadora”, de un autoritarismo de nuevo cuño que, sin echa mano ya golpes de Estado o acciones militares, se expande por doquier mientras dice acatar la voz del pueblo. De lo que se trata ahora, más bien, es de asestar golpes quirúrgicos a las libertades ciudadanas y a la división de poderes, manteniendo —e incluso agitando— la bandera del constitucionalismo, pero procediendo en realidad contra el espíritu del constitucionalismo liberal.

La idea misma de lo “liberal” en general es atacada desde diversos extremos, con éxito variable pero aparentemente creciente. La Realpolitik vuelve a afianzarse con fuerza sobre las ruinas del multilateralismo internacional. EE.UU. y China nos hacen releer a Tucídides, mientras Gran Bretaña renueva sus suspicacias con respecto a Europa. Nuevas sensibilidades emergen con fuerza, a menudo asociadas con ideales colectivistas de diverso cuño. Nacionalismo y comunismo parecen vivir una nueva juventud, danzando juntos el tango del eterno retorno. En términos generales, se reniega de la tradición que encumbró a la democracia liberal como modelo político por excelencia en Occidente. Lo emocional, lo identitario, lo sentimental, parecen jugar un papel cada vez más central en la conducción de los asuntos públicos.

¿Hacia dónde vamos? Es imposible saberlo, pero también es imprescindible pensar en ello.

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