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Publicado el 3 diciembre, 2020

Miguel Ángel Martínez: Maradona y los laberintos de la ilusión

Académico, Estudios Políticos Universidad Austral de Chile Miguel Ángel Martínez Meucci

El culto popular a Maradona, evidenciado como nunca en medio de sus funerales, despierta toda clase de reacciones y polémicas. Su increíble historia revela, en todo caso, aspectos profundos del alma humana y de la realidad social.

Miguel Ángel Martínez Meucci Académico, Estudios Políticos Universidad Austral de Chile
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Algún día tenía que pasar. Y como suele suceder en estos casos, pasó un día cualquiera. El impacto ha sido brutal, y las imágenes de millones que lo lloran hablan por sí solas. El ídolo se ha escapado, por fin, del escrutinio de todos, y de la cárcel del cuerpo que irremisiblemente se marchita. Vive ahora enteramente en el espacio de la memoria; la de quienes contemplaron en vivo sus hazañas, y la de aquellos que lo conocen mediante diversos testimonios. El culto al “Diego”, quien como nadie en el fútbol ha contado con legiones de febriles seguidores, se exacerba ahora, en la hora de su partida.

Por supuesto, las diatribas en torno a si fue o no el mejor de la historia estarán siempre a la orden del día. Por razones distintas, perdurarán las comparaciones con Pelé, el ídolo supremo del acérrimo archirrival sudamericano, y con Lionel Messi, el discreto connacional al que sólo le gusta hablar en la cancha, el profesional que ha hecho prácticamente toda su carrera en Europa mientras se le resisten los éxitos con la selección argentina. Otros debates, como por ejemplo el que sonaba durante el Mundial de México 86 y por el que se le cotejaba con Michel Platini, han quedado ya definitivamente saldados por la historia.

No obstante, otorgar a algo, o a alguien, la cualidad de “mejor” es tarea que suele venir asociada al sentido personalísimo del gusto. A veces nos valemos de las estadísticas para parecer más objetivos. Pero cuando hablamos de individualidades geniales, como todos sabemos, números y títulos se quedan cortos para establecer un veredicto definitivo. Al final será una cuestión de gustos e inclinaciones, e incluso de coincidencias inefables, lo que termine decantando nuestras preferencias en una u otra dirección.

Sabiendo lo anterior, cabe preguntarse: ¿qué hay en Maradona para despertar un fervor de tales dimensiones, que excede con mucho la preferencia por un determinado jugador? ¿Por qué hay en su feligresía un furor semejante? ¿Por qué otros jugadores extraordinarios no desatan en sus seguidores los mismos episodios de éxtasis, de alegría, de tristeza, de llanto y de histeria? Está claro que no se trata sólo de admiración profunda por el talento supremo, y ni tan siquiera de patriotismo o afición por unos colores. Hay, en el culto a Maradona, una cuestión de identificación y proyección.

Todo parece haber contribuido a ello. En la vida del astro argentino las cosas se alinearon de tal modo que él mismo se convirtió en la personificación de un sueño; un sueño de reconocimiento y reivindicación. Las piezas, por todos conocidas, encajan de un modo tan perfecto que la trama toda parece salida de una obra de teatro. El ídolo nace poco menos que en un pesebre, en un barrio que, como el propio protagonista diría después, era “privado” (“privado de luz, de agua…”, etc.) Nace con un don portentoso que le permitirá alcanzar el éxito, siendo profeta en su tierra y quedando desde muy joven anudado a la memoria nacional como santo y seña del equipo de la Boca, némesis del odiado rival de los barrios altos porteños.

Tras dos años de destellos efímeros y relativo extravío en el F.C. Barcelona, será Nápoles —la denostada, vehemente, sureña, caótica y apasionada Nápoles— la que brinde a Maradona la oportunidad de reencontrarse con el personaje que estaba destinado a ser. Allí será Maradona, el paladín de la Italia meridional ante el opulento septentrión alpino. A la postre, sería la palestra ideal desde la cual saltar al Mundial del 86 para protagonizar una nueva vendetta, que ya no respondería al guión de una deportiva suerte de guerra de clases, sino al de una gesta nacional, latinoamericana y tercermundista. Al menos ese año, mitad por talento y mitad por pillería, las Malvinas sí serían argentinas y la Copa del Mundo volvería a la Argentina. Él solo era capaz de todo. Cualquier equipo era bueno si contaba con Maradona, porque todo era posible si estaba Maradona.

Ya no hacía falta nada más para convertirse en una leyenda. Al igual que Jimi Hendrix, Janis Joplin, Jim Morrison o Kurt Kobain, Maradona habría podido morir a los 27 años y nada le hubiera arrebatado la inmortalidad reservada a los grandes ídolos. En Argentina le estaría reservado ya, para siempre, un sitial de honor en el panteón popular al que también pertenecen Gardel, Perón, Evita o el Ché, mientras que en Nápoles el fervor popular era tal que la hinchada del San Paolo llegaría a corearlo incluso cuando la Squadra Azzurra disputaba en casa —o eso se pensaba— el Mundial de Italia 90 contra la selección argentina.

Todo en la historia de Maradona lucía como un sueño, todo se obraba como por arte de magia. Y es que su fútbol era, literalmente, magia pura. Mientras que en otros jugadores se aprecian historias de una lucha constante, de un esfuerzo por superar la adversidad, de tesón y energía invertida para llegar a ser, en Maradona todo parecía surgir sin esfuerzo. Las terribles dificultades que lo marcaron a lo largo de su vida —y sobre todo en su niñez— se esfumaban por noventa minutos tras el silbatazo inicial de cada juego. La pasión, el amor por el balón y la devoción de la grada activaban un don que parecía no requerir de pizarras, compañeros, entrenamientos ni estrategias.

Para él, como para tantos otros, el fútbol no era tanto una oportunidad de superación como una vía de escape. En el rectángulo de juego la realidad quedaba suspendida, suplantada por los sueños. Por un rato la felicidad era posible, mientras los complejos, los traumas y las carencias dejaban de importar. Por un rato podemos jugar a ser otros, o quizás ser nosotros mismos cuando nos gustamos más. El Pibe no sólo era el jugador que tantos quisieron ser; fue también el hincha en el que millones se vieron reflejados; ese que embriagado de fútbol se olvida de la realidad para vivir en la ilusión.

Concluido el partido, colgada la camiseta, finalizada su carrera, a Maradona no le quedó más que la realidad de la que siempre quiso escapar, oculta tras el velo de la fama y la abundancia. Como le ocurre también, por cierto, —pero sin fama ni abundancia— a tantos hinchas furibundos que saben que la vida es y será siempre dura, y que no se congregan a ver el juego de cada semana para recibir edificantes lecciones de superación personal. Lo hacen, precisamente, para olvidarse de la dureza de la vida y para soñar con que la realidad puede ser dulce y liviana, cansados de oír que la felicidad sólo surge del laburo eterno y de interminables sacrificios.

La pasión de millones por Maradona está, quizás, sazonada por esa mágica sensación de que lo perfecto y lo soñado están a la vuelta de la esquina, de que el éxito no es cuestión de método, y de que la gloria lo exculpa todo. Es, en efecto, el camino directo de la pasión a la gloria, la vindicación instantánea del anónimo, el triunfo sin excesivas mediaciones. Y, por supuesto, la justificación de todas nuestras falencias. El dios Maradona expía los pecados porque su gloria era natural y no nació de la virtud. “Sólo les pido que me dejen vivir mi propia vida; yo nunca quise ser un ejemplo”. De esa ilusión parece estar tejida, para bien y para mal, la trama de nuestras complejas sociedades contemporáneas.

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