Columnas de opinión es presentado por:
Publicado el 22 de noviembre, 2019

Miguel Ángel Martínez: La encrucijada constituyente

Académico, Estudios Políticos Universidad Austral de Chile Miguel Ángel Martínez Meucci

El innegable éxito de Chile durante las últimas décadas tiene mucho que ver con la disposición de sus principales fuerzas políticas al entendimiento, el pragmatismo, el gradualismo, la negociación y la moderación. Es llamativo que esas actitudes luzcan cada vez menos populares en una sociedad que se ve ahora mismo embargada por ese júbilo característico de los trances revolucionarios y constituyentes.

Miguel Ángel Martínez Meucci Académico, Estudios Políticos Universidad Austral de Chile
Recibe en tu correo Lo mejor de la prensa
Suscribirse

La coyuntura es histórica y, como tal, viene cargada de dudas, temores, ilusiones y esperanzas. La tarea asumida necesariamente expondrá las tensiones más profundas que subyacen en la sociedad chilena, obligándole a dirimir conflictos hasta ahora suprimidos y exigiendo su máximo esfuerzo para construir nuevos consensos básicos. No puede ser de otra manera cuando un cuerpo político decide refundar sus normas fundamentales. Todas las interpretaciones surgidas al respecto tienen la virtud de reflejar una parte de la compleja realidad en curso. En esta tónica, se sugieren a continuación algunos aspectos que pudieran influir en el desarrollo de dicho proceso.

El primer punto no es más que una apreciación puramente personal, y se refiere a lo dura y exigente que puede resultar la crítica que ejercen los chilenos con respecto a sus propios asuntos. Por un lado, ésta expresa una encomiable sed de justicia y una indeclinable voluntad de mejora constante, rasgos que, por lo demás, son característicos de sociedades que han experimentado grandes y recientes avances en la senda de la modernización. El Chile de hoy, una vez superadas muchas de sus necesidades más básicas, clama por abrir vías para superar sus traumas históricos y encontrar definitivamente su lugar entre las naciones desarrolladas, lo cual desata todo tipo de comparaciones con los demás países de la OCDE.

La contracara de esa crítica es, desde nuestro punto de vista, un cierto olvido del contexto y la trayectoria histórica que caracteriza al país. A pesar de sus grandes avances, Chile es un país sudamericano esencialmente similar a sus vecinos argentinos, peruanos, colombianos o venezolanos, y por ende sujeto al mismo tipo de vaivenes. Sus logros, si bien lo ubican actualmente a la cabeza de la región, no están plenamente garantizados (no lo están, de hecho, en ninguna parte del mundo) y está aún expuesto al mismo tipo de altibajos políticos, económicos y sociales que sufre el resto de América Latina, donde los hechos y estudios recientes demuestran que la democracia no está enteramente consolidada, el estado de derecho no destaca por su fortaleza y los consensos básicos que permiten mantener una mínima estabilidad macroeconómica no siempre han sido alcanzados.

Otro punto a señalar se relaciona con el origen y carácter de las demandas sociales que convergen en el reclamo de una nueva constitución, caracterizadas por su gran heterogeneidad. Estos reclamos van desde los más pragmáticos y puntuales, orientados a mejorar el acceso y las prestaciones que actualmente brindan los sistemas educativos, de salud y de previsión social, exigiendo así reformas para consolidar un modelo más equitativo y solidario, hasta el relato central y articulado por el que ciertos sectores demandan la superación del modelo neoliberal y el retiro de los cerrojos constitucionales que perpetúan una democracia semisoberana llena de enclaves autoritarios.

En función de lo anterior, por un lado, se abre un amplio abanico de posibilidades en torno a los cambios que puede impulsar la redacción de la nueva constitución. Desde una perspectiva gradualista, las demandas sociales más concretas podrían incluso resolverse sin necesidad de cambios constitucionales, garantizando la preservación de principios fundamentales que, sin duda, se relacionan con el desarrollo de Chile durante las últimas décadas. Desde una perspectiva maximalista, y en el peor de los casos, la nueva constitución podría implicar cambios tan drásticos como para que la nueva carta magna, impulsada desde el sueño de hacer de la voluntad general la rectora de todos los asuntos públicos, descuide su propósito central de garantizar derechos individuales y refrenar el poder.

Por otro lado, la coyuntura luce especialmente propicia para que se articulen esas cadenas de equivalencias o conjunción de demandas con las que Ernesto Laclau caracteriza los momentos populistas, en los cuales los anhelos populares tienden a ser capturados por quienes logran esgrimir un significante vacío o gran idea aglutinadora e indefinida que cada quien identifica con sus propios anhelos particulares. El riesgo (real y materializado en países vecinos) de que una eventual convención constitucional funja como un significante vacío podría traducirse al final del día en un texto constitucional poco equilibrado, empleado a la postre como catapulta para una eventual toma populista del poder.

Cabe entonces recordar que el innegable éxito de Chile durante las últimas décadas tiene mucho que ver con la disposición de sus principales fuerzas políticas al entendimiento, el pragmatismo, el gradualismo, la negociación y la moderación. Es llamativo que esas actitudes luzcan cada vez menos populares en una sociedad que se ve ahora mismo embargada por ese júbilo característico de los trances revolucionarios y constituyentes. Conviene, en semejante encrucijada, no perder de vista el largo camino recorrido, las grandes lecciones aprendidas y el enorme esfuerzo realizado para llevar a Chile hasta donde está hoy, y recordar que, tal como lo entendieran Gandarillas, Egaña, Bello y otros en 1833, buena parte del éxito de un diseño constitucional guarda estrecha relación con su capacidad para evitar los grandes saltos.

Las columnas de Opinión son presentadas por:
Ver más