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Publicado el 24 de junio, 2020

Miguel Ángel Martínez: Iconoclasia: La lucha por los símbolos

Académico, Estudios Políticos Universidad Austral de Chile Miguel Ángel Martínez Meucci

Dentro de las muchas particularidades que reviste la época que vivimos, así como de los hechos notables que aquejan al año 2020, se cuenta ahora también con el derribo de estatuas en buena parte de Occidente. El hecho está lejos de contravenir el espíritu de los tiempos, marcado como parece estar por la convicción, cada vez más popular, de que nuestras sociedades actuales constituyen un exabrupto estructural.

Miguel Ángel Martínez Meucci Académico, Estudios Políticos Universidad Austral de Chile

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No es la primera vez —y de seguro tampoco la última— que ocurre algo similar. Una mirada al pasado permite constatar la irrupción de este tipo de arrebatos a lo largo de la historia. Algunos estallaron desde las cúspides del poder, como por ejemplo en diversos imperios del Asia y del Medio Oriente. Allí, en China, Babilonia o Egipto, monarcas de nueva estirpe procedían con frecuencia a borrar todo rastro de la dinastía derrotada. También los romanos llegaron a ejercer esta práctica —damnatio memoriae—, por la que se negaba al adversario vencido la más mínima dignidad. Como ejemplo algo más contemporáneo, en 2001 el régimen Talibán consideró que las colosales imágenes de los Budas de Bāmiyān, incólumes durante más de 1.500 años, contravenían los preceptos del Islam. Escrupulosamente procedió a destruirlas.

Esta destrucción de símbolos también ha sido acometida por grupos políticos o religiosos que no ejercen tareas de gobierno. Episodios de este tipo proliferaron durante todo tipo de guerras de religión, y también durante las guerras contra la religión. Al fin y al cabo, la iconoclasia (del griego Εἰκονομαχία, “lucha”, “guerra” o “ruptura” de “imágenes”) emerge como consecuencia de discrepancias profundas, y a veces irreconciliables, en torno a creencias divergentes. El problema de fondo es que, tal como señalara en su oportunidad José Ortega y Gasset, “mientras las ideas las tenemos, en las creencias estamos”. La misma paciencia que somos capaces de encontrar para debatir en torno a las ideas suele faltarnos cuando son nuestras creencias las que se ponen en juego.

Ahora bien, las desavenencias en torno a las creencias revisten especial gravedad cuando afectan la convivencia generalizada. Independientemente de que los ataques contra las imágenes públicas provengan de los gobernantes o de los gobernados, por lo general conciernen al modo en que se organiza la comunidad política. En otras palabras, detrás de todo estallido iconoclasta se esconde un conflicto por el poder y las normas de convivencia que a través de éste se imponen, si bien lo característico en estos casos es que el conflicto se plantea en términos difusos y oblicuos. El carácter ambiguo e impreciso de lo simbólico impide, asimismo, que a su destrucción pueda atribuirse un significado inequívoco, haciendo que el verdadero carácter del ataque esté siempre sujeto a interpretación. Así, por ejemplo, lo que para algunos puede ser un ataque contra el racismo, para otros puede ser en sí mismo un ataque racista.

Las embestidas iconoclastas no van dirigidas contra otros ciudadanos —lo cual constituiría un delito grave—,¸no acusan directamente a los vivos —que podrían defenderse–, no se expresan mediante argumentos lógicos —eventualmente refutables—, ni proceden mediante iniciativas legales e institucionales —bien porque se desarrollan en el ámbito de un régimen autocrático y opresivo, o simplemente porque no cuentan con expectativas razonables de prosperar en el corto plazo a través de dichas vías—. La iconoclasia, hecho (anti)político donde los haya, procede de modo mucho más subrepticio, al atacar el ámbito ambiguo de los símbolos y de la memoria, donde las creencias arraigan y cobran forma. Destruye el asiento material de un bien espiritual usualmente colectivo, negándole de raíz el derecho a existir. Genera un vacío allí donde algo lo llenaba, un silencio donde había un relato.

No obstante, las sociedades necesitan referentes comunes y no toleran este tipo de vacíos; por eso sería ingenuo olvidar que todo desplazamiento de ideas y creencias viene deliberadamente acompañado de otras nuevas con las que se aspira a establecer una hegemonía. No se lucha contra ideas, creencias o símbolos sino desde otras ideas, creencias y símbolos, planteándose así la sustitución de ciertos principios de legitimidad por otros. Por lo tanto, la iconoclasia reviste un carácter sedicioso, cuando no revolucionario, condición que, naturalmente, la aleja de la inocencia; después de todo, el único requisito para irrumpir en política es no ser ángeles.

Podría sostenerse que la práctica de la iconoclasia induce a la reflexión, y que de este modo invita a una reestructuración eminentemente racional de la sociedad. Si este fuera el caso, con ella se pretendería la sustitución crítica de la tradición —asumida como insensata, arbitraria y sesgada— por la implantación de nuevos órdenes derivados de la razón. Una interpretación de este tipo reviste pleno sentido cuando los actos iconoclastas operan en el contexto de regímenes autocráticos o sociedades cerradas, donde ante los símbolos del poder no existe posibilidad de disentir y donde estos a menudo han sido recientemente implantados. Otra cosa cabe afirmar, no obstante, cuando lo anterior acontece en el seno de sociedades abiertas y pluralistas; en tales casos, este tipo de prácticas no dejan de constituir una amenaza velada contra la tolerancia que propugnan estos órdenes. Allí donde existe la libertad pública, lo verdaderamente civil y reflexivo sería iniciar un debate público para alcanzar la remoción de las efigies indeseadas dentro del imperio de la ley.

De todo lo anterior se concluye que, al expresarse violentamente y sin palabras, y cuando las imágenes destruidas forman parte del patrimonio público o privado, teniendo todo ello lugar dentro de una sociedad democrática y pluralista, la iconoclasia difícilmente puede reclamar un carácter legítimo. Irrumpe como iniciativa de grupos particulares que se imponen al común de la sociedad, secuestrando lo público mediante la destrucción de un logos ya existente. Y si bien la legitimidad de dicho logos ha de estar siempre sujeta a debate en una sociedad abierta, también es cierto que, de momento, ha contado con el aval del tiempo, lo cual no es en absoluto poca cosa.

Pero en vez de plantear dicho debate en el ámbito de las instituciones democráticas, quienes se adelantan a destruir imágenes imponen previamente su voluntad y satisfacen sus demandas por la vía de los hechos. Ante semejante proceder se hará cada vez más difícil evitar el estallido de respuestas similares y opuestas, arrastrando al cuerpo político hacia el terreno de las luchas intestinas. ¿A quién sirve todo esto?

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