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Publicado el 23 de abril, 2020

Miguel Ángel Martínez: Ciclos de protesta, pandemia y control social

Académico, Estudios Políticos Universidad Austral de Chile Miguel Ángel Martínez Meucci

Tras una década de grandes protestas en varios continentes, las medidas requeridas para controlar la pandemia ocasionada por el COVID-19 han frenado repentinamente la escalada de movilizaciones. De acuerdo con diversos pronósticos, el avance del control estatal en esta coyuntura podría, quizás, augurar un cambio en la relación táctica existente entre manifestantes y fuerzas del orden.

Miguel Ángel Martínez Meucci Académico, Estudios Políticos Universidad Austral de Chile

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La segunda década del siglo XXI ha estado marcada por un notable repunte de las protestas y movilizaciones callejeras en buena parte del planeta. La bibliografía especializada conoce estos episodios como “ciclos de protesta”. Durante los últimos diez años varios tuvieron lugar en países desarrollados, pudiendo contarse entre los más visibles el movimiento de los “indignados” en España (2011), Occupy Wall Street en los Estados Unidos, la llamada “revolución de los paraguas” en Hong Kong (desde 2014, mediante oleadas recurrentes), el movimiento de los gilets jaunes o “chalecos amarillos” en Francia (desde octubre de 2018) y las protestas catalanas durante 2019. También fueron ampliamente reseñadas las movilizaciones ucranianas de 2013 y 2014.

No obstante, algunos de los ciclos de protesta más notables y significativos han tenido lugar en Iberoamérica. Si durante los años 2014 y 2017 las movilizaciones que se desarrollaron en Venezuela fueron particularmente prolongadas y conspicuas, en 2018 Nicaragua presentó los incidentes más notables, mientras que en 2019 fueron Colombia, Ecuador, Bolivia, Brasil y sobre todo Chile los países que mayor atención captaron a raíz de las grandes movilizaciones populares que registraron. En virtud del gran repunte experimentado durante el último año, a estas movilizaciones iberoamericanas nos hemos referido con alguna profundidad en un reciente informe.

Las causas de las movilizaciones responden tanto a fenómenos y problemas locales como a tendencias globales. En cada caso existen razones específicas que han propiciado la articulación de las protestas, razones de orden político, socioeconómico o cultural/identitario cuya comprensión sólo es posible desde una perspectiva cercana y particularizada. Pero también es posible apreciar el modo en que ciertas demandas ostentan un carácter transnacional o incluso generacional o epocal, y que la coincidencia de la década 2010-2020 con el acceso generalizado a las nuevas tecnologías de comunicación e información marca patrones relativamente similares y recurrentes entre protestas acaecidas en diversos países.

No obstante, el avance de la pandemia ocasionada por el COVID-19 ha tenido un efecto evidente y profundo en la desmovilización de muchos de estos movimientos. Tanto las precauciones tomadas por los propios ciudadanos como las medidas obligatorias implementadas por los distintos gobiernos han dejado en suspenso muchas de las luchas sociales desarrolladas por estos movimientos. Dichas medidas, razonables en muchos casos, lucen francamente autoritarias en otros, en tanto la situación excepcional que produce la pandemia ha sido aprovechada por regímenes de diversa factura para incrementar controles y, en ocasiones, poner en riesgo la vigencia del régimen de libertades.

Esta tendencia autoritaria es evidente en el caso de gobiernos autocráticos como China, Corea del Norte, Cuba o Venezuela, donde las medidas implementadas para el rastreo, control y detención de ciudadanos individualizados han proliferado de modo ostensible. No cabe duda de que las medidas requeridas para asegurar el distanciamiento social son idóneas para el control social que ejercen las autocracias. No obstante, dicha tendencia no ha dejado de estar presente en varios regímenes democráticos, donde el progresivo control del flujo de informaciones, así como algunas medidas de seguimiento y restricción, han despertado la preocupación de los sectores sociales más celosos de sus libertades individuales. El papel de las fuerzas armadas en el Perú, de las medidas tomadas por el presidente Netanyahu en Israel o la intervención de los flujos de datos en redes sociales por parte del gobierno español son una muestra de varias acciones adelantadas por regímenes democráticos que han despertado recelos importantes en el seno de sus sociedades.

Ahora bien, en algún momento la pandemia tocará a su fin, llegando así la hora de que estos controles excepcionales sean levantados. Tal como ha señalado en un reciente artículo Samuel Brannen, del Center for Strategic and International Studies (CSIS), lo más probable es que no sólo las protestas vuelvan a emerger cuando se levanten las medidas implementadas para controlar la pandemia, sino que para ese momento (cuando posiblemente arrecien las consecuencias de varios meses de paralización económica) las razones de estos movimientos para protestar se hayan incrementado o agravado.

En tal sentido, conviene tener presente que siempre ha existido una constante evolución táctica y operativa en el pulso que históricamente han mantenido los Estados o fuerzas del orden público, por un lado, y los grupos sociales organizados para plantear algún tipo de política de confrontación (contentious politics) a los gobiernos constituidos, por otro. Se trata de un enfrentamiento especialmente refinado en el seno de órdenes constitucionales, donde los gobernantes están obligados a respetar y mantener el régimen de libertades. ¿Entrará esta confrontación en una etapa sustancialmente nueva tras la pandemia? En unos cuántos meses lo sabremos.

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