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Publicado el 06 de diciembre, 2016

Migrantes y simplismo

Me molesta la liviandad con que se discute y lo rápido de la etiquetación en los medios, así como la descalificación. No sólo en este tema, sino en muchos otros.
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En febrero, los tres ciudadanos alemanes formalizados por rayar un vagón del Metro de Santiago recibieron la orden de abandonar el país. Nadie tildó esto de xenófobo.

Hace pocos días, el ex Presidente Piñera hizo, una vez más, una declaración algo desafortunada: “Muchas de las bandas de delincuentes que hay en Chile, como las que clonan tarjetas, son de extranjeros”. Y ardió Troya.

Varios diputados oficialistas criticaron a Piñera acusándolo de estigmatizar a los migrantes y de populista. En las redes sociales pasó lo mismo, pero aún más agresivo: se le comparaba con Donald Trump, se le trataba de xenófobo.

Los hechos: Chile es un país relativamente estable, de ingreso medio. La población decrece y necesitamos inmigrantes. Así, la cantidad de extranjeros se estima en torno a los 460 mil, acercándose al 3% de la población. Nada exorbitantemente alto, aunque hace 25 años era sólo el 0.8%.

No son lo mismo los migrantes que los turistas. Por ejemplo, los alemanes expulsados por rayar el Metro eran turistas. La tasa de condenas por cada mil habitantes es de 5,6 para los chilenos y 3,87 para los extranjeros, por lo tanto, es falso afirmar que “los extranjeros delinquen más”. Sin embargo, en la región de Tarapacá, el 15% de los delitos son cometidos por extranjeros, y en Arica es el 11.5%. Y sí, incluso en la Región Metropolitana hay bandas que operan con nuevas formas de delito que son “importadas”.

Chile tiene 43.400 presos en cárceles completamente hacinadas. Éstas son escuelas de delincuencia y el costo de mantener un preso es cercano a los US$ 7 mil anuales, en promedio.

La ley de inmigración data de 1975, cuando la realidad del país era completamente distinta y el tema se pone sobre la mesa a partir de dos proyectos de ley que ya están en el Congreso: uno desde noviembre de 2015 y otro de junio de este año, es decir, nada tan novedoso. El primero apunta a establecer la expulsión del país, como sustitución de pena, de aquellos extranjeros que residan legal o ilegalmente en Chile y que hayan sido condenados por un delito. El segundo apunta a que los inmigrantes realicen sus trámites de visa de residencia en el país de origen, antes de viajar.

Hasta el momento, nada de esto me parece muy descabellado ni xenófobo. Y en lo personal me encanta que puedan venir a Chile personas de otros países a desplegar acá sus proyectos de vida.

Entiendo que la frase de Piñera sobre las bandas de clonadores de tarjetas haya sido algo desafortunada, pero dista mucho de una retórica racista, de cierre de fronteras y deportaciones. Me molesta la liviandad con que se discute y lo rápido de la etiquetación en los medios, así como la descalificación. No sólo en este tema, sino en muchos otros. La falta de racionalidad y rigurosidad, el simplismo. Esto, sumado al arribismo de aquellos que les encanta discutir “los mismos temas que en Europa”, genera un escenario nefasto para el diálogo.

Y es que el contexto y la forma mandan. En un mundo de 140 caracteres, titulares breves y cuñas “golpeadoras”, la agenda se lleva en eslóganes y vaya que hay que tener cuidado.

 

Andrés Barriga

 

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