Y la peor pesadilla de aquellos que crecimos en la guerra fría se hizo realidad, Rusia ha empezado una guerra contra Occidente. La guerra es aterradora,  desgarradora… pero hay una sombra mucho más desoladora amenazándonos, las consecuencias que tendrá la respuesta de Occidente a la ofensiva de Putin.

En diciembre del 2021, una periodista le preguntó a Putin si estaba dispuesto a garantizar que Ucrania no sería invadida. El Presidente ruso le respondió que la invasión a Ucrania dependía de que se garantizara incondicionalmente la seguridad de Rusia, lo que implicaba el compromiso de los países de OTAN de contener la ampliación del bloque y de excluir la adhesión de Ucrania y de otras naciones de la antigua URSS.

El discurso es muy convincente, y no es difícil ponerse en el lugar de Putin y entender sus razones. Invadió Ucrania porque su vecino país fue demasiado lejos, solicitando su entrada a la Unión Europea y a la OTAN; y si Ucrania entraba a la OTAN, los países que la conforman tendrían un camino fácil para entrar e invadir Rusia, como históricamente lo hizo Napoleón.

Sin embargo, lo que las razones de Putin olvidan es que Ucrania es un país independiente y soberano; y ni la OTAN, ni Ucrania han entrado, ni tocado territorio Ruso, por tanto no existe tal amenaza, más que en la mente de Putin. Porque es muy distinto ser amenazado, como lo ha sido Ucrania (y luego invadido), que sentirse amenazado, como dice sentirse Rusia, que no tiene ningún soldado extranjero peleando en sus tierras.

Ucrania es un país libre, y esa libertad le garantiza poder establecer acuerdos con Rusia, con Occidente, o con los extraterrestres si así lo quiere. Es parte de lo que implica la soberanía, y ello no es sinónimo de amenaza.

Entonces surge una segunda pregunta. ¿Si Rusia ha invadido Ucrania sin provocación, masacrando su población e infraestructura, por qué los países de Occidente no responden defendiendo a Ucrania?

Hasta ahora la respuesta de los “aliados” se ha basado en la entrega armamento, ayuda humanitaria y en la recepción de los millones de ucranianos que huyen de su país. Pero los presidentes de los países de Occidente han sido claros y enfáticos en declarar que no pondrán a ninguno de sus soldados a pelear en contra de los rusos al interior de Ucrania. 

No obstante, también han advertido que si Rusia pone un solo pie en un país OTAN, ésta deberá responder al ataque de uno, como si fuera un ataque a todos. Y justifica dicha diferencia en que si algún país OTAN entra a Ucrania a pelear, eso puede escalar el conflicto y llevar a una tercera guerra mundial y a la utilización de armas nucleares.

Lo que no ha entendido Occidente, y que no entendió tampoco en la segunda guerra mundial, es que la señal que se le ha entregado a Putin es que los aliados están dispuestos a sacrificar a unos “pocos” con tal de no generar una crisis “mayor”. Eso le entrega el camino libre a Putin para seguir expandiéndose e invadiendo todos los países no OTAN, o incluso ciudades de países OTAN, así como le ha entregado una señal a otros países con delirios imperialistas, que si tienen el tamaño y las armas suficientes, ninguna de las potencias de Occidente va a frenarlos, porque el costo es demasiado alto para sus economías y para sus próximas elecciones.

Sin embargo, a mi juicio, Occidente ha fallado en advertir que esta no es una guerra entre Rusia y Ucrania, es una guerra entre el autoritarismo y la libertad. Una guerra entre dos visiones sobre nuestra humanidad.

Rusia está masacrando a un país que decidió mantenerse libre del yugo del Partido Comunista ruso, y que está siendo castigado por ello, como una señal al mundo, que algunos países no tienen derecho a ser libres, pues esa libertad amenaza a una potencia que posee armas nucleares.

Al negarse a intervenir en la lucha armada de Ucrania por su libertad, los líderes de Occidente han declarado abiertamente que están dispuestos a sacrificar y entregar a Ucrania, porque el precio de defender la libertad de un pueblo, es demasiado alto cuando se mide en dólares y en votos.

*Michèle Labbé es economista

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