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Publicado el 16 de diciembre, 2016

Menos que niños, menos que ciegos

Tratándose de los hombres adultos chilenos, la polémica muñeca infable que se le entregó al ministro en la cena de Asexma es sólo la punta del iceberg.
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Cuando vuelves a tu país de origen después de un largo tiempo de estar fuera, das menos importancia a algunas cosas y más a otras, especialmente a aquellas que antes parecían naturales y que con la experiencia de vivir en países más desarrollados se hacen arcaicas e incluso intolerables.

Me gusta observar y hablar con los jóvenes, han ido dejando atrás las normas añejas y se tratan más igualitariamente en una sociedad que todavía es, lamentablemente, muy machista, racista y clasista. Son jóvenes que aceptan la convivencia premarital, la homosexualidad, se visten con desparpajo y son irreverentes con autoridades y jerarquías del pasado. Me preocupa, eso sí, lo mamones que pueden ser, especialmente si los han malcriado a punta de nanas y lucas.

Sí, porque hay padres en Chile que son pura billetera. Estos jóvenes parecen quererlo todo a costo cero y viven en el sueño de los derechos que pagan otros. Eso es irritante, pero no es nada comparado con lo que sí me choca: el hombre adulto chileno, en particular esos seres encorbatados que van a lucirse a seminarios y conferencias en la cota mil y sus alrededores. Son representantes de una estirpe en extinción, pero aún con mucho poder, que nadie echará de menos y que ni se han percatado que son de otra época.

Aunque el tema pueda ser polémico, está claro como el agua. En lo sentimental, Héctor Soto lo explicó muy bien en su reseña de la película Gloria publicada en el diario La Tercera, el 23 de agosto de 2013. Escribe de esta manera generalizando sobre el hombre adulto chileno:

“El más celebrado de los estrenos del último tiempo, Gloria, la realización de Sebastián Lelio, aparte de ser un vibrante tributo a la tenacidad, a la resistencia y la capacidad de las mujeres solas de mediana edad para recomponerse incluso desde el fracaso, fue también una mirada muy lapidaria al fracaso y a las deserciones de nuestra masculinidad. En el personaje que interpreta Sergio Hernández converge la inseguridad con la pequeñez y la blandenguería con la estupidez. Estamos notificados: los hombres no seducimos ni conquistamos. Tampoco acogemos. Mucho menos orientamos, conducimos o contenemos. Y si de corresponder se trata, mejor ni hablar. Huimos, desertamos, nos vamos. Somos menos que niños. Somos menos que ciegos. En estricto rigor, calamidades”.

Es terriblemente cierto, menos que ciegos, porque no ven su propia condición lamentable; menos que niños, porque su inmadurez es inexcusable e irreparable. Muchos de esos hombres buscan mamás y se transforman en cargas insufribles para sus mujeres y, si tienen algo de plata, para sus amantes. Viven del autoelogio y de sus fantasías sexuales mil veces contadas y nunca realizadas. Eso se les nota a la legua: perro que ladra, no muerde.

Otra visión es la de Carolina Schmidt, la ex ministra de la Mujer del Gobierno de Sebastián Piñera, en la entrevista que se le hizo para el libro “La historia se escribe hacia adelante” (Mauricio Rojas, Uqbar 2016). La apodaron “Miss Gabinete”, esos machos que quedaron cautivados, como escribieron sin desparpajo, por su “buena pinta y mejores y largas piernas que incluso le llegan al suelo”. Con ella se permitieron darle rienda suelta a aquella manera de ver y tratar a la mujer que bajo la apariencia de piropo y galantería inocentes la pone “en su lugar”. En la universidad, relata Carolina, le impactó profundamente que muchos profesores le dijeran que “ellas” estaban allí solo para encontrar marido. La persona –un “él”, por supuesto– que por primera vez le ofreció un puesto de gerente le dijo: “Oye agradece esto, porque las mujeres no llegan a estos cargos”. Y así siguió, haciéndose un lugar entre esos machos sorprendidos que finalmente incluso la celebraban, como al camarón decorativo de la ensalada: “Se pone a una mujer para que adorne la ensalada y nada más”, como dice Schmidt. Su relato es chocante y aleccionador, pero así ha sido y todavía sigue siendo en Chile, especialmente entre su élite cerrada y provinciana.

Basta ver los paneles habituales en seminarios o congresos, superpoblados de hombres de cuello y corbata opinando de todo y haciendo como si las mujeres no existieran. Ellas están, pero en “su lugar”. Ocupando la platea de los auditorios, aplaudiéndolos o atendiéndolos.

Nadie parece enterarse de que un panel semejante, con puros hombres (y a veces un camarón femenino) sería impresentable en muchos países más avanzados: los mismos hombres se levantarían escandalizados por semejante despropósito y preguntarían quién es el responsable de no incluir mujeres. Y mayor aún sería el escándalo si a alguien se le ocurriese decir, como habitualmente hacen acá, que no encontró a ninguna mujer competente en ese tema.  Además, al primer chiste sexista, de esos que nuestros machos repiten y repiten en cada escenario en que se suben, terminaría abruptamente la sesión.

¿Cuánto tiempo más tendrá que pasar para que los hombres adultos de este país se tomen en serio a las mujeres, es decir, como seres distintos, pero igualmente íntegros, con los mismos derechos y obligaciones, y las mismas ganas y capacidad para hacer carrera, llegar a los puestos de poder y compartirlo todo, incluso a los hijos? Tal vez ya no tienen vuelta.

A pesar de todo, soy optimista. Sin duda las generaciones jóvenes tienen mucho mejor resuelto este tema. Valoran la diversidad en todos los ámbitos.

Por último, usted se equivoca si cree que soy feminista. El feminismo es la otra cara, frustrada e indignada, del espejo del machismo. Desaparecerá junto con él, cuando se haga innecesario en una sociedad más desarrollada donde, ante todo, nos tratemos y respetemos como individuos.

 

Mónica Mullor

@mmullor2016

 

 

Foto: EDUARDO BEYER /AGENCIAUNO

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