Octubre 2019 desordenó un cuadro político relativamente tranquilo que transcurría entre escaramuzas y ausencia de planes de largo plazo. Sumado al ya habitual rito de estudiantes en la calle y de barricadas más bien alegres. “Nadie lo vio venir” fue el coro de todos; partidos, gobierno, líderes expresaron su estupor ante la violencia creciente y a ratos dantesca. Luego, el acuerdo de noviembre, el horizonte de una nueva Constitución que se suponía calmaría la furia callejera y las demandas de todo tipo que florecían en una ciudadanía movilizada y motivada, después de años de abulia política. Pero no hubo fuerza ni sabiduría para construir un acuerdo nacional que respondiera a la gravedad de la crisis social que azotó a Chile, solo la pandemia declarada en marzo 2020 vino a desviar por otro derrotero la vida colectiva de los chilenos. Nuevamente no llegó un acuerdo nacional para salir al paso de una pandemia que debería haber esfumado las fronteras ideológicas de quienes debían enfrentarla y aminorar sus efectos sobre la población general del país.

Plebiscito de entrada, Convención Constitucional, plebiscito de salida: una sucesión de hitos que hoy nos parece rápida, pero que ocupó casi dos años en su curso, dos años que más que un esfuerzo de buena voluntad para construir una nueva casa común, fueron una constante guerra de posiciones (con guerrillas anexas) en torno al foco de la Convención. Nada bueno podía resultar de tal clima político y social.

Hacemos este breve recorrido para llegar al cuadro de hoy. ¿Tiene presente el lector el juego del dominó, el inicio en que las piezas están revueltas al azar y boca abajo? Algo así nos parece el momento actual, los actores (o jugadores si prefiere usted) recogen sus fichas sin saber hacia dónde les conducirán. Son efectos del impacto del 4 septiembre en un plebiscito que debería haber resuelto el nudo principal de la nueva Constitución. Hemos vistos en más de un titular la socorrida frase de Lenin: ¿Qué hacer?, lo que no ha dado pie a una respuesta de largo aliento, sino a un quehacer político hecho de cuestiones coyunturales a la espera de la gran solución, que nadie sabe cuál es ni dónde se encuentra. Último amago ha sido el ir y venir de opiniones sobre el TPP11, desde el gobierno al parlamento, desde los partidos a una que otra personalidad.

Es lo que nos atrevemos a llamar finteos, es decir movimientos, conatos de ataques, paradas de golpes. Ganar el round con movidas y contramovidas. ¿Es la política que requiere Chile, ahora que se definen las próximas décadas de la historia nacional? Porque de eso se trata, de la próxima historia del país, que exige mucho más que zarandeos y ganancias de corto plazo. Requiere buenos liderazgos y sobre todo estrategias políticas que, erradas o no, pongan la mirada más allá de las propias narices.

Ante todo, una estrategia política (y de todo tipo, bélica, comercial, deportiva) necesita de un horizonte, un lugar al cual llegar: es la llamada visión política capaz de encender entusiasmos, de reunir consensos y fuerza para obtener resultados. Una buena estrategia deberá identificar previamente los obstáculos y el modo de superarlos, confrontarse con los adversarios, negociar, convencer. Saber evaluar –y valorar– los logros parciales, como lo hace el buen reformismo progresista. 

Naturalmente –y que nadie se escandalice–, la estrategia política no puede ser diáfana para todos. Uno de sus principios básicos es el de disimular a los ojos de los competidores (“enemigos” para los extremos políticos) los medios, los despliegues y plazos de su realización, de otro modo preverían las acciones y podrían neutralizar sus resultados. Sin embargo, por lo menos deberíamos asistir a movimientos que sean congruentes unos con otros, no volteretas, retrocesos ni fugas adelante; así sabríamos que hay un diseño coherente, racional, que conducirá a alguna parte.

¿Podemos entrever alguna estrategia en el gobierno, en la oposición, en los partidos oficialistas? Sinceramente, creemos que no. La derecha, con sus dos almas, aún no sabe encajar el inesperado y fuerte triunfo del Rechazo, por decirlo popularmente “se envalentonó”, no logra avizorar una meta que conlleva negociación, concesiones. El gobierno aún se ve atrapado en su programa, a pesar de que el presidente Boric abandona cada cierto tiempo ideas ícono de su coalición, como el desdén por el crecimiento o el rechazo al control del Estado de la violencia política y común. En el  escenario de ejercicio real y responsable del poder y de derrota de la apuesta convencional, no parece haber una revisión de estrategia, si alguna vez la hubo. Un escenario donde los manuales y lecturas más o menos académicas no sirven. En el Socialismo Democrático (PS, PPD, PR) tampoco vemos un diseño que vaya más allá del puro e inmediato acceso al poder; quizás haya algún aliento hacia la socialdemocratización del gobierno, pero no lo vemos claro en el relato de sus principales personeros. A este panorama de fuerzas y actores políticos, se agregan nuevas entradas: el Partido de la Gente que tampoco sugiere una visión de país de largo plazo, más bien una reacción populista de tipo moral; el Partido Republicano de Kast repite los viejos principios de conservadores y nacionalistas, sin unirse a la búsqueda de un nuevo modelo de derecha moderna; y últimamente Amarillos por Chile, un partido en formación que se propone ser referente para un centroizquierda reformista y que, al menos, en su manifiesto inicial presenta una idea país que deberá confrontarse con el futuro próximo. 

No se trata de una sola, única estrategia, sino de proyectos que respondan a las grandes cuestiones de las políticas públicas modernas y, especialmente, a los temas/problemas que preocupan –e incluso angustian– a grandes sectores de la población chilena. ¿Cuál estrategia en seguridad y orden público, macrozona sur incluida? ¿Qué política internacional de largo respiro adoptará Chile en los años venideros? ¿Cuáles ejes estratégicos para el crecimiento y empleo? ¿Algún plan maestro para el Estado social que todos parecen auspiciar? Son materias políticas que superan largamente las urgencias del momento y los escarceos políticos que perecen a la vuelta de la esquina. 

Levantar estrategias viables y creíbles en torno a estos asuntos públicos requerirá de visiones y liderazgos a nivel de políticos estadistas, una especie rara pero que puede ser suplida por el empeño colectivo de fuerzas y grupos políticos que finalmente levanten la mirada, identifiquen horizontes y diseñen estrategias que superen las consignas y frases genéricas para llegar a resultados concretos y buenos para Chile.

*Fredy Cancino es profesor.

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