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Publicado el 04 de mayo, 2020

Maximiliano Jara: A 40 años de la fundación del Centro de Estudios Públicos

Investigador asociado del Centro de Estudios Bicentenario Maximiliano Jara

Fue “la” estrella del firmamento de los think tanks de derechas del país. El CEP conjugaba la alianza local entre ideas y poder económico que se estaba desarrollando a lo largo del globo, lo que se tradujo en la creación de una serie de think tanks liberales a nivel mundial.

Maximiliano Jara Investigador asociado del Centro de Estudios Bicentenario
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Este 2020 el Centro de Estudios Públicos (CEP) cumple 40 años de existencia. El 7 de abril de 1980 la institución se constituyó legalmente como fundación de derecho privado sin fines de lucro, entrando en funcionamiento el 1 de julio del mismo año. Su principal objetivo era colaborar en el establecimiento y proyección de “las bases de una sociedad libre” a través de la divulgación de sus principios, para lo cual desarrollaron una estrategia intelectual basada en una serie de ideas y prácticas políticas.

Esta institución fue fruto de la alianza entre conocimiento académico, poder económico y vínculos transnacionales, en un esfuerzo conjunto por consolidar y proyectar el liberalismo económico que se estaba desarrollando en el mundo a nivel local. Esto no se haría por medio de una visión meramente tecnocrática, sino con la difusión de las bases filosóficas, políticas, históricas y morales que la respaldaban. En otras palabras, el Centro se transformaría en la primera plataforma cultural del mundo económico que intentaba una aproximación integral al problema de lo político. Así, el CEP pasaría a ser el capítulo nacional de un proceso global de promoción de este nuevo liberalismo que tuvo en su cénit en la década de 1980.

La promoción de esta corriente económica comenzó en Chile con el convenio entre la Pontifica Universidad Católica de Chile y la Universidad de Chicago, orientado formar capital humano avanzado, que se firmó en la segunda mitad de la década de 1950. Gracias a este acuerdo, decenas de estudiantes se formaron en el Instituto de Economía de la institución norteamericana, bajo los presupuestos económicos monetaristas o de economía científica. El grupo de jóvenes que se formó allá sería posteriormente conocido como los Chicago Boys, los principales impulsores de la modernización económica que se desarrollaría en Chile durante el régimen de Augusto Pinochet (1973-1990).

Aquel grupo se consolidó en corto tiempo en la Universidad Católica, pero no lograron gran influencia política en las derechas de la década de 1960. Se mantuvieron casi exclusivamente como docentes y lograron establecer importantes lazos con distintos grupos empresariales, entre los que destacó el grupo Edwards, su principal aliado a la hora de difundir sus planteamientos. Sólo luego del golpe de Estado de 1973 y después de un par de años de economía ecléctica, se delegó en ellos y sus aliados la dirección total de la economía del país. Sin embargo, en cierto punto fueron conscientes de que existía un desajuste ideológico entre las modernizaciones que estaban llevando a cabo y la fuerte tradición estatista existente en la sociedad, incluida parte importante de la élite empresarial y política de las derechas. De este modo, y en forma paralela a su obra a través del gobierno, se abocaron a lo que entendían como una “batalla por las ideas”.

Entre los fundadores del CEP destacaban miembros relevantes en la definición y aplicación de la política económica del régimen militar (como Jorge Cauas, Sergio de Castro o Pablo Baraona); impulsores de las ideas de libre mercado cercanos al grupo Edwards (Arturo Fontaine Aldunate y Carlos Urenda) y/o grandes grupos económicos beneficiados o convencidos de aquellas propuestas (destacaban las familias Larraín, Matte, Yarur, Ross, Borda y Markmann). A ese esfuerzo local también se le sumaba el soporte de una red transnacional de académicos promotores del liberalismo clásico, la Sociedad Mont Pelerin, fundado por Friedrich Hayek. De este modo, el CEP conjugaba la alianza local entre ideas y poder económico que se estaba desarrollando a lo largo del globo, lo que se tradujo en la creación de una serie de think tanks liberales a nivel mundial.

Estas instituciones surgieron como un fenómeno típicamente anglosajón –y en particular estadounidense–, remontando sus antecedentes al desarrollo de la “ciencia social” a fines del siglo XIX. Se erigieron como “una parte clave de la sociedad civil que sirve como un catalizador de ideas y acciones”, en democracias desarrolladas y emergentes. No obstante, el apogeo alrededor del mundo se desarrolló en la segunda mitad del siglo XX, especialmente con el auge de centros promotores del liberalismo económico alrededor del mundo. Si bien existe una amplia bibliografía sobre el tema, especialmente en países anglosajones, podría definirse a estas instituciones como “organizaciones de la sociedad civil y privadas que, sin fines de lucro, producen información y conocimiento con el objeto central de influir en algún aspecto del proceso de las políticas públicas”. Los think tanks han logrado ser una de las instituciones claves en la promoción de políticas públicas del mundo contemporáneo.

En el caso Latinoamericano, este tipo de organizaciones ya existían en Argentina y Brasil. Mientras allende los Andes la Fundación Mediterránea se había fundado en 1977, en Brasil el Instituto de Pesquisas e Estudos Sociais se venía desarrollando desde 1961. Sin embargo, estas instituciones no fueron referentes inmediatos para los fundadores del CEP. Ellos se inspiraban en lo realizado por el American Enterprise Institute en Estados Unidos y el Institute of Economic Affairs, en Inglaterra. Estos establecimientos se caracterizaban por vincular conocimiento académico, influencia política y poder económico, y llegarían a contribuir en el ascenso y posterior gobierno de Margaret Thatcher en Reino Unido y de Ronald Reagan en los Estados Unidos.

En el caso del CEP, se comentaba que su fundación tenía que ver con el complejo de torre de Babel que enfrentaba el liberalismo alrededor del mundo. El liberalismo, más que una ideología, a lo largo de su historia ha sido un paragua que integra múltiples corrientes, muchas de ellas contradictorias entre sí. La diferencia más conocida en esta familia es la posición del concepto de igualdad y libertad. En 1980 se comentaba que una de las principales tareas del Centro era contribuir a solucionar el problema de torre de Babel unificando lo que en Chile se entendería por liberal. Lo anterior no era algo descabellado, ya que progresivamente los grupos que reivindicaban algún tipo de liberalismo fueron perdiendo presencia, tanto en número como en influencia, en la larga década de 1960 (1959-1973). Es más, podría decirse que el ser liberal fue abandonado en favor de otros proyectos globales, lo que dejó a posiciones como la del CEP el campo libre para hacerse con ese nicho. Es decir, el Centro no debatiría sobre lo que era el liberalismo con otros grupos organizados que se declarasen como tales, sino que con socialistas renovados y democratacristianos.

Durante el régimen de Pinochet, los centros de investigación proliferaron gradualmente. Según María Angélica Lladser, en 1985 se contabilizaban cerca de 40 de estos centros, donde trabajaban 542 investigadores a jornada completa o parcial; el CEP, en esa época, prefería encargar trabajos antes que tener investigadores contratados. José Joaquín Brunner también apuntaba a la novedad de estos establecimientos, proponiendo 3 categorías de centros académicos independientes, a saber: centros académicos “puros”, dedicados a la investigación; centros académicos “de opinión”, dedicados a la difusión de una propuesta política; y los centros de “acción social”, que no eran propiamente académicos, sino que tenían por objeto “participar en la emancipación y/o organización de grupos sociales de base”. De estos, los dedicados a temas políticos constituían una importante mayoría. Es más, podría decirse que durante el gobierno autoritario el “campo de los think tanks” estaba integrado en forma mayoritaria por organizaciones de investigación y acción social parte de la oposición democrática a los militares. En ese espacio destacaba CIEPLAN, CED, CERC, FLACSO, entre otras.

Lo anterior no significa que no existieran think tanks de derechas, sino que más bien resaltaba el dinamismo académico e influencia política que estas organizaciones tenían entonces. Los centros de estudios de aquel sector no tenían ese nivel de financiamiento y dedicación que los de oposición. Entonces estaba la Corporación de Estudios Contemporáneos fundada, en 1978, por antiguos miembros del Partido Nacional; la Corporación de Estudios Nacionales, vinculada a grupos nacionalistas partidarios del régimen; el Instituto de Estudios para una Sociedad Libre, fundado en 1981 por gremialistas; o CEARNI, formado por ex miembros del Partido Nacional que buscaban organizar una nueva derecha democrática. Por otro lado, de estas instituciones ninguna era propiamente liberal bajo los términos de la escuela de Chicago.

Por lo tanto, la iniciativa del CEP se diferenciaría tanto de las otras organizaciones de derechas y de la oposición por ser un think tank en cuyo centro se encontraba los vínculos transnacionales con académicos, políticos e intelectuales del liberalismo alrededor del mundo. Además estaba vinculado financieramente a los principales grupos económicos del país, algo que ni siquiera las otras instituciones de derechas tenían. El CEP tenía una vocación holística, al integrar tópicos propios de la política, economía, filosofía, historia y literatura en sus espacios culturales, lo que contrastaba a la especialización de sus rivales. Y, finalmente, procuraba ser la proyección político-intelectual de mayor profundidad que parte del grupo de Chicago desarrolló en el país. Por ello, no es de extrañar que al poco tiempo de fundado, se comentara que el CEP era “la” estrella del firmamento de los think tanks de derechas del país.

Finalmente, en estos cuarenta años el CEP se ha transformado en un referente entre los think tanks y tomadores de decisiones de la política nacional. Incluso, en especial sobre los 1990 y 2000, se comentaba que con una reunión de grupos técnicos en esta institución una política pública podía destrabarse. Más allá de la posible exageración en esos dichos, demuestran muy bien lo que la institución ha llegado a ser. Sus encuestas, no cabe duda, han llegado a ser notablemente influyentes en las últimas décadas. Todo esto ha permitido que el Centro de Estudios Públicos sea un punto de encuentro para las posiciones opuestas con un nivel de influencia capaz de transformar aquel espacio en un actor relevante del ciclo político inaugurado en 1990.

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