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Publicado el 17 de mayo, 2020

Maximiliano Duarte: Gobernadores en tiempos de crisis

Investigador Fundación P!ensa Maximiliano Duarte

La futura elección de los gobernadores regionales no nos transformará en un Estado federal. Continuaremos siendo un Estado unitario, solo que más descentralizado. En ese contexto, las disputas que vemos en los países federales entre los gobernadores y el presidente -como ha ocurrido en Brasil o Estados Unidos- no son replicables a nuestra realidad.

Maximiliano Duarte Investigador Fundación P!ensa

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No es difícil advertir que la relación entre los alcaldes y el gobierno está bastante deteriorada a raíz de la crisis sanitaria. Una vez desatada la pandemia, las discrepancias respecto a las medidas adoptadas por el nivel central se hicieron sentir con fuerza. Probablemente el momento más tenso tuvo lugar cuando los alcaldes intentaron implementar cuarentenas comunales a través de ordenanzas, generando una contienda de competencias que fue resuelta oportunamente por la Contraloría General de la República. En resumen, el órgano contralor señaló que corresponde al Presidente restringir derechos fundamentales en estado de excepción constitucional, siendo improcedentes las cuarentenas declaradas por autoridades locales.

A partir de estas diferencias entre el nivel comunal y el central, se ha comenzado a vislumbrar cierto nerviosismo respecto a la pertinencia de contar con gobernadores regionales -recordemos que en abril del próximo año tendrá lugar la primera elección popular de la máxima autoridad administrativa en la región-. La pregunta que algunos académicos se han planteado es la siguiente: ¿Cómo se habría gestionado la crisis con gobernadores electos?

Por una parte, hay quienes postulan que en dicho escenario la gestión de la pandemia habría sido más efectiva. Este es el caso de la socióloga Ignacia Fernández, quien afirmó que en ese contexto “muy probablemente, hoy estaría toda la Región Metropolitana en cuarentena total, con las consecuentes y evidentes ventajas para el conjunto de la población regional”.

Por otro lado, hay quienes ponen en duda esa presunta eficacia. A modo ejemplar, en una reciente columna, Iván Poduje señala que “todo indica que el centralismo presidencial chileno que tanto criticamos, ha sido la clave, ya que la primera lección de Nueva York es que el tiempo vale oro, y se requiere una estructura vertical para tomar decisiones con rapidez ajustando por prueba y error”. Si bien la opinión del arquitecto no se refiere directamente al tema de los gobernadores regionales, el éxito que atribuye al modelo centralista sugiere que una estructura más descentralizada habría significado un contratiempo.

Como se advierte, los escenarios hipotéticos son completamente disímiles. Pero más allá de ese detalle, me parece que ninguno de ellos se ajusta a las posibilidades que proyecta la normativa que regula el proceso descentralizador chileno. De partida, si actualmente existiese la figura del gobernador regional, este no contaría con ninguna atribución que le permita restringir la libertad ambulatoria de los ciudadanos, como sería, por ejemplo, la declaración de una cuarentena regional. En este sentido, la tesis propuesta por Fernández sería inviable, aplicándose el mismo razonamiento que la contraloría utilizó para zanjar la disputa entre los alcaldes y el gobierno.

Siguiendo esta misma línea argumentativa, tampoco nos habríamos enfrentado a los problemas de Nueva York referidos por Iván Poduje, en donde la falta de unidad de mando impidió tomar a tiempo medidas preventivas. Este segundo supuesto sería improbable aún si tuviésemos gobernadores regionales con mayores competencias en materia de orden público.  Esto debido a que el estado de excepción constitucional -declarado a comienzos de la crisis sanitaria- habría reconducido la unidad de acción en la figura del presidente de la república. En otras palabras, la clave en el éxito de la gestión de la crisis no descansaría en el régimen presidencialista centralista, como afirma Poduje, sino en las herramientas que otorga el estado de excepción constitucional a la máxima autoridad del país, junto a su correcta utilización, por supuesto.

¿Significa esto que el gobernador regional sería una figura decorativa en un contexto como el actual? Claro que no. El gobernador, como órgano ejecutivo del gobierno regional, podría proponer una serie de medidas eficaces para enfrentar la emergencia, tales como: la elaboración de estudios para conocer las condiciones de vida de los habitantes de la región, adquirir insumos con cargo al fondo nacional de desarrollo regional o asociarse con organizaciones privadas para acercar los servicios a la comunidad, por nombrar algunas. A lo anterior, se suma el importante rol que tendría el gobernador una vez que llegue la crisis económica -si es que ya no llegó-, pudiendo formular políticas regionales, medidas de apoyo al emprendimiento y la innovación, establecer prioridades estratégicas, elaborar programas con énfasis en grupos vulnerables y medidas para superar la pobreza, entre otras.

La futura elección de los gobernadores regionales no nos transformará en un Estado federal. Continuaremos siendo un Estado unitario, solo que más descentralizado. En ese contexto, las disputas que vemos en los países federales entre los gobernadores y el presidente -como ha ocurrido en Brasil o Estados Unidos- no son replicables a nuestra realidad.

Es curioso que la pregunta sobre el rol de los gobernadores regionales surja para analizar circunstancias excepcionales, donde justamente se suele resaltar la importancia de contar con un plan nacional. Por lo mismo, es bueno aclarar que la entrada en escena del gobernador regional no sería un obstáculo para enfrentar la pandemia, sino que, al revés, este sería un valioso complemento que aportaría una mirada distinta a la del nivel central, con conocimiento de las particularidades sociales de la zona donde se aplicarán las decisiones y con la ventaja de tener un amplio respaldo ciudadano (al menos en lo que respecta al caudal de votos obtenidos). Sin perjuicio de ello, el impacto de su gestión debiera notarse una vez que volvamos a navegar por aguas tranquilas, ya que es ahí donde se aprecia la verdadera lógica del proceso descentralizador, el cual no pretende innovar en lo extraordinario, sino hacer lo extraordinario en la normalidad.

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