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Publicado el 08 de septiembre, 2018

Mauricio Rojas: Suecia, el fin del idilio

Director de la Cátedra Adam Smith de la UDD y Senior Fellow de la Fundación para el Progreso Mauricio Rojas

Como en muchas otras partes del mundo desarrollado, lo que podemos llamar “cuestiones identitarias” tienden a tomar el rol que antes tenía la economía a la hora de decidir el voto de una gran parte de la población.

Mauricio Rojas Director de la Cátedra Adam Smith de la UDD y Senior Fellow de la Fundación para el Progreso
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Este domingo 9 de septiembre tendrá lugar una elección histórica en Suecia. Todo indica que la socialdemocracia será todavía el partido más grande del país, pero experimentará su peor resultado electoral desde la implantación de la democracia plena hace un siglo. El partido, que probablemente obtendrá en torno al 25% de los sufragios, está muy lejos de los resultados habituales sobre el 40% e incluso el 50% que obtuvo durante casi 60 años consecutivos (1932-1988). Por su parte, los conservadores no logran repuntar y también parecen encaminarse hacia un fracaso electoral de proporciones. Esto reduciría, tal como ocurrió en España y en otros países europeos, la base electoral de los dos grandes partidos tradicionales de un 60% en 2010 a poco más de 40% en las próximas elecciones.

 

Paralelamente, crecen de manera espectacular los Demócratas de Suecia, el partido crítico de la inmigración con claras tendencias nacionalistas y populistas. Es una agrupación que ha duplicado su votación en cada una de las últimas cuatro elecciones, pasando de 0,4% de los sufragios en 1998 al 12,9% en 2014. Ahora, todo indica que estará cerca de o superará el 20%, pasando a ser el segundo partido más votado. Ello coincide con una migración de grandes proporciones; así, la población inmigrante aumentó entre 2000 y 2018 en unas 900 mil personas, llegando a un total de 1,9 millones en un país que apenas supera los 10 millones de habitantes (sumando a los niños nacidos en Suecia de dos padres inmigrantes se llega a cerca de 2,5 millones de personas).

 

La plataforma de los Demócratas de Suecia suma una serie de elementos atractivos fuera de su gran tema, la inmigración. Entre ellos destacan, por una parte, un rasgo fuertemente anti establishment (se presenta como el partido de los de abajo, del pueblo no representado ni escuchado por la élite) y, por otra parte, una propuesta de restaurar el gran proyecto social que llevó a la socialdemocracia al poder a comienzos de la década de 1930: el así llamado “hogar del pueblo” (folkhemmet). Se trata de una comunidad nacional compacta y protectora, basada en una etnicidad compartida, una cultura homogénea y un estado fuerte.

 

Este último aspecto, que está íntimamente relacionado con el tema de la inmigración, la formación de grandes barrios de inmigrantes totalmente segregados y los frecuentes brotes de violencia que se dan en los mismos, es el que le da su gran atractivo a los Demócratas de Suecia y explica sus significativos éxitos entre la población obrera, así como en las ciudades industriales medianas o pequeñas y en el medio semirural. Esta es una de las razones del gran trasvasije de votos desde la socialdemocracia, pero también desde los conservadores, hacia ellos.

 

Los pronósticos también auguran el crecimiento del Partido de Izquierda (el ex Partido Comunista), que probablemente obtendrá algo más del 10% de los votos, llegando incluso a superar su mejor registro histórico (10,3% en 1944) y confirmando una tendencia europea hacia el crecimiento de los extremos políticos y los populismos de izquierda y de derecha, así como el deterioro acelerado de los partidos que sostenían las alianzas y consensos que le dieron gran estabilidad a la política europea durante el medio siglo transcurrido desde el fin de la II Guerra Mundial.

 

En fin, Suecia va hacia tiempos convulsos a pesar de tener una economía vigorosa, con un crecimiento promedio del PIB entre 2015 y 2018 de 3,2%, uno de los más altos de los países desarrollados. Esto es interesante de constatar ya que, como en muchas otras partes del mundo desarrollado, lo que podemos llamar “cuestiones identitarias” tienden a tomar el rol que antes tenía la economía a la hora de decidir el voto de una gran parte de la población. Los problemas que hoy tienden a predominar están relacionados con la cohesión social y el sentido de pertenencia a una comunidad. Se trata, en este sentido, de temas centrales en un mundo cada vez más globalizado y diverso, donde todo parece estar cambiando y la búsqueda de seguridad –económica y, no menos, existencial– se hace para muchos prioritaria.

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