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Publicado el 26 septiembre, 2020

Mauricio Rojas: ¿Qué es la Socialdemocracia?

Profesor-investigador de la Universidad del Desarrollo Mauricio Rojas

La socialdemocracia fue el gran ausente histórico de la política chilena y luego tuvo una cierta presencia, algo subrepticia y avergonzada, en la época de la Concertación para transformarse hoy en una especie de El Dorado de los políticos centristas, tanto de izquierda como de derecha.

Mauricio Rojas Profesor-investigador de la Universidad del Desarrollo
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En Chile abundan los anacronismos políticos, figuras fantasmales que recorren nuestro país buscando, con ropajes criollos, revivir más allá de su tiempo y lugar. El más reciente de estos espectros es el de la socialdemocracia, hoy en pleno retroceso en los países que hace más de un siglo le dieron vida, pero, al parecer, con algún poder de seducción en nuestras latitudes. La socialdemocracia fue el gran ausente histórico de la política chilena y luego tuvo una cierta presencia, algo subrepticia y avergonzada, en la época de la Concertación para transformarse hoy en una especie de El Dorado de los políticos centristas, tanto de izquierda como de derecha. Nadie sabe a ciencia cierta qué quieren decir cuando se ponen el rótulo de socialdemócratas, excepto que quieren más moderación, consensos, mayor igualdad y cohesión social, así como algún tipo de Estado de bienestar. En fin, cosas bastante razonables en un país, como el nuestro, acechado por la polarización, el extremismo y la violencia. Sin embargo, la socialdemocracia es algo mucho más preciso y denso ideológicamente que esa breve lista de buenos deseos. Se trata de un gran proyecto de ingeniería social donde el Estado interviene sistemáticamente moldeando la vida de los ciudadanos a fin de crear una sociedad que se define como más racional, justa y solidaria. La finalidad de este estudio es hacer un aporte a nuestro debate político rastreando las raíces, la evolución y la realización concreta del proyecto socialdemócrata poniendo el foco del análisis en Alemania, cuna y gran referente histórico de la socialdemocracia, y Suecia, país donde alcanzó sus mayores éxitos electorales y que, por ello, pudo formar “a su imagen y semejanza”, transformándose en el arquetipo del Estado socialdemócrata de bienestar.

Auge y declive de la socialdemocracia

La socialdemocracia es, en sentido estricto, un fenómeno político propio de las regiones más industrializadas de Europa Occidental, con especial incidencia en los países que conforman el mundo germano-nórdico. Su historia coincide, en gran medida, con la historia del surgimiento, expansión y declive de la clase obrera industrial en esos países y su momento clave fue la adopción de la vía democrática y reformista al socialismo en respuesta al impulso revolucionario-dictatorial del bolchevismo que llega al poder en Rusia en 1917. Su período estelar se da durante las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, cuando los partidos socialdemócratas alcanzan niveles de votación que bordean o superan el 40% de los sufragios. Sin embargo, hacia fines del siglo XX se inicia un pronunciado retroceso en la medida en que, por una parte, la clase obrera industrial reduce su tamaño tanto relativo como absoluto a consecuencia del paso a la sociedad postindustrial y, por otra, los partidos nacional-populistas de derecha conquistan parte significativa de su electorado tradicional asediado por el triple impacto simultáneo de la automatización, la globalización y la inmigración. Los intentos de renovación socialdemócrata, que mencionaremos brevemente en la parte final de este texto, solo dieron frutos temporales, como la victoria electoral de Gerhard Schröder en Alemania en 1998 o, para tomar el caso cercano del laborismo inglés, el ascenso al poder de Tony Blair en el Reino Unido en 1997.

Esta evolución desde los altos niveles electorales de la posguerra hasta sus modestos niveles actuales se ilustra con ayuda de los dos diagramas siguientes referidos a la socialdemocracia alemana y a la sueca, pero el cuadro no sería muy distinto si mirásemos el desarrollo de, por ejemplo, los partidos socialdemócratas de Austria, Dinamarca o Noruega.

Diagrama 1

Votación de la socialdemocracia alemana (SPD) en las elecciones generales (%)

Diagrama 2

Votación de la socialdemocracia sueca (SAP) en las elecciones generales (%)

La socialdemocracia alemana: del marxismo a la economía social de mercado

Alemania es la cuna histórica de la socialdemocracia. Su fundación se remonta a 1875, año en que se fusiona la Asociación General de Trabajadores de Alemania, partido de orientación reformista fundado por Ferdinand Lasalle en 1863, con el Partido Obrero Socialdemócrata de Alemania, liderado por Wilhelm Liebknecht y de inspiración marxista, fundado en 1868. La historia de la socialdemocracia alemana es, en buena medida, producto de la tensión entre el reformismo de cuño lasalleano y el doctrinarismo revolucionario de origen marxista, la que solo se zanjaría de manera definitiva con el abandono pleno de la herencia marxista en el encuentro del partido celebrado en Bad Godesberg en noviembre de 1959.

Hacia fines del siglo XIX, la hegemonía teórica lograda por las corrientes marxistas sería desafiada por Eduard Bernstein, el gran profeta de aquel reformismo democrático que, al final del día, terminaría siendo el sello distintivo de la socialdemocracia. En su célebre obra de 1899 titulada Las premisas del socialismo y los objetivos de la socialdemocracia cuestionó abiertamente el diagnóstico apocalíptico-revolucionario de Marx, resaltando las posibilidades que se abrían dentro del capitalismo para mejorar las condiciones de vida de los trabajadores mediante luchas sindicales y reformas parlamentarias.

El estallido de la Primera Guerra Mundial, el colapso posterior del régimen monárquico en Alemania y la toma del poder en Rusia por los bolcheviques fueron hechos de decisiva importancia para el desarrollo de la socialdemocracia. Ya en 1914, se escinde una falange radical del partido que, bajo la dirección de Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo, adopta el nombre de Liga Espartaquista. El primero de enero de 1919, en medio de varios intentos fallidos de promover una insurrección de tipo soviético, la Liga se transformaría en el Partido Comunista de Alemania (KPD). Ello daría inicio, siguiendo las instrucciones de la Internacional Comunista dirigida desde Moscú, a un largo período de virulentos enfrentamientos con la socialdemocracia, que sería acusada no solo de reformismo y traición a la causa del proletariado, sino de ser un partido “socialfascista” y el principal enemigo de la revolución. La inquina antisocialdemócrata llegó incluso a motivar la colaboración puntual con los nazis en su afán de desbancar a la socialdemocracia de sus bastiones de poder.

Después de los años de feroz represión bajo el régimen nazi la socialdemocracia se reconstituye en la parte occidental de la Alemania de la posguerra, que en 1949 se transformaría en la República Federal de Alemania. En este contexto, el partido emprendió una veloz marcha hacia una redefinición programática que quedaría plasmada en el Programa de Godesberg de 1959. En ese programa, la socialdemocracia alemana reafirma su vocación democrática, diametralmente opuesta al comunismo y a cualquier otra forma de totalitarismo, y rompe definitivamente con la herencia marxista, declarando que las raíces del “socialismo democrático” se remiten a “la ética cristiana, el humanismo y la filosofía clásica”. De igual o incluso mayor importancia es la aceptación de la economía de mercado como base del progreso y la defensa de la propiedad privada de los medios de producción. Con ello se dejan atrás las propuestas clásicas acerca de la socialización o nacionalización de los medios de producción, así como la supuesta antítesis entre capitalismo y democracia, que eran puntos esenciales de los anteriores programas socialdemócratas.

Esta evolución ideológica sería incomprensible si no se considera la presencia determinante de la democracia cristiana (CDU-CSU) en la Alemania Occidental de la posguerra. Bajo la conducción de Konrad Adenauer y Ludwig Erhard e impulsada por los notables éxitos del “milagro económico” alemán, la democracia cristiana ejerce una hegemonía indisputada durante los primeros quince años de vida de la República Federal. La victoria en las elecciones de 1957 fue especialmente contundente y significativa, alcanzando la mayoría absoluta tanto de los votos (50,2%) como de los integrantes del parlamento federal (Bundestag, 53,4%). Ese fue el impulso definitivo para el cambio programático de la socialdemocracia mediante el cual, de hecho, se adopta la “economía social de mercado” (Soziale Marktwirtschaft), de cuño democratacristiano, como el fundamento de un orden social justo y progresivo. Con ello, la socialdemocracia alemana se encaminaba hacia su período de mayor esplendor, logrando más del 40% de los votos en cuatro elecciones consecutivas entre 1969 y 1980, y gobernando de 1969 a 1982 bajo los liderazgos de Billy Brandt y Helmut Schmidt.

Dos modelos de Estado de bienestar

El desplazamiento ideológico socialdemócrata hacia ideas y principios propios de la democracia cristiana fue el fundamento del largo consenso que consolidaría los grandes éxitos económicos de la Alemania Federal de la posguerra. Sin embargo, el consenso se extendería mucho más allá de la economía, abarcando las bases mismas de la construcción del Estado de bienestar alemán. Este punto es de especial importancia ya que nos permite entender los rasgos esenciales del Estado socialcristiano de bienestar, claramente contrapuestos al diseño socialdemócrata tal como fue desarrollado en plenitud en Escandinavia, donde la socialdemocracia logró una hegemonía absoluta y pudo plasmar sus ideales de manera íntegra.

La matriz del Estado socialcristiano de bienestar, contrastándola con la del socialdemócrata, puede ser resumida con ayuda de los siguientes puntos:

 

Estado socialcristiano de bienestar Estado socialdemócrata de bienestar
1. Subsidiariedad del Estado y protagonismo de los individuos y la sociedad civil 1. Protagonismo del Estado y subordinación de los individuos y la sociedad civil
2. Responsabilidad y autonomía individual como norte de la política social 2. Responsabilidad colectiva y fomento de la dependencia hacia el Estado
3. Iniciativa privada y economía de mercado como fuente del bienestar social 3. Incremento de la presencia del Estado y los monopolios públicos
4. Pro familia mediante fuertes incentivos tributarios y otros como la extensión de los seguros sociales a toda la familia 4. Anti familia, individualizando la tributación y buscando sustituir sus funciones por intervenciones estatales
5. Pro diversidad, fomentando la participación de una diversidad de actores autónomos de la sociedad civil en la implementación de la política social 5. Pro homogeneidad mediante el monopolio de la implementación de las políticas sociales por instituciones estatales altamente estandarizadas
6. Seguros sociales vinculados al trabajo 6. Prestaciones universalizadas

 

Para impulsores del proyecto democratacristiano como Ludwig Erhard, su modelo de Estado social, como se lo denomina en la Constitución alemana de 1949 siguiendo la tradición de “socialismo de Estado” iniciada por Bismarck hacia fines del siglo XIX, era radicalmente opuesto al Estado de bienestar de tipo socialdemócrata, al que consideraban, premonitoriamente, como el camino seguro hacia el colectivismo, la falta de responsabilidad individual, la destrucción de la familia, el dominio del Estado sobre la sociedad, la parálisis económica, los problemas fiscales y, como consecuencia de ello, la inseguridad generalizada.

Suecia como paradigma socialdemócrata

Los mayores triunfos de la socialdemocracia no serían alcanzados en su país natal, Alemania, sino en los países nórdicos. El más exitoso de todos los partidos socialdemócratas será, por lejos, el Partido Socialdemócrata de Suecia (Sveriges socialdemokratiska arbetareparti, SAP), que obtiene más del 40% de los sufragios en cada elección general realizada entre 1932 y 1988, gobernando de manera continua desde 1932 hasta 1976. Esta extraordinaria continuidad, que no conoce paralelos en ninguna otra democracia, será luego complementada por dos nuevos períodos de gobierno, sumando, hasta hoy, 27 años más al mando de Suecia. Además, la fuerza electoral de la socialdemocracia se verá reforzada de manera decisiva por un amplio movimiento sindical adscrito colectivamente al partido y una extensa red de organizaciones adscritas o dependientes del partido. Se trata, por tanto, de una situación única de poder en un país altamente industrializado que no sufrió la devastación de la Segunda Guerra Mundial, lo que permitió transformar a Suecia en el gran laboratorio de la política socialdemócrata.

El Partido Socialdemócrata de Suecia, que ya en 1917 se transformó en la primera fuerza electoral de Suecia (posición que mantiene hasta hoy), nació hacia finales del siglo XIX bajo la influencia de la socialdemocracia alemana y sus primeros programas fueron simplemente traducciones de los programas alemanes de Gotha (1875) y Erfurt (1891). Sin embargo, su retórica de corte marxista-revolucionario pronto se vería corregida por una praxis reformista arraigada en la tradición de compromisos y búsqueda del consenso propia de la historia sueca. Un paso decisivo en la evolución del partido se dio el año 1917, cuando la mayoría de éste se resistió a seguir el impulso revolucionario proveniente del bolchevismo ruso, confirmando el camino reformista, democrático y pacífico que se había venido siguiendo ya desde antes. Un segundo paso de gran importancia fue la actitud responsable y conciliadora adoptada al entrar, por primera vez, a formar gobierno hacia fines de 1917. En este contexto, fue clave la voluntad de no atizar la agitación revolucionaria de la época ni aprovechar la situación para poner en cuestión la existencia de la monarquía.

A pesar de lo anterior, la orientación definitiva de la socialdemocracia sueca aún estaba por resolverse y diversas falanges luchaban por determinar el rumbo a seguir en el seno de un partido que todavía seguía siendo fiel a la retórica de la lucha de clases y cuyo objetivo estratégico era la socialización de los medios de producción y la superación del capitalismo. La resolución de este dilema está asociada a la figura más prominente de todos los líderes socialdemócratas suecos, Per Albin Hansson, quien asume la jefatura del partido en 1925 y será primer ministro de Suecia, exceptuando algunos meses, desde septiembre de 1932 hasta su muerte en octubre de 1946.

Ante todo, había que disciplinar al partido y al movimiento sindical, eliminando la influencia de sus sectores más radicales y combatiendo sin tregua a los comunistas: “Debemos enfrentarlos por doquier, atacar sus actividades implacablemente, reducirlos a la insignificancia”, exigía Per Albin Hansson en 1929. Por otra parte, había que dejar de lado la retórica de la lucha de clases y las propuestas de socialización de la economía para, en su lugar, formular un proyecto inclusivo de país, que abarcase a todos los sectores sociales y no propiciase un cambio radical de sistema económico. Folkhemmet (“el hogar del pueblo”) fue la metáfora que Hansson eligió para trasmitir el nuevo proyecto socialdemócrata.

Estas ideas formarán la base, desde 1932 en adelante, del largo desempeño de Per Albin Hansson como primer ministro de Suecia. Inicialmente, el gobierno socialdemócrata fue muy cuidadoso en sus medidas, buscando afianzar su hegemonía mediante una serie de trascendentales acuerdos con los campesinos y los empresarios. La superación del fuerte impacto de la crisis económica internacional iniciada en 1929 fue rápida y vigorosa, creando así las condiciones propicias para nuevas victorias electorales. Bajo estas circunstancias, los líderes intelectuales del partido comienzan a diseñar el programa que en adelante inspirará el accionar de la socialdemocracia.

Se trata de un gran proyecto de ingeniería social, destinado a crear una sociedad basada en lo que se suponía eran las mejores soluciones técnicas para las necesidades de los ciudadanos. La finalidad era construir una sociedad racional, donde los ciudadanos fuesen ayudados por el Estado a vivir mejores vidas que aquellas que ellos mismos, basados en sus recursos y conocimientos limitados, podían llegar a vivir. Esta fue la gran utopía que orienta el consenso de la época de la hegemonía socialdemócrata y su potencia fue tal que prácticamente todas las fuerzas políticas del país la hicieron suya, reduciéndose la política a una discusión cada vez más técnica acerca de las mejores formas de conseguir objetivos compartidos.

La idea rectora de este gran proyecto era “arreglarle la vida” a la gente mediante intervenciones bienhechoras de expertos en diversas materias. Esta expresión, que tan bien caracteriza las ambiciones del gran proyecto socialdemócrata, sirve de título a la obra clásica sobre el tema, Att lägga livet till rätta, que la historiadora Yvonne Hirdman publicó en 1995. En ella se estudian los proyectos políticos de intervención en la cotidianeidad de la vida de los ciudadanos -sus formas de organizar sus hogares, cuidar sus cuerpos, comer, relacionarse con sus hijos e incluso hacer el amor- a fin de “arreglarles sus vidas”, es decir, acercarlas a un ideal racional definido por la tecnoburocracia estatal.

Al respecto, Hirdman cita el informe de la comisión de 1936 sobre la creación de una “moral sexual estatal” basada, para decirlo con las palabras del informe, en “una revisión racionalista de las actitudes en cuestiones sexuales”. La motivación de ello es contundente: “los cambios bajo consideración de la vida sexual de los individuos no son una cuestión privada, ya que la sociedad no puede mirar con indiferencia lo que ocurre en este terreno”. Esta misma ambición de arreglarle la vida a la gente e incluso la de crear un tipo humano superior es destacada por Jonas Frykman, uno de los más prestigiosos etnólogos suecos, de la siguiente manera:

“Eran los tiempos dorados de la creencia en que un gobierno poderoso y autónomo estaba en condiciones de dirigir la economía del país, administrar a su gente y confiar en que los científicos proveerían los fundamentos del programa de reformas (…) El ‘hombre nuevo’ del que ahora se habla sería formado de acuerdo con metas científicas en la escuela reformada, aprendería a organizar su vida familiar de manera simple y práctica, y sería instruido acerca de cómo cuidar su cuerpo.”

Así se llegó a elaborar, especialmente por la poderosa Dirección de Asuntos Sociales, una amplia gama de mecanismos de intervención y recomendaciones, mediante los cuales el pueblo sueco sería puesto a la altura de la utopía de la sociedad racional. Sin embargo, y esto es clave para no malinterpretar lo que estaba ocurriendo, las ambiciones estatales fueron seguidas con entusiasmo por una población ansiosa de modernidad y progreso, que en su abrumadora mayoría vio las intervenciones del Estado como una forma natural de promover metas compartidas.

En este contexto no puede dejar de mencionarse el aspecto sin duda más siniestro de esta voluntad de arreglarle la vida a la gente: la intervención en la reproducción misma, implementando el programa más dilatado que haya existido de esterilización forzosa de mujeres consideradas como inadecuadas para ser madres. De esta manera, más de 60 mil mujeres fueron esterilizadas entre 1935 y 1975. Entre los motivos más comunes dados por los expertos estatales para justificar la esterilización se encuentran los siguientes: “débil mental”, “imbécil”, “floja”, “de inclinación asocial”, “mezclada racialmente”, “de sangre gitana”. Así, la ingeniería social derivaba en ingeniería genética, siguiendo una lamentable línea de desarrollo iniciada ya en 1922 con la creación del Instituto Estatal de Biología Racial en la ciudad de Uppsala.

La materialización de la utopía socialdemócrata en la que el Estado corrige y guía la vida de los ciudadanos exigía una socialización creciente de los ingresos, vía impuestos, y del consumo, lo que vino a reemplazar la vieja propuesta marxista de socialización de los medios de producción. Esto fue planteado, con total franqueza, en un célebre libro de 1934 escrito por los futuros ministros socialdemócratas y ganadores del Premio Nobel (de la paz y en economía respectivamente), Alva y Gunnar Myrdal:

“La política social no solo brinda una herramienta para lograr una nivelación radical de los ingresos que sea más acorde con las verdaderas necesidades sociales. El objetivo de nivelar los ingresos no es, en realidad, más que su subproducto. La tarea más importante de la política social y su fin inmediato es organizar y dirigir el consumo nacional siguiendo líneas distintas de aquellas que surgirían de la así llamada libertad de elección de los consumidores (…) Y esto va a ser aún más importante en la medida en que aumente el estándar de vida, ya que con ello crecen las posibilidades de elección de los individuos en cuanto se refiere al uso de sus ingresos. En el futuro, lo que los individuos hagan con su dinero no va a ser socialmente indiferente, es decir, qué estándar de vivienda tengan, qué tipo de alimentación y ropa compren y, sobre todo, en qué medida se satisfaga el consumo de los niños. La tendencia va a apuntar, de todas maneras, hacia una organización y control político-social crecientes no solo de la distribución del ingreso, sino también de la orientación del consumo dentro de las familias.”

En este mismo libro, estos destacados intelectuales socialdemócratas también plantean, fuera de pregonar una “política social profiláctica” (lo que incluía la “higiene racial” y la esterilización forzosa), la temprana entrega de los niños al cuidado del Estado para “liberarlos” de la influencia de la familia, en cuyo seno la “situación pedagógica” es definida como prácticamente “patológica”. Por ello se requería, a juicio de los autores, una “operación radical”: solo a través de una “colectivización del cuidado y educación de los niños” se podría llegar a combatir con efectividad “el individualismo asocial y neurótico que, lamentablemente, caracteriza nuestra generación en tan alto grado”.

Hacia el colapso del modelo socialdemócrata sueco

Los años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial son habitualmente denominados en Suecia como “el tiempo de la cosecha” (skördetiden). Con una industria intacta, gracias a la neutralidad mantenida durante la guerra, en una Europa devastada por el conflicto bélico, Suecia pudo iniciar una larga fase de rápido crecimiento, pleno empleo y modernización. Así, en 1965 el país llegaría a ser uno de más prósperos del mundo en términos de ingreso per cápita. Para su pueblo ello representó la entrada masiva en la sociedad de consumo y para sus gobernantes la posibilidad de realizar, en un ambiente de extraordinario consenso, aquellos sueños de la sociedad racional y planificada que habían sido esbozados en la década de los 30.

Yvonne Hirdman resume de la siguiente manera los fundamentos de la extraordinaria “expansión política” de los años 40 y siguientes:

“La grandiosidad de las ideas planificadoras no era menor ahora que en la década de los 30. Lo que ocurrió es que las ideas de la sociedad científicamente planificada y del ser humano científicamente planificado pasaron ahora a formar parte del sentido común sobre la forma correcta de hacer política. La ingeniería social se difundió así desde la vanguardia a la gran masa de los políticos y pensadores sociales.”

La consecuencia más significativa de estas ideas será una expansión de las atribuciones y el tamaño del Estado que llegará a desbordar todo lo anteriormente conocido. El Estado de bienestar, que había comenzado modestamente en los años 30 tratando de asegurar un mínimo de bienestar para todos, se convirtió en una gran máquina de repartir subsidios y monopolizar áreas cada vez más amplias de la economía y la vida social suecas, como la infraestructura, los transportes y las comunicaciones, los medios audiovisuales, la educación, la provisión de servicios de salud y de cuidados. Sin embargo, en este impulso cada vez más desmedido estaba también la semilla de la crisis que estallaría algunos decenios más tarde, validando de una manera contundente las sombrías predicciones sobre el futuro del Estado de bienestar hechas por Ludwig Erhard en los años 50. El gasto fiscal, los impuestos y el empleo público crecieron hasta hacerse insostenibles, para finalmente desmoronarse a comienzos de los años 90 cuando el gasto fiscal llegó a rozar el 70% del PIB, el desempleo superó el 13%, el déficit público alcanzó el 11% del PIB y el Banco Central (Riksbanken) se vio forzado a elevar la tasa de interés al 500%. El país modelo de la socialdemocracia se había transformado, como alguien lo dijo por entonces, en un país bananero en caída libre.

Sin embargo, no fueron solo los excesos económicos los que pusieron fin al modelo clásico del Estado de bienestar socialdemócrata. La ciudadanía comenzó a resentir de manera creciente la presencia ahogante de un Estado que se metía hasta en los rincones más privados de su vida y que tenía un poder decisivo, a través de los altísimos impuestos, los subsidios y sus amplios monopolios, sobre un gran número de decisiones vitales. La libertad de elección ciudadana se había reducido, en la práctica, a la nada en lo referente a los servicios fundamentales del bienestar, como la educación, la salud o los cuidados de niños y ancianos. El ciudadano se había transformado así en un súbdito de un Estado todopoderoso. Por ello, en las elecciones de 1991 la votación de la socialdemocracia cayó por primera vez desde las elecciones de 1932 por debajo del 40% y fue derrotada por una coalición de centroderecha encabezada por Carl Bildt, joven líder del Partido Conservador (o “Moderado”, como reza su denominación), que fue a las elecciones bajo el lema de “Revolución de la libertad de elección” (Valfrihetsrevolutionen).

La renovación fallida de la socialdemocracia

Los años 80 y 90 fueron años difíciles para la socialdemocracia y otros partidos cercanos, como el laborismo británico. En Suecia se desmoronaba el modelo socialdemócrata por excelencia, mientras que en Alemania el canciller democratacristiano Helmut Kohl (1982-1998) dominaba el escenario político de la misma contundente manera que la primera ministro conservadora Margaret Thatcher (1979-1990) y su sucesor, John Major (1990-1997), lo hacían en Gran Bretaña. En este contexto se realizó una serie de interesantes intentos de renovar la socialdemocracia que si bien no dieron fruto en el largo plazo sí fueron clarificadores sobre los problemas del paradigma socialdemócrata.

El más interesante, pero también el más silencioso en plena concordancia con el carácter tan poco estridente del país, fue el realizado en Suecia con la finalidad de rescatar el Estado de bienestar de su espectacular colapso de comienzos de los 90. Se trata de una evolución pragmática de la socialdemocracia que va dejando de lado sus planteamientos tradicionales y aceptando ideas y propuestas de corte más liberal introducidas inicialmente por el gobierno de centroderecha encabezado por Carl Bildt (1991-1994) y mantenidas o incluso profundizadas por los gobiernos socialdemócratas posteriores (1994-2006 y 2014 hasta el presente).

El norte de la reorientación socialdemócrata fue doble. Por una parte, darle sostenibilidad al Estado de bienestar mediante una reducción significativa de sus excesos de gasto, particularmente en lo referente a las transferencias a las familias, los desempleados, los enfermos y los pensionados, que fueron recortadas de manera muy sensible. Esta tarea, dolorosa pero imprescindible, fue emprendida por la socialdemocracia con una determinación férrea, en especial bajo la conducción de Göran Persson, primero como ministro de Hacienda (1994-1996) y luego como primer ministro (1996-2006). El resultado fue una reducción del gasto público en más de 15 puntos porcentuales del PIB entre 1994 y 2006, magnitud sin paralelo alguno en los programas de austeridad de otros países. Ello, junto a otras medidas y una cierta recuperación económica, permitió transformar, en cinco años, un déficit fiscal equivalente al 11,2% del PIB en un superávit que el año 2000 llegaría al 3,7% del PIB.

Sin embargo, el cambio más trascendental en la orientación socialdemócrata fue el referido a los principios fundamentales del Estado de bienestar. Se abandonó el estatismo paternalista y expansivo del pasado para reestructurar el Estado de bienestar en base a la plena aceptación del principio de libertad de elección ciudadana y el fin de los monopolios públicos en terrenos tan diversos como el correo, los ferrocarriles, los medios audiovisuales, las farmacias, las telecomunicaciones y la energía, incluyendo también, y esto fue lo más novedoso y decisivo, la desmonopolización de la provisión de los servicios del bienestar financiados total o parcialmente con fondos fiscales como, entre otros, los de salud, educación, asistencia a las personas con alguna discapacidad y el cuidado de niños y ancianos.

El ejemplo más paradigmático de estos cambios fue el de los váuchers para la educación básica y secundaria, introducidos en 1992 y 1993 respectivamente, con sistemas similares implantados luego en otras áreas de servicios del bienestar, asegurando así la plena libertad de elección de los usuarios. En paralelo, y para que esta libertad de elección no fuese ilusoria, se estableció la libertad de empresa y competencia en la provisión de todos esos servicios. De esa manera se empoderó al ciudadano y, simultáneamente, se le abrieron las puertas a una amplia colaboración público-privada con participación tanto de organizaciones de la sociedad civil como de empresas con fines de lucro.

En términos conceptuales se trató del paso de un Estado de bienestar que decidía y producía todo lo relativo a los servicios del bienestar financiados públicamente, a uno que garantiza, mediante un subsidio a la demanda, el acceso universal a esos servicios, pero sin monopolizar su prestación ni quitarles a los ciudadanos el poder de decidir quién debe proveerlos. Esto es lo que he descrito en algunos de mis libros como el paso del Estado benefactor al Estado posibilitador o solidario (Rojas 2005 y 2014). Fue, en suma, una verdadera “revolución silenciosa”, como la denominó Duncan Currie en un artículo publicado en 2010, que alejó radicalmente el Estado de bienestar sueco de su matriz socialdemócrata de corte estatista y monopolista, transformándolo en lo que tal vez podríamos llamar Estado liberal de bienestar.

Sin embargo, ni este espíritu renovador ni los buenos resultados obtenidos en términos de dinamismo económico y crecimiento le han permitido a la socialdemocracia revertir su fuerte caída tendencial en el electorado sueco. De hecho, el porcentaje de sufragios obtenido en la elección de 2018 es el más bajo que el partido ha registrado desde 1911, es decir, desde la implantación del sufragio universal masculino. Lo mismo ha ocurrido con otros intentos de renovación socialdemócrata, como el emprendido en Alemania por Gerhard Schröder en los años 90 o, ampliando la mirada, aquel llevado a cabo por Tony Blair en el Partido Laborista británico en esa misma década. Ambos intentos reportaron remontadas iniciales, pero luego se apagaron dejando en su estela partidos profundamente desorientados, divididos y faltos tanto de relato como de propuestas convincentes frente a los desafíos del mundo contemporáneo.

En el fondo, lo que ha ido quedando en claro es que es el proyecto socialdemócrata en sí mismo el que ha perdido relevancia y que en sus intentos de renovarse no ha hecho sino perder tanto su alma como sus electores. Se trata, con otras palabras, de un fenómeno cada vez más anacrónico, deslavado y confuso que se empecina en sobrevivir a las condiciones económicas y sociales que alguna vez le dieron sentido y una fuerza que muchas veces llegó a ser arrolladora.

Palabras finales

El recorrido que hemos realizado por la historia de la socialdemocracia en su país de origen, Alemania, y en el que logró plasmar plenamente su ideario, Suecia, nos muestra el auge y declive de un proyecto político que, si bien se apegó a la democracia y abandonó la idea socialista clásica sobre la superación del sistema capitalista, no por ello dejó de tener una gran densidad ideológica y aspiraciones transformadoras de gran calado. La expansión del Estado y su primacía sobre la sociedad, así como la socialización del consumo en vez de la de los medios de producción fue su norte. La creación de un Estado de bienestar omnipresente que monopolizaba muchas de las funciones sociales tradicionalmente desempeñadas por la familia y la sociedad civil fue la concreción de su gran proyecto socializador y pedagógico, mediante el cual se intentó transformar la vida de los individuos desde la cuna hasta la tumba. Se trata, en resumen, de un proyecto político que solo por ignorancia o superficialidad puede ser reducido a una breve lista de buenos deseos que fácilmente pueden ser compartidos, dejando de lado a los extremistas, por moros y cristianos.

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