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Publicado el 22 de enero, 2019

Mauricio Rojas: Podemos: Entre el nacional-populismo de Errejón y el izquierdismo radical de Iglesias

Director de la Cátedra Adam Smith de la UDD y Senior Fellow de la Fundación para el Progreso Mauricio Rojas
Conocer más a fondo los entretelones del conflicto entre Pablo Iglesias e Íñigo Errejón -fundadores y líderes del Podemos español- nos da buenas pistas sobre lo que, con toda probabilidad, también terminará ocurriéndole al Frente Amplio.
Mauricio Rojas Director de la Cátedra Adam Smith de la UDD y Senior Fellow de la Fundación para el Progreso
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Dos de las estrellas españolas que han iluminado el firmamento del Frente Amplio se han separado. La ruptura entre Pablo Iglesias e Íñigo Errejón, más allá de los entretelones escabrosos propios de todo divorcio, no es, sin embargo, nada sorprendente. Refleja proyectos políticos divergentes que han escindido y seguirán escindiendo aquel mundo de sensibilidades que, por un tiempo, aglutinó Podemos y que en Chile todavía sigue aglutinando el Frente Amplio. Por ello, conocer más a fondo los entretelones del conflicto entre Iglesias y Errejón nos da buenas pistas sobre lo que, con toda probabilidad, también terminará ocurriéndole al Frente Amplio.

Para entender las claves de la ruptura entre los fundadores y figuras más destacadas de Podemos me remito a uno de los momentos decisivos de la vida de Podemos, el Congreso de Vistalegre II de febrero de 2017. El vencedor en ese contexto fue Pablo Iglesias, pero lo que parecía ser un final de opereta de las luchas internas no era más que un capítulo de un conflicto ideológico dentro de la izquierda radical que hoy aflora con toda su fuerza y que pronto –si Podemos se atreve a desafiar a Errejón como candidato de Más Madrid a la Presidencia de la Comunidad de Madrid– será puesta a prueba entre sus electores.

Íñigo Errejón, que tal vez ha sido el intelectual más sofisticado que tuvo la formación morada, propuso entonces, sin ambages, asumir “un populismo abierto y democrático”, que él contrapuso a lo que llamó “un populismo reaccionario”. A su juicio, entre ambos populismos existe una gran cercanía, tanto respecto del espacio político que transitan como de su público, pero también fines antagónicos: “son discursos que transitan lugares parecidos para llegar al lugar contrario”, nos decía en una extensa entrevista publicada el 23 de diciembre de 2016 en lamarea.com (de donde provienen las citas de este párrafo). Lo que para Errejón estaba en juego en esta lucha entre populismos era nada menos que el sentido de la patria y el pueblo. De una forma algo profética nos dice que el que se apropie de esos conceptos vitales y les dé un determinado contenido, ganará la partida por el futuro de Europa: “La batalla política fundamental en Europa va a ser quién construye el pueblo (…) Lo podemos construir nosotros, los sectores transformadores, o los reaccionarios, pero creo que esa será la batalla fundamental”.

Lo mismo respecto de “la patria”, concepto clave que engloba el sentimiento de comunidad nacional y que, según Errejón, ha sido el punto ciego de la visión tradicional de la izquierda: “De la pertenencia nacional nosotros nos hemos apartado porque nos parecía un arcaicismo o porque nos parecía esencialmente reaccionaria. Claro, eso le ha dejado todo el campo libre a fuerzas reaccionarias”. Por ello hay que reivindicar abiertamente la patria y ganarla para un proyecto popular de izquierda: “Hay quienes reivindicamos la patria para reivindicarla contra los banqueros y no contra los negros”, dice Errejón “muy a lo bruto”, como él mismo reconoce.

Esta visión quedó plasmada en el documento de Errejón ante Vistalegre II (Desplegar las velas), especialmente en dos puntos clave de lo que era su estrategia para hacer de Podemos un partido capaz de “hacer patria” con voluntad mayoritaria y de gobierno. Para ello se debe:

  1. “recuperar un discurso transversal que deje atrás las etiquetas izquierda/derecha no por renuncia alguna, sino porque asume que la unidad del pueblo es más ambiciosa, radical y transformadora que la unidad de las izquierdas: por supuesto cabe la izquierda tradicional, pero va más allá;” y
  2. “recuperar la capacidad de interpelar y seducir a los sectores más diversos: no podemos ser de facto una fuerza política que atraviesa pertenencias sociales, geográficas y de edad, que voluntariamente se encierre sólo en hablarle a los sectores más golpeados sino que necesitamos recuperar la línea propia de una fuerza patriótica popular, que le hable a la gente sin preguntarle de dónde viene.”

Es decir, como él mismo especifica, “a la fuerza de los de arriba no se le puede oponer la izquierda, sino la mayoría heterogénea y mestiza de los de abajo”, y para ello los sectores medios son, a su parecer, decisivos, ya que su “incorporación al campo del cambio político es condición sine qua non para su triunfo”.

Esta visión, altamente heterodoxa –de hecho herética– dentro del pensamiento de la izquierda radical neomarxista, es la que sustentó las propuestas “errejonistas” de construir un Podemos más amplio y más suave, por así decirlo, que abandone “la lógica del ‘golpe de efecto’” y deje de jugar a ser “los enfants terribles de la política española” para abocarse a proponer las seguridades y certidumbres de un nuevo orden posible.

La visión nacional-populista de Errejón se estrelló en Vistalegre II con la de Iglesias y los Anticapitalistas, de corte más tradicional, de izquierda dura, que sigue la estrategia del outsider confrontacional.

Esta es, en su esencia, la visión estratégica errejonista que, fracasada dentro de Podemos, busca ahora un camino propio de realización a través de Más Madrid.

Lo que según Errejón lo lleva en este momento a optar por una alternativa rupturista con Podemos son los resultados de la elección de diciembre recién pasado en Andalucía o, en otras palabras, la irrupción desequilibrante de la formación de derecha radical Vox, es decir, de una alternativa nacionalista radical que entra en la disputa que Errejón ya auguraba a fines de 2016 –“la batalla política fundamental”, como la llamó entonces– por la construcción simbólica del pueblo y la patria: “Yo he asumido cosas muy graves en Podemos. Las asumí todas en silencio. Hay un hecho decisivo que me lleva a moverme: Andalucía”, decía recientemente Errejón en una entrevista en el programa de televisión La Sexta Noche.

La visión nacional-populista de Errejón se estrelló en Vistalegre II con la de Iglesias y los Anticapitalistas, de corte más tradicional, de izquierda dura, que sigue la estrategia del outsider confrontacional. Tal como dijo Iglesias al cerrar la Universidad de Podemos celebrada en septiembre de 2016: “Lo que funciona en Europa son los discursos beligerantes y destituyentes. Los que suenan hard, duros.”

Esta perspectiva se plasmó en el documento de Iglesias ante Vistalegre II (Plan 2020) que no es más que una suma, sin originalidad alguna, de los lugares comunes de la retórica tradicional del populismo izquierdista podemita. Su estrategia inmediata era no moverse de la zona de confort, consolidando posiciones a la espera de tiempos mejores. La suya era una estrategia que recuerda la de Mao en China: consolidar las “zonas liberadas” (“los ayuntamientos del cambio”, donde gobierna Podemos o sus afines) e ir creando, a partir de ellas, un institucionalidad paralela mediante “una red de contrapoderes”, basada en la cual poder resistir el “embate restaurador” hasta que pase el invierno de la reacción. Esta sería la forma de mantener con vida el “impulso constituyente”, es decir, refundacional, que vendría del así llamado 15M, movimiento que en mayo de 2011 conmocionó la política española. Podemos aspiraría, en esta perspectiva defensiva, a ser una especie de fantasma que invita a no resignarse ante el “cementerio social” que estaría imponiendo “el bloque de la restauración”. Este sería, en el lenguaje de serie televisiva que a menudo utiliza Iglesias, “el efecto poltergeist”, la resistencia fantasmal que no dejaría en paz al “bloque del miedo” hasta que, es de imaginar, los muertos se levantasen de sus tumbas y exclamasen “¡Podemos!”.

Pablo Iglesias es mucho menos visionario pero mucho más coherente con lo que Podemos ha sido y, con toda seguridad, seguirá siendo

Esta es, más allá de las luchas personalistas y los entretelones escabrosos, la disyuntiva estratégica que hoy aflora como una ruptura de Errejón con Podemos y su desafío electoral a la formación morada. Errejón ha tenido en su contra la novedad y heterodoxia de unos planteamientos demasiado blasfemos para ser asumidos por la mayoría de los cuadros y la feligresía de Podemos. El infantilismo guerrero de Iglesias les remueve con fuerza sus instintos “beligerantes y destituyentes”, que son el componente esencial del ADN de Podemos y su espíritu contestatario, que vive más de ser anti algo que pro algo.

Además, el proyecto de Errejón no por ser innovador y audaz deja de ser absolutamente incoherente. Sus propuestas concretas, en especial aquellas de carácter económico y social, siguen siendo las propias de aquel imaginario populista que poco o nada entiende acerca de cómo se genera la riqueza y que parece asumir la existencia de un cuerno de la abundancia del cual sacar, como un mago de su chistera, los recursos prácticamente infinitos que su demagogia presupone.

En este sentido, Íñigo Errejón nunca ha sacado la conclusión más elemental de sus propias propuestas: que sin un cambio profundo de sus planteamientos que realmente lo acerque al mundo del trabajo, el emprendimiento y el esfuerzo donde realmente vive la gran mayoría de la gente, jamás podrá conquistar esa mayoría nacional con la que sueña. En otras palabras, para llegar a ser el Alexis Tsipras de la izquierda radical española le falta mucho por andar. Por su parte, Pablo Iglesias es mucho menos visionario pero mucho más coherente con lo que Podemos ha sido y, con toda seguridad, seguirá siendo: el partido de la protesta y de los sueños, que cree, parafraseando a Calderón de la Barca, que la vida es un frenesí, una ilusión, una sombra, una ficción, y que no entiende que los sueños, sueños son.

 

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