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Publicado el 29 de mayo, 2019

Mauricio Rojas: Hitler: Mito y realidad

Director de la Cátedra Adam Smith de la UDD y Senior Fellow de la Fundación para el Progreso Mauricio Rojas

En el último tiempo se ha cuestionado, de manera convincente, uno de los lugares comunes de los recuentos biográficos acerca de la formación del líder del Partido Nazi: que fue durante sus años tempranos en Viena (1907-1913) que Hitler formó sus ideas racistas, antisemitas y nacionalsocialistas. Evidencia relativamente nueva demuestra que esa concepción del mundo la maduró, en realidad, durante los casi nueve meses que pasó en la cárcel de Landsberg, como consecuencia del fallido golpe de Estado que dio en Múnich en noviembre de 1923.

Mauricio Rojas Director de la Cátedra Adam Smith de la UDD y Senior Fellow de la Fundación para el Progreso
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Ningún personaje del siglo XX ha recibido tanta atención como Adolf Hitler (1889-1945). Las interpretaciones sobre su carácter, su formación y sus ideas son interminables, como bien lo muestra la extraordinaria obra de Ron Rosenbaum Explaining Hitler: The Search for the Origins of His Evil (publicada en español con el título Explicar a Hitler: Los orígenes de su maldad). Recientemente han aparecido algunas importantes obras que cuestionan, de manera convincente, uno de los lugares comunes de los recuentos biográficos acerca de la formación del líder del Partido Nazi: que fue durante sus años tempranos en Viena (1907-1913) que Hitler formó su concepción del mundo, es decir, aquellas ideas-fuerza que de allí en adelante guiarían su pensamiento y acción.

Después de leer Becoming Hitler: The Making of a Nazi del profesor de la Universidad de Aberdeen Thomas Weber (publicado en español en 2018 bajo el título De Adolf a Hitler: La construcción de un nazi) y Hitler’s München del historiador de las ideas sueco Svante Nordin (El Múnich de Hitler apareció en sueco en febrero de 2018 y no ha sido traducido al español), surge una visión muy distinta del proceso formativo del futuro Führer alemán. Esta reinterpretación de la evolución de sus ideas tiene amplias consecuencias para entender a Hitler y, en especial, la génesis de su antisemitismo y antimarxismo.

Lo que surge de estas lecturas es un ser profundamente maleable, que vive en Múnich un momento crucial de su vida –la experiencia del régimen socialista producto del golpe de Estado del 7 de noviembre de 1918 y la posterior instauración de la República Soviética de Baviera en abril de 1919–, permaneciendo fiel a los gobiernos de izquierda para luego, bajo el impacto de la derrota de las intentonas revolucionarias, transformarse en el gran agitador anticapitalista, antisemita y antibolchevique que pronto descollaría como el tribuno más destacado de la derecha nacionalista radical.

El mito que Hitler construyó sobre sí mismo

La historiografía tradicional sobre el desarrollo del pensamiento político de Hitler –representada por autores como Allan Bullock, William Shirer, John Tolland, Joachim Fest, Brigitte Hamann y, aunque de manera más matizada, Ian Kershaw– fue, sorprendentemente, víctima de la visión que el mismo Hitler dio de su evolución en Mi lucha.

Los pasajes decisivos, a menudo citados por los autores recién referidos, provienen del capítulo II del tomo I de Mein Kampf (1925) y se refieren a la supuesta influencia clave de los años vividos en Viena: “En aquella época debí también abrir los ojos frente a dos peligros que antes apenas conocía, y que nunca pude pensar que llegasen a tener tan espeluznante trascendencia para la vida del pueblo alemán: el marxismo y el judaísmo (…) En aquellos tiempos se formó en mí una imagen del mundo y una cosmovisión (ein Weltbild und eine Weltanschauung), que se convirtió en el fundamento granítico de mi proceder actual. A mis experiencias y conocimientos adquiridos entonces, poco tuve que añadir después; no hizo falta modificar nada. Por el contrario.

Esta idea de un “fundamento granítico” (“granitenen Fundament”) inmutable formado en Viena tiene una función determinante en la reconstrucción que Hitler hace de su biografía política: probar que ya desde su primera juventud, en aquellos duros años en que llegó a vivir como un miserable vagabundo en la capital del Imperio Austro-Húngaro, se hizo antimarxista y antijudío, entendiendo que el marxismo no era más que la herramienta de los judíos para destruir los Estados nacionales.

En Mi lucha, después de reconocer una cierta atracción lejana hacia el partido que “en aquel momento representaba al marxismo”, la socialdemocracia (“la actividad de la socialdemocracia me resultaba interesante”, nos dice), se explaya así: “Fue durante mi trabajo en la construcción cuando tuve el primer contacto con elementos socialdemócratas. Ya desde un comienzo no me resultó nada agradable (…) Me propusieron que ingresase en la organización sindical (…) Cuando me dijeron que debía afiliarme, rechacé de pleno la proposición alegando que no tenía idea de qué se trataba, y que por principio no me dejaba imponer nada. Tal vez fuese por la primera razón aludida por la que no me pusieron inmediatamente en la calle. Quizás esperaban que en algunos días me convertiría, o que por lo menos, sería más dócil. Estaban completamente equivocados. Tras dos semanas, y aunque en un principio estuve dispuesto a afiliarme, fui incapaz de ello. En el curso de las dos semanas siguientes alcancé a empaparme mejor del ambiente, de tal forma que ningún poder en el mundo me hubiese compelido a ingresar en una organización sindical sobre cuyos dirigentes había llegado a formarme entretanto el más desfavorable concepto.

Y luego continúa sus comentarios diciendo: “Al principio traté de callar, pero finalmente me resultó imposible. Comencé a manifestar mi opinión, comencé a objetar (…) ¡Qué penosa impresión dominó mi espíritu al contemplar cierto día las inacabables columnas de una manifestación proletaria en Viena! Casi dos horas permanecí allí, observando con la respiración contenida aquel enorme dragón humano que se arrastraba pesadamente. Con un inquieto abatimiento abandoné finalmente la plaza y me dirigí hacia mi casa.

Esta imagen es, sin embargo, totalmente incompatible con el Hitler que a comienzos de 1919 marcharía, como ya veremos, con un brazalete rojo y otro negro en el entierro del líder socialista (y judío) Kurt Eisner y que sería elegido como representante (Vertrauensmann) de los soldados revolucionarios y luego como miembro suplente del Consejo de los soldados de su batallón bajo la República Soviética de Baviera.

En cuanto al antisemitismo, el relato contenido en el mismo capítulo de Mi lucha es de este tenor: “Por doquier veía judíos, y cuanto más los observaba, más se diferenciaban a mis ojos de las demás gentes. Sobre todo en el centro de la ciudad y en la parte norte del canal del Danubio, se notaba la presencia de un verdadero enjambre de individuos que, por su aspecto externo, en nada se parecían a los alemanes (…) Que ellos no eran amantes de la limpieza, podía apreciarse por su simple apariencia incluso con los ojos cerrados. Muchas veces sentí náuseas ante el olor de esos individuos vestidos de caftán. Si a esto se añaden las ropas sucias y su apariencia innoble, se tiene el retrato fiel de esos seres. Todo eso no era el camino para atraer simpatías, pues cuando además, al lado de dicha inmundicia física se descubrían las suciedades morales del pueblo elegido, mayor era la repugnancia.

Y su conclusión no podía ser otra que esta: “Finalmente no pude más, y desde entonces, nunca eludí el debate por la cuestión judía.” Además, también habría entendido plenamente la conexión entre socialdemocracia y judaísmo: “Cuando descubrí a los judíos como dirigentes de la socialdemocracia, se me comenzó a caer la venda de los ojos. La larga lucha que mantuve conmigo mismo había llegado a su punto final (…) Muchas veces quedé atónito. No sabía qué era lo que debía sorprenderme más: si la locuacidad del judío, o su arte de mentir. Gradualmente comencé a odiarlos (…) Si el judío, con la ayuda de su credo marxista, llegase a conquistar los pueblos del mundo, su corona sería la corona fúnebre de la Humanidad, y nuestro planeta, sin rastro de vida humana, volvería a vagar en el éter como hace millones de años.

El problema de toda esta exaltada retórica antijudía es que es irreconciliable con los largos años de silencio respecto de los judíos que preceden a sus primeras manifestaciones conocidas al respecto realizadas a mediados de 1919. No solo compartió de manera cordial con judíos en el frente durante la Primera Guerra Mundial, sino que fue un judío, el oficial Hugo Gutmann, quien lo recomendó en 1918 para recibir por segunda vez la Cruz de Hierro. Además marchó, como ya se dijo, en el sepelio del destacado líder socialdemócrata y judío –justamente los dos atributos que según el relato mítico de Mi lucha le causaban nauseas ya desde sus años mozos en Viena– Kurt Eisner en febrero de 1919.

El último mito de importancia que queda al descubierto a partir de las nuevas investigaciones sobre Hitler es su relato sobre el impacto de su estadía en el hospital de Pasewalk, después de ser afectado por un ataque británico con gas mostaza hacia el final de la guerra (13-14 de octubre de 1918), durante la cual se habría producido su epifanía política definitiva y su transformación en un militante inquebrantable de la causa nacional. Este es el relato de Mi lucha: “Algunas horas más tarde mis ojos estaban convertidos en ascuas y la oscuridad dominaba en tomo mío. En estas condiciones fui trasladado al hospital de Pasewalk, en Pomerania (…) El 10 de noviembre (de 1918) vino el pastor del hospital para dirigirnos algunas palabras. Fue entonces cuando lo supimos todo. Yo también estuve presente y me irrité profundamente. El venerable anciano parecía temblar intensamente al comunicamos que la Casa de los Hohenzollern había dejado de llevar la Corona Imperial Alemana, que el Reich se había erigido en «República» (…) Pero cuando el pastor siguió informándonos de que nos habíamos visto obligados a dar término a la larga contienda (…) Mis ojos se nublaron de nuevo, y a tientas regresé a la sala de enfermos, donde me dejé caer sobre mi lecho, ocultando mi dolorida cabeza entre las almohadas. (…) Lo que siguió fueron días horribles y noches peores (…) Durante aquellas vigilias germinó en mí el odio, el odio contra los promotores del desastre. En los días siguientes tuve conciencia de mi destino (…) ¡Decidí entonces dedicarme a la política!

Según Hitler, la causa de la derrota y el caos subsiguiente era autoinfringida, y sus culpables habrían sido los marxistas, es decir, los judíos: “El Káiser Guillermo II había sido el primer Emperador alemán que les tendió la mano conciliadora a los dirigentes del marxismo, sin sospechar que los villanos no entienden de honor. Mientras en su diestra tenían la mano del Emperador, con la izquierda buscaban el puñal. Con los judíos no caben compromisos, sino sólo un rotundo «o lo uno o lo otro».

Pero nada de esto es compatible con lo que fue su actuación en los meses siguientes. Hasta mediados de 1919 no hay rastro de expresiones antijudías o antimarxistas, e inicialmente su dedicación no fue para con la causa de la derecha nacionalista o del monarquismo, ni se enroló en los Freikorps o cuerpos de voluntarios contrarrevolucionarios formados por veteranos de la guerra. Por el contrario, en Múnich no sólo homenajeó al líder judío asesinado Kurt Eisner, sino que permaneció en aquella parte del ejército que impulsó y siguió a las órdenes de la revuelta socialista e incluso de la república soviética bávara.

 

Hitler, “un engranaje de la maquinaria socialista”

El Múnich al que el soldado Hitler, de 29 años de edad, llegó el 21 de noviembre de 1918 era un hervidero revolucionario. El 7 de noviembre los socialdemócratas habían dado un golpe de Estado y gobernaban la capital del Reino de Baviera, ahora convertido en república. Para quienes se oponían decididamente al gobierno socialista, la opción lógica era dejar el ejército, especialmente aquellas unidades, como el regimiento de Hitler, que abrumadoramente apoyaban a los líderes revolucionarios (en las elecciones de enero de 1919 más del 90 por ciento de su contingente apoyó a diversas facciones socialdemócratas).

Pero Hitler no tomó esa opción, sino que ocupó cargos electivos en las estructuras militares leales al gobierno socialista convirtiéndose por ello, como dice Thomas Weber, en “un engranaje de la maquinaria socialista”: “La cuestión no es si Hitler apoyó a la izquierda durante la revolución –está claro que lo hizo–, sino qué clase de ideas izquierdistas tenía y qué grupos apoyó o, al menos, aceptó.” Y sobre esto último todo indica que se inclinaba hacia las tendencias socialdemócratas más moderadas y no hacia las más radicales –entre las que se contaban los “espartaquistas” de orientación comunista– que tomarían el control de Múnich en abril de 1919. Sin embargo, aún así permaneció en el bando leal a los nuevos gobernantes. Como comenta Weber: “Hitler se había mantenido al lado del SPD (Partido Socialdemócrata de Alemania) pero perdió la oportunidad o le faltó voluntad para abandonar el barco tras la instauración de la Segunda República Soviética (el 13 de abril).”

Su participación en las filas socialistas quedó documentada, fuera de los archivos, tanto en un film como en una fotografía (tomada por Heinrich Hoffmann, el futuro fotógrafo oficial de Hitler) del entierro del líder socialista Kurt Eisner el 26 de febrero de 1919. Svante Nordin comenta de la siguiente manera la significación del hallazgo realizado en la secuencia fílmica: “Hace unos años se hizo un descubrimiento en una secuencia fílmica de este funeral. Entre los soldados revolucionarios que marchaban tras del ataúd iba un tal Adolf Hitler (…) En las imágenes, Hitler lleva dos brazaletes. Uno negro, como manifestación de luto por el fallecido, y uno rojo, simbolizando la adhesión a la revolución socialista. El descubrimiento fue sensacional. Desmintió todo lo que hasta entonces se acostumbraba a creer sobre Hitler y sobre su desarrollo político.

Se ha discutido si el personaje identificado en la secuencia fílmica y en la fotografía de Hoffmann realmente es Hitler, pero el conjunto de los documentos reunidos deja pocas dudas sobre las inclinaciones socialdemócratas de Hitler y su participación activa en las estructuras de poder de las repúblicas socialista y soviética instauradas en Baviera.

Estas circunstancias son las que, con toda probabilidad, explican la sorprendente brevedad, poco más de media página, y la falsedad con la que Hitler rememora aquella época en Mi lucha: “A finales de noviembre de 1918 volví a Múnich (…) Allí el ambiente me fue tan repugnante que opté por retirarme cuanto antes.” Lo que, según él, explicaría que se haya ido, junto con un camarada, a la pequeña localidad de Traunstein, cerca de la frontera con Austria, desde donde, según su relato, habría regresado a Múnich en marzo de 1919. Nada dice, por supuesto, de su postulación y elección como Vertrauensmann primero y luego como Ersatz-Bataillions-Rat, ni tampoco de su participación en el entierro de Eisner en febrero, lo que desmiente el que haya regresado a Múnich en marzo. Cualquier reconocimiento de este tipo hubiese desarticulado completamente el mito que Hitler estaba construyendo sobre sí mismo, poniendo además de manifiesto la influencia perdurable de ideas que lo llevarían de las simpatías socialdemócratas al socialismo nacionalista y antisemita que pronto adoptaría. El anticapitalismo y el colectivismo fueron los elementos comunes que facilitarían la transición de Hitler de un tipo de socialismo al otro.

 

El momento decisivo

Los primeros días de mayo de 1919 terminó la aventura revolucionaria en Múnich con la derrota del gobierno soviético a manos del “ejército blanco”, que reunía más de 30 mil combatientes del ejército regular y los Freikorps. El saldo fueron miles de muertos y una dura represión. Hitler logró rápidamente reconvertirse y ya el 9 de mayo aparece en el comité encargado de depurar su unidad de elementos radicales, es decir, aquellos que apoyaban a las alas más extremas y pro bolcheviques del movimiento revolucionario con las que Hitler nunca había simpatizado.

Es en este contexto que el futuro dictador alemán entra en contacto con la figura clave de su desarrollo posterior, Karl Mayr, jefe del departamento de propaganda de la Comandancia Militar del Distrito 4 de Múnich. Mayr dejaría luego, en un texto publicado en 1941 en Estados Unidos, una semblanza muy poco enaltecedora del Hitler que conoció a mediados de 1919: “Tras la Primera Guerra Mundial, solo era uno más de los muchos exsoldados que daban tumbos por las calles en busca de un empleo (…) En esa época estaba dispuesto a ponerse a los pies de cualquiera que lo tratase con amabilidad (…) Habría trabajado para un judío o un francés tanto como para un ario. Cuando lo vi por primera vez era como un perro callejero extenuado, en busca de un amo.

En todo caso, al poco tiempo Hitler ya se había destacado lo suficiente ante sus superiores como para recibir la orden de tomar contacto con quien por un tiempo sería “su amo” con el objetivo de prepararse para ser instructor en los cursos de formación para soldados que Mayr estaba organizando. Así, entre el 10 y el 19 de julio de 1919, participó en el tercer curso para instructores organizado por Mayr. Fue el momento clave, cosa que Hitler no puede reconocer en Mi lucha ya que contradeciría el mito del hombre con un fundamento ideológico granítico formado, mediante su propio esfuerzo, muchos años antes en Viena.

Lo que Hitler sí reconoce en su libro es la influencia decisiva para su pensamiento económico que tuvo uno de los charlistas de aquel curso, Gottfried Feder: “Este impulso lo recibí al fin, de la manera más minuciosa, gracias a uno de los varios conferenciantes que actuaron en el ya mencionado curso del 2o Regimiento de Infantería: Gottfried Feder. Por primera vez en mi vida, asistí a una exposición de principios relativos al capital internacional, en lo que respecta a las transacciones de la bolsa y los préstamos. Después de escuchar la primera conferencia de Feder, quedé convencido de haber encontrado la clave de una de las premisas esenciales para la fundación de un nuevo partido.

El anticapitalismo de Feder se refería específicamente al capital financiero internacional y no a la inversión productiva de origen nacional, es decir, “entre el capital propiamente dicho, resultado del trabajo productivo, y aquel capital cuya existencia y naturaleza descansan exclusivamente en la especulación”, como se explica en Mi lucha. Es este último tipo de capital que Hitler asocia con los judíos y que a su juicio representaría una fuerza disolvente de la fortaleza de la nación.

Feder volverá a aparecer en otro momento clave de la vida de Hitler. Él era el orador principal de una reunión del minúsculo Partido Obrero Alemán (Deutsche Arbeiterpartei, DAP) celebrada en Múnich el 12 de septiembre de 1919 en los locales reservados de la cervecería Sterneckerbräu. El título de la intervención de Feder dice todo acerca de su orientación anticapitalista: “Cómo y con qué medios puede erradicarse el capitalismo”.

Es en esta reunión, dominada por la asistencia de elementos obreros, que Hitler -que había sido enviado allí por Mayr- se destacará con una encendida intervención espontánea contra el nacionalismo bávaro que, según sus propias palabras, “la asistencia había escuchado llena de asombro”. Ese sería el comienzo de una fulgurante carrera política que transformaría al DAP en el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (Nationalsozialistische Deutsche Arbeiterpartei, NSDAP) y a Adolf Hitler en un tribuno popular que ya en 1920 reuniría en sus mítines a un público embelesado de miles de personas (en febrero de 1921 llena el local más grande de reunión de Múnich, en circo Krone, con capacidad para más de seis mil personas).

Volviendo al impacto del curso de julio de 1919, se puede constatar que Hitler recibió allí dos influencias decisivas: un violento antisemitismo de corte fundamentalmente anticapitalista y un enfoque histórico de los problemas alemanes que luego sería característico de la visión y los discursos de Hitler.

La primera de estas influencias se manifestará de lleno en el estreno de Hitler como propagandista militar en el campamento de la Reichswehr en Lechfeld hacia fines de agosto de 1919. La tercera conferencia que dictó allí, cuyo tema eran “Las condiciones socioeconómicas”, fue catalogada en el informe que sus superiores hicieron al respecto como “un muy buen discurso, enérgico y claro, del soldado Hitler sobre el capitalismo, en el que se abordó la cuestión judía, algo inevitable, por supuesto”. Estas son las primeras manifestaciones de antisemitismo conocidas de Hitler, lo que pone en cuestión todo el relato de Mi lucha, a excepción de que pudiésemos creer que su supuesto “odio” juvenil hacia los judíos se hubiese mantenido en el más estricto secreto por casi una década.

 

Anticapitalista y antisemita

El primer documento escrito que atestigua el antisemitismo de Hitler es la carta sobre “la cuestión judía” de fecha 16 de septiembre de 1919 que escribe, a petición de Karl Mayr, en respuesta a las preguntas formuladas al respecto por otro agitador militar, Adolf Gemlich. Esta carta, cuyo original llegó al conocimiento público solo en 2011, constituye uno de los documentos más trascendentales para entender a Hitler y el Holocausto, tanto por lo que dice como por lo que no dice.

En la carta, Hitler propone lo que llama un “antisemitismo racional” que, a diferencia del puramente emocional, debía estar basado “en los hechos” y no en meras impresiones subjetivas acerca de los judíos y su conducta. Estos hechos serían, según Hitler, los siguientes:

  1. “Los judíos son incuestionablemente una raza, no una comunidad religiosa”.
  2. Por ello deben ser considerados y tratados como una “raza ajena” viviendo entre alemanes que por esa razón no debe tener los mismos derechos que éstos.
  3. “En la medida en que los sentimientos de los judíos están limitados al ámbito material, sus pensamientos y ambiciones lo están aún más fuertemente. Su danza en torno al becerro de oro se transforma en una lucha brutal por todas aquellas posesiones que nosotros no sentimos que sean las más importantes ni las únicas dignas de ser perseguidas en esta tierra.”
  4. El poder del judío “es el poder del dinero, que en sus manos se multiplica sin esfuerzo e infinitamente, y mediante el cual él impone un yugo sobre la nación que es más pernicioso ya que su brillo oculta sus trágicas consecuencias últimas (…) El resultado de su trabajo es la tuberculosis racial de la nación.”
  5. “El antisemitismo racional (…) debe conducir a una lucha sistemática y legal en contra y por la erradicación de los privilegios de que gozan los judíos en comparación con otros extranjeros que viven entre nosotros. Su meta final (letztes Ziel), sin embargo, debe siempre ser la remoción de los judíos (die Entfernung der Juden)”.

Esta es una alusión clara a lo que sería la meta intransable de Hitler y el nazismo: la erradicación completa de los judíos ya sea por su expulsión o, finalmente, por su exterminio. En este sentido, Hitler ya era Hitler.

Lo interesante de esta carta es la firme relación que se establece entre antijudaísmo y anticapitalismo, y la identificación del judío, tal como Marx lo había hecho casi 80 años antes, con el capitalismo especulativo, el culto al dinero y la usura. Al mismo tiempo, y esto es lo más sorprendente, conceptos como marxismo, comunismo o bolchevismo están totalmente ausentes en la misiva de Hitler a pesar de que Gemlich había preguntado explícitamente por la relación entre socialismo y judaísmo. Esto es, sin duda, inexplicable si uno se ha creído el relato del propio Hitler sobre su desarrollo ideológico según el cual ya en el período vienés habría ligado indisolublemente marxismo y judaísmo.

Por otra parte, en la carta el socialismo, junto a la religión y la democracia, son vistos como aspectos que hacen que la gente aspire a metas superiores, pero que los judíos pervertirían, transformándolos en “medios para satisfacer su codicia y su sed de poder”. Es decir, el socialismo sería, en sí, un valor altamente positivo que los judíos corromperían, bajo la forma de marxismo, al transformarlo en un movimiento internacional orientado a destruir a las naciones para imponer la dominación judía universal. Por ello se explica que Hitler adoptase pronto el nombre de nacionalsocialista para su partido.

Todo esto proviene, en lo esencial, de las prédicas de Gottfried Feder, con su antisemitismo socialista y anticapitalista, y constituirá uno de los núcleos ideológicos centrales de la agitación que Hitler desarrollará incansablemente durante los años inmediatamente sucesivos. Así, ya en el discurso que da el 10 de diciembre de 1919 a nombre de su nuevo partido, el DPA, al que se había sumado a fines de septiembre, respondía a la pregunta “¿Quién tiene la culpa de la humillación que ha sufrido Alemania?” sindicando, como dice Thomas Weber, “al capitalismo financiero judío, no a los bolcheviques” como responsables de su debilidad interna. De ello deducía sus grandes objetivos: “Nuestra lucha es contra el dinero. Solo el trabajo nos ayudará, no el dinero. Nuestra lucha es contra las razas que representan al dinero”.

Como resume Weber, comentando un discurso de Hitler del 19 de noviembre de 1920: “Para Hitler, el antisemitismo antibolchevique no era más que una función del antisemitismo anticapitalista, aunque lo invocase cada vez con más frecuencia.” Esta mayor frecuencia tiene mucho que ver con las ideas geopolíticas y raciales del Hitler de entonces. Los grandes enemigos de Alemania no eran todavía los pueblos eslavos, sino los anglosajones, y Hitler confiaba en una alianza entre Alemania y una Rusia posbolchevique para desafiar la hegemonía británico-estadounidense. Tampoco había desarrollado plenamente su concepción racial, que haría del conflicto entre arios (raza superior) y eslavos (raza inferior) uno de sus ejes centrales con el objetivo de ampliar hacia el este el “espacio vital” (Lebensraum) del pueblo alemán.

Todo ello maduraría durante los casi nueve meses que Hitler pasó en la cárcel de Landsberg, como consecuencia del fallido golpe de Estado dado, junto con el general Erich Ludendorff, en Múnich el 8-9 de noviembre de 1923. Es en esa prisión, ubicada a unos 65 kilómetros de Múnich, y no en la Viena de la preguerra, que Hitler despliega en plenitud su Weltanschauung, aquella concepción del mundo racista, antisemita y nacionalsocialista que desembocaría en una de las tragedias más grandes de la historia de la humanidad.

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