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Publicado el 12 de agosto, 2019

Mauricio Rojas: El pacto de la vergüenza

Director de la Cátedra Adam Smith de la UDD y Senior Fellow de la Fundación para el Progreso Mauricio Rojas

A 80 años del pacto entre comunistas y nazis que desencadenó la Segunda Guerra Mundial.

Mauricio Rojas Director de la Cátedra Adam Smith de la UDD y Senior Fellow de la Fundación para el Progreso
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Este 23 de agosto se conmemoran los 80 años de uno de los hechos más vergonzosos del siglo XX: la firma del pacto de colaboración nazi-soviético –habitualmente denominado Pacto Ribbentrop-Molotov por el apellido de los ministros de Relaciones Exteriores firmantes–, que condujo, el 1 de septiembre de 1939, al inicio del mayor conflicto bélico de la historia de la humanidad. La reunión en la que se cerró el pacto fue celebrada en el Kremlin y en ella participó un sonriente Stalin. Por su lado, un Hitler desbordante de alegría comentó: “¡Tengo el mundo en el bolsillo!”.

Con toda razón, el año 2009 el Parlamento Europeo declaró el 23 de agosto como Día Europeo Conmemorativo de las Víctimas del Estalinismo y del Nazismo, también conocido como Día Internacional del Listón Negro por su origen en las manifestaciones, iniciadas en 1986, recordando la ocupación de las repúblicas bálticas por la Unión Soviética a consecuencia del ya citado pacto, en las que se llevaban antiguas banderas de los países bálticos decoradas con listones o cintas negras.

La colaboración germano-soviética antes del pacto

El pacto nazi-soviético vino a reanudar la estrecha colaboración entre Alemania y los bolcheviques iniciada ya antes de la toma del poder por parte de los comunistas en Rusia. De hecho, los alemanes no sólo organizaron el regreso de Lenin a Rusia en abril de 1917, sino que también aportaron ingentes recursos a la financiación del partido de Lenin y sus periódicos durante ese año clave. Luego, en los años 20, la colaboración militar e industrial entre la Rusia soviética y Alemania fue esencial para posibilitar el rearme de esta última, burlando así las restricciones impuestas por el Tratado de Versalles. La colaboración incluyó el desarrollo de armas químicas prohibidas, de la aviación y de los blindados, e incluso llevó a la instalación de bases secretas alemanas en la Unión soviética, que funcionaron hasta 1934 cuando Hitler las desmanteló junto con suspender la colaboración militar entre ambos países.

Un amplio estudio sobre la colaboración militar germano-soviética resume la importancia de este esfuerzo conjunto de la siguiente manera: “Mientras que la cooperación militar soviético-alemana entre 1922 y 1933 a menudo se olvida, tuvo un impacto decisivo en los orígenes y el estallido de la Segunda Guerra Mundial. Alemania reconstruyó su ejército destrozado en cuatro bases secretas escondidas en Rusia. A cambio, el Reichswehr envió hombres para enseñar y entrenar al joven cuerpo de oficiales soviéticos. Sin embargo, el aspecto más importante de la cooperación soviético-alemana fue su componente tecnológico. Juntos, los dos estados construyeron una red de         laboratorios, talleres y terrenos de prueba en los que desarrollaron los que se convirtieron en los principales sistemas de armas de la Segunda Guerra Mundial. Sin los resultados técnicos de esta cooperación, Hitler no habría podido lanzar sus guerras de conquista.”

El pacto de la vergüenza

El pacto firmado por nazis y comunistas en agosto de 1939 tenía una parte pública, que hablaba de la no agresión y la cooperación entre la Unión Soviética y la Alemania nazi, y una secreta, donde se establecían sus consecuencias más nefastas y de hecho se daba luz verde al inicio de la Segunda Guerra Mundial. De acuerdo a las cláusulas secretas (encontradas después de la guerra en los archivos alemanes), Europa Oriental fue dividida en dos “esferas de interés” entre la Unión Soviética y Alemania. Por ello, la invasión nazi de Polonia (1 de septiembre) sería seguida por la invasión comunista del resto de ese país (17 de septiembre) y la expansión soviética en Finlandia (iniciada con el ataque contra ese país el 30 de noviembre de 1939), los países bálticos y parte de Rumania (anexionados total o parcialmente en junio de 1940). Por su parte, Alemania no solo tuvo las manos libres para lanzar su ataque contra Polonia y las democracias de Europa Occidental, sino que contó con combustibles, materias primas y alimentos soviéticos para sostener su esfuerzo bélico. Así, hasta junio de 1941 la Alemania de Hitler recibió de los soviéticos 1,6 millones de toneladas de cereales, 1 millón de toneladas de minerales (principalmente hierro y manganeso, combinación clave para la fabricación de tanques), 900 mil toneladas de petróleo y decenas de miles de toneladas de fosfatos, algodón, caucho, etc.

Un nuevo acuerdo, del 28 de septiembre de 1939, profundizó la ignominia del pacto anterior. En él se acordaron deportaciones forzosas masivas y una estrecha colaboración entre soviéticos y nazis para aplastar toda resistencia en los territorios polacos ocupados que afectase a su aliado: “[Los firmantes] no tolerarán en sus territorios ninguna agitación polaca susceptible de afectar al territorio de la otra parte. Pondrán fin a una tal agitación en su origen y se informarán mutuamente sobre las disposiciones tomadas a este efecto.”

Esta vergonzosa colaboración abarcó también, entre otras cosas, la entrega a los nazis de refugiados políticos alemanes, incluyendo comunistas y judíos, radicados en la Unión Soviética.

La aniquilación de Polonia

La visión estratégica de comunistas y nazis acerca del destino de Polonia coincidía plenamente: nunca más existiría una Polonia independiente. Es con este fin que entre el 3 de abril y el 19 de mayo de 1940 la policía política soviética (la NKVD) masacra, por orden directa de Stalin firmada en marzo de ese año, unos 22.000 oficiales, científicos e intelectuales polacos en el bosque de Katyn y otros lugares. El objetivo era exterminar a la élite polaca que en el futuro podría llegar a ser la base de la reconstrucción del país como Estado soberano.

La propaganda soviética trató posteriormente de poner la responsabilidad por esta horrible masacre sobre las espaldas de los nazis. Sin embargo, en 1990 el líder soviético Mijail Gorbachov reconoció la responsabilidad soviética declarando que la matanza de Katyn constituía “uno de los graves crímenes del estalinismo”. En abril de 2012, después de una larga investigación, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos calificó la masacre como “crimen de guerra”.

Por su lado, los nazis lanzan operaciones similares de exterminio en la parte occidental de Polonia, con decenas de miles de víctimas en las denominadas Unternehmen Tannenberg, Intelligenzaktion y AB-Aktion y. Estas acciones de exterminio fueron llevadas a cabo tanto en la parte de Polonia que sería anexionada a Alemania como en aquella que pasó a formar el así llamado Gobierno General.

La Unternehmen Tannenberg y la Intelligenzaktion se desarrollaron entre septiembre de 1939 y enero de 1940 con el doble objetivo de aniquilar toda resistencia a la ocupación y “germanizar” la parte de Polonia que se incorporaría a Alemania. Sus víctimas fatales suman unas 100 mil personas, de las cuales unas 65 mil fueron explícitamente definidas como partes de la intelectualidad polaca. Por su lado, la AB-Aktion (Außerordentliche Befriedungsaktion, “Operación Extraordinaria de Pacificación”), en la que se asesinaron unos 7.000 académicos así como líderes religiosos y sociales, se desarrolló en el territorio del Gobierno General y fue coordinada por la Gestapo con el conocimiento de su equivalente soviético, la NKVD.

Los partidos comunistas y el pacto de la vergüenza

En el plano internacional, a partir del pacto, los partidos comunistas pasaron de una política antifascista a una de neutralidad que de hecho era pro nazi, declarando que se trataba de una guerra imperialista donde los verdaderos agresores eran las democracias occidentales. En Francia, Gran Bretaña y otros países amenazados por los nazis, los partidos comunistas llamaron a no enrolarse en los ejércitos y sabotearon abiertamente los esfuerzos realizados para resistir el embate alemán.

El secretario general del Partido Comunista Francés, Maurice Thorez, deserta del Ejército por orden de la Internacional Comunista y condena, en octubre de 1939, a “los provocadores de guerra imperialistas de París y de Londres”. En la Francia ya ocupada, los comunistas denunciarán a De Gaulle como un agente del “imperialismo británico” y llegarán incluso, en junio de 1940, a abrir negociaciones con las autoridades alemanas para que autoricen la reaparición de L’Humanité y otros periódicos comunistas. En la solicitud dirigida a los ocupantes se lee: “L’Humanité, publicada por nosotros, tendrá como tarea denunciar las acciones de los agentes del imperialismo británico [es decir, De Gaulle] que quieren involucrar a las colonias francesas en la guerra [contra Alemania] (…)             L’Humanité, publicada por nosotros, tendrá como tarea llevar adelante una política de pacificación europea y de apoyo a la celebración de un pacto de amistad franco-soviético que sea el complemento del pacto germano-soviético y cree las condiciones de una paz duradera.”

Por su parte, el 18 de febrero de 1940 la connotada dirigente del Partido Comunista de España, Dolores Ibárruri (“la Pasionaria”), publica un texto, La Social-Democracia y la actual guerra imperialista, celebrando la ocupación soviética de Polonia oriental con las siguientes palabras: “Los trabajadores de todos los países han saludado con entusiasmo la acción libertadora del Ejército Rojo en el territorio del viejo Estado de los terratenientes polacos.”

Pasando luego pasar a hacer su tristemente célebre llamado al derrotismo frente al nazismo: “Ni un soldado, ni un solo español puede prestarse al juego infame de los gobiernos francés e inglés”.

El colaboracionismo abierto o encubierto con los nazis se extendió por todo el orbe. En Argentina, por ejemplo, los comunistas defienden la neutralidad, se oponen al boicot de los productos alemanes y muestran su apoyo a la solicitud de asilo de los marinos del acorazado alemán Graf Spee, hundido en las aguas de Mar del Plata. En Estados Unidos el Partido Comunista depone todo activismo antifascista y rechaza cualquier apoyo a Gran Bretaña y, más aún, a entrar en la guerra bajo la consigna “The Yanks Are Not Comming”.

El Partido Comunista de Chile no fue una excepción

Por su parte, el Partido Comunista de Chile –el más fuerte de América Latina– hace una defensa cerrada del pacto de la vergüenza y llama a oponerse al esfuerzo bélico de las democracias occidentales (tachadas como “imperialistas”). Por ello se empeña en alejar al gobierno del Frente Popular de cualquier apoyo a los aliados y critica severamente los acuerdos de exportación de salitre y cobre a Estados Unidos.

La posición de los comunistas provocaría una creciente tensión con los socialistas, a los que llamaban despectivamente “schnakistas” o seguidores de Óscar Schnake, fundador y primer Secretario General del Partido Socialista, exsenador y por entonces ministro de Fomento del gobierno de Pedro Aguirre Cerda. Así, el IX Pleno del Comité Central del Partido Comunista, celebrado en septiembre-octubre de 1940, los define lisa y llanamente como “ayudantes” de “la oligarquía y el imperialismo”, coincidiendo de esta manera con la ofensiva general de los partidos comunistas, impulsada desde Moscú, contra la socialdemocracia.

La respuesta no se haría esperar y el 15 de diciembre de 1940, en un memorable discurso en el Teatro Caupolicán, Óscar Schnake arremete con fuerza contra los partidos comunistas que actúan, tal como el chileno, como marionetas de la Unión Soviética.

Para que se pueda captar plenamente la virulencia del conflicto me permito citar algunos pasajes de su discurso. Después de recordar antiguas traiciones (“el año 1931, el Partido Comunista creyó salvar a las masas trabajadoras alemanas marchando junto con el movimiento nacionalsocialista que dirige Hitler”) Schnake continúa describiendo de la siguiente manera el pacto de la vergüenza: “Comenzaron, primero, las conversaciones de Rusia con Alemania, que fueron ultimadas cuando un miembro prominente del Gobierno ruso es recibido en Berlín ante los estandartes unidos de la swástica y la hoz y el martillo, cuando Molotov, que creía tener derecho a ordenar como habían de liberarse los demás trabajadores de la tierra, tendió la mano a su enemigo irreconciliable y, al estrechársela, ahorcaron a todos los trabajadores de Europa.”

Por todo ello y dirigiéndose directamente al Partido Comunista de Chile, el líder socialista saca la siguiente conclusión: “Yo me paro en esta tribuna del Partido Socialista, en el corazón mismo de Chile, para decirle al Partido Comunista: ‘Ustedes ya no tienen derecho a seguir hablando en nombre de la clase trabajadora; ustedes ya no pueden ser nuestros amigos’.”

En otras palabras, los días del Frente Popular estaban contados y tardaría mucho antes de que la relación entre comunistas y socialistas se recompusiera.

El deber de no olvidar

Todo esto y mucho más forma parte de una historia terrible y aleccionadora que tenemos el deber de recordar este 23 de agosto: la siniestra historia de los totalitarismos y de sus incontables crímenes, así como de sus secuaces y cómplices.

Este fue el llamado que lanzaron Václav Havel, el célebre presidente de la República Checa, y el resto de los firmantes de la Declaración de Praga en junio de 2008, que fue el antecedente directo de la declaración del Parlamento Europeo proclamando el 23 de agosto como Día Europeo Conmemorativo de las Víctimas del Estalinismo y del Nazismo. En su primer punto, la Declaración de Praga establece una gran verdad que tenemos el deber de no olvidar: “que tanto el régimen totalitario nazi como el comunista, cada uno juzgado en base a sus propios terribles méritos, (…) con sus políticas que sistemáticamente despliegan formas extremas de terror, suprimiendo las libertades humanas, iniciando guerras agresivas y, como parte inseparable de sus ideologías, exterminando y deportando naciones y grupos enteros de la población, deben ser considerados como los mayores desastres que devastaron el siglo XX.”

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