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Publicado el 27 de junio, 2019

Mauricio Rojas: Dos miradas sobre la fragilidad de la democracia en América Latina

Director de la Cátedra Adam Smith de la UDD y Senior Fellow de la Fundación para el Progreso Mauricio Rojas

El francés Alexis de Tocqueville y el holandés Arendt Lijphart nos dan -cada uno en su época- no sólo un trasfondo para entender las peripecias, desventuras y tentaciones autoritarias de las democráticas latinoamericanas, sino que también definen la complejidad de la tarea que enfrentan quienes aspiran a instaurar una democracia liberal estable.

 

Mauricio Rojas Director de la Cátedra Adam Smith de la UDD y Senior Fellow de la Fundación para el Progreso
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La mirada de Tocqueville

A pesar de que Alexis de Tocqueville escribió su gran obra sobre la democracia en Estados Unidos durante la primera mitad del siglo XIX, ésta mantiene su frescura y sigue siendo uno de los aportes más significativos a la comprensión del fenómeno democrático no sólo en Estados Unidos, sino en general. Recordemos que para este joven noble francés (que aún no cumplía los 30 años de edad), que durante meses recorrió diversas regiones de Estados Unidos (en especial Nueva Inglaterra y sus zonas aledañas) en 1831-1832, la democracia era una novedad digna de ser estudiada y presentada para un público europeo que aún la veía como un experimento atrevido y distante.

La observación fundamental que Tocqueville hizo en sus recorridos por Estados Unidos no tiene en sí misma que ver con el sistema democrático, sino con las condiciones sociales que a su juicio lo hicieron posible y, en particular, con lo que él llamó la “igualdad de condiciones” (égalité des conditions). Así lo dejó de manifiesto en los párrafos iniciales de La democracia en América: “Entre las cosas nuevas que durante mi permanencia en los Estados Unidos han llamado mi atención, ninguna me sorprendió más que la igualdad de condiciones. Descubrí sin dificultad la influencia prodigiosa que ejerce este primer hecho sobre la marcha de la sociedad. Da al espíritu público cierta dirección, determinado giro a las leyes, a los gobernantes máximas nuevas y costumbres particulares a los gobernados. Pronto reconocí que ese mismo hecho lleva su influencia mucho más allá de las costumbres políticas y de las leyes, y que no predomina menos sobre la sociedad civil que sobre el gobierno: crea opiniones, hace nacer sentimientos, sugiere usos y modifica todo lo que no es productivo. Así, pues, a medida que estudiaba la sociedad norteamericana, veía cada vez más en la igualdad de condiciones el hecho generador del que cada hecho particular parecía derivarse, y lo volvía a hallar constantemente ante mí como un punto de atracción hacia donde todas mis observaciones convergían.”

Esta “igualdad de condiciones” era el hecho social determinante, y para un europeo de entonces altamente sorprendente, de las zonas de Estados Unidos estudiadas por Tocqueville. Se trataba del farmer o colono propietario que hacía producir la tierra con su propio esfuerzo, del artesano y el profesional independiente, de los pequeños comerciantes, en fin, de un mundo igualitario formado por una gran mayoría de hombres libres cuyo nivel de vida distaba “igualmente de la opulencia y de la miseria” y donde no había “ni grandes señores ni pueblo y, por decirlo así, ni pobres ni ricos” (lo que, por cierto, era diametralmente diferente a las condiciones imperantes en las zonas esclavistas del sur de Estados Unidos).

En suma, si bien la democracia estadounidense era un experimento insólito, aún más insólitas eran sus condiciones igualitarias de vida, forjadoras de ese ideal cívico y moral de Thomas Jefferson que eran los pequeños propietarios agrícolas, independientes y libres por la fuerza de su trabajo, a los que en sus Notas sobre el Estado de Virginia llamó “el pueblo elegido de Dios”, y en cuyos pechos el Creador habría depositado “el fuego sagrado” de la virtud.

En las antípodas de este mundo igualitario se encontraba América Latina. Era la otra América, la de los grandes terratenientes y las profundas diferencias étnicas y sociales, aquella que, a juicio de Tocqueville, “no puede soportar la democracia” y está dedicada “a desgarrarse las entrañas”, y donde el orden social y la democracia estaban condenados a ser frágiles por más que se copiase la constitución estadounidense. De hecho, en su momento México copió la constitución de Estados Unidos pero ello no lo hizo más estable ni más democrático ni liberal. Su sociedad, profundamente desigual y jerárquica, era el opuesto a aquella que habían fundado los colonos inmigrantes del norte. Estas son sus palabras: “México, tan admirablemente situado como la Unión angloamericana, se ha apropiado esas mismas leyes y no ha logrado establecer un gobierno de democracia. Hay, pues, una razón independiente de las causas físicas y de las leyes, que hace que la democracia pueda gobernar a los Estados Unidos.”

Este es un diagnóstico sombrío que –sin llegar a la profundidad sociológica de Tocqueville y quedándose en diversas alusiones a “los vicios” o la falta de desarrollo de nuestros pueblos– compartía por entonces la mayoría de los grandes próceres de la independencia hispanoamericana. Simón Bolívar era aún más severo que nuestro observador francés –desesperadamente severo podríamos decir– en su juicio sobre los problemas y defectos de los pueblos hispanoamericanos y la violenta anarquía que asolaba a las repúblicas que él mismo tanto había hecho por fundar. Ya en su carta de Jamaica, escrita en septiembre de 1815, decía: “Los acontecimientos (…) nos han probado que las instituciones perfectamente representativas, no son adecuadas a nuestro carácter, costumbres y luces actuales (…) En tanto que nuestros compatriotas no adquieran los talentos y virtudes políticas que distinguen a nuestros hermanos del Norte, los sistemas enteramente populares, lejos de sernos favorables, temo mucho que vengan a ser nuestra ruina.” (Bolívar 1999, 83-84)

Quince años más tarde, hacia el final de su vida, el juicio de Bolivar ya no podía ser más despiadado. En su Mirada sobre la América Española escribe: “No hay buena fe en América, ni entre las naciones. Los tratados son papeles; las constituciones libros; las elecciones combates; la libertad anarquía; y la vida un tormento.”

Para rematar con la carta del 9 de noviembre de 1830, a poco más de un mes de su muerte, dirigida al general Juan José Flores, en la que resume de esta manera sus aprendizajes de veinte años de lucha: “1°. La América es ingobernable para nosotros. 2°. El que sirve una revolución ara en el mar. 3°. La única cosa que se puede hacer en América es emigrar. 4°. Este país caerá infaliblemente en manos de la multitud desenfrenada, para después pasar a tiranuelos casi imperceptibles, de todos colores y razas. 5°. Devorados por todos los crímenes y extinguidos por la ferocidad, los europeos no se dignarán conquistarnos. 6°. Sí fuera posible que una parte del mundo volviera al caos primitivo, este sería el último período de la América.”

El juicio de José de San Martín en 1836, desde su autoexilio en Europa, es también drástico: “Nuestros países no pueden, al menos por muchos años, regirse de otro modo que por gobiernos vigorosos, más claro: despóticos.”

Lo que no es más que otra forma de expresar lo mismo que Diego Portales había dicho en su conocida carta de marzo de 1822 dirigida a José M. Cea: “La democracia, que tanto pregonan los ilusos, es un absurdo en los países como los americanos, llenos de vicios y donde los ciudadanos carecen de toda virtud, como es necesario para establecer una verdadera República”.

En suma, poca duda cabía de que la democracia en América Latina se iba a enfrentar a un situación muy diferente a la de Estados Unidos por tratarse, como dice Alain Rouquié en A la sombra de las dictaduras: la democracia en América Latina, de “un contexto no tocquevilliano de extrema desigualdad de las condiciones”.

Este énfasis tocquevilliano en la “desigualdad de las condiciones” coincide con la visión de Paul Drake en su notable historia de la democracia en América Latina (Between Tyranny and Anarchy: A History of Democracy in Latin America, 1800-2006), en la que relaciona las dificultades y fracasos de la democracia en la región con lo que él llama “su dilema fundamental: cómo reconciliar sistemas políticos teóricamente comprometidos con la igualdad legal con sociedades divididas por desigualdades socioeconómicas extremas”.

Esta circunstancia ha constituido el dilema permanente de nuestros países, que nacieron como repúblicas fundadas en la soberanía popular pero que luego debieron negarla, restringirla o desfigurarla en función de sus fragmentaciones, desigualdades y conflictos internos. En suma, la democracia fue el designio fundacional de América Latina pero el camino hacia su realización plena sería todo lo tortuoso y vacilante que era de esperar en una región donde la praxis democrática tiende fácilmente, dadas sus fracturas internas, a convertirse en un mayoritarismo proclive a arrasar los derechos de las minorías y concentrar el poder en manos de algún tipo de caudillo mesiánico. Es decir, dadas sus profundas fracturas sociales, la democracia latinoamericana tiende a alejarse de sus formas liberales para asumir formas confrontativas, propias de la democracia autoritaria o iliberal.

Hasta aquí nos hemos dejado guiar por la mirada tocquevilliana, pero es indudable que, pese a sus rasgos estructurales similares a los del resto de la región, diversos países latinoamericanos han experimentado importantes periodos de estabilidad democrática que es preciso explicar, ya que en ellos se encierra una valiosa lección acerca de las posibilidades de la democracia liberal en América Latina. Para ello puede ser útil recurrir a los estudios del politólogo holandés Arendt Lijphart sobre los sistemas democráticos.

La mirada de Lijphart

Hace ya un medio siglo Lijphart propuso una tipología de los órdenes democráticos que tuvo un gran impacto. Su reflexión tenía como telón de fondo el contraste que a su juicio existía entre la conflictiva historia política de Europa continental y aquella mucho más evolutiva y ordenada propia del mundo anglosajón y escandinavo. Al igual que Tocqueville, Lijphart encuentra el fundamento de esta diferencia en las estructuras sociales y las correspondientes culturas políticas de ambos tipos de sociedad.

En el caso anglosajón-escandinavo, se trata de sociedades con altos niveles de cohesión social y fuertes consensos culturales que hacen posible el funcionamiento de lo que Lijphart llamó “sistemas mayoritarios”. En estos sistemas la mayoría, aun siendo relativa, rige sin grandes limitaciones de carácter formal-constitucional y puede incluso, como en el caso británico, recibir una fuerte sobrerrepresentación parlamentaria. En este tipo de sistemas, el límite real al accionar político mayoritario está dado por los sólidos consensos socioculturales vigentes, que determinan la existencia de una cultura política moderada y conciliadora, respetuosa del adversario y de las tradiciones, delimitando así de manera clara el marco de lo políticamente posible.

En las antípodas de estas sociedades cohesionadas encontramos aquellas fuertemente divididas o fragmentadas, ya sea, entre otros, por motivos de etnicidad, religión, cultura o historia. En este caso, la sociedad tiende a componerse de grupos subculturales separados que, además, suelen tener una larga historia de desencuentros y confrontaciones. En ello residiría, a juicio de Lijphart, la fuente última de la conflictiva inestabilidad que caracterizó la historia de la mayoría de los países de Europa continental y los graves problemas que muchas veces aquejaron a sus democracias (entre los ejemplos que Lijphart da se cuentan la tercera y la cuarta república francesa, la república de Weimar en Alemania, la primera república austriaca y la república española de los años 1930).

La salida a esta situación de alta conflictividad estructural estaría en lo que Lijphart, inspirado en el ejemplo de su país natal, Holanda, denominó “democracia consociacional” (consociational democracy), es decir, para ponerlo de manera entendible, una democracia pactada que frena las tendencias hacia una democracia confrontativa propias de sociedades profundamente divididas.

La clave de la democracia consociacional o pactada se encuentra en las fuertes restricciones al poder de la mayoría y los correspondientes resguardos para las minorías logradas mediante arreglos constitucionales y acuerdos políticos entre los dirigentes de los diversos subgrupos o facciones que componen la sociedad. En todo caso, como subraya Lijphart, hay que hacer notar un hecho fundamental: “La característica esencial de la democracia consociacional no reside tanto en los arreglos institucionales como en el esfuerzo conjunto de las élites por estabilizar el sistema.”

Esta “voluntad pactista” de las élites acostumbra a surgir, como en el caso del proceso de democratización en Chile, de experiencias históricas traumáticas, donde las divisiones y conflictos de la sociedad respectiva han degenerado en profundas crisis y enfrentamientos violentos. A su vez, las soluciones pactadas de carácter cupular así logradas suponen la conformación de aquello que Lijphart llamó “elite cartel”, es decir, un conjunto de acuerdos formales e informales de los grupos dirigentes existentes –en diversos terrenos, ya sean políticos, económicos o social-corporativos– para controlar conjuntamente el ejercicio del poder y canalizarlo dentro de los cauces pactados, limitando así la validez del principio mayoritario en aras de una coexistencia social pacífica.

En este contexto es pertinente señalar que en ello radica tanto la fortaleza (a corto y mediano plazo) como la debilidad y riesgos (a largo plazo) de la democracia pactada, ya que, con el tiempo, el “elite cartel” puede transformarse en una especie de asociación defensiva de los intereses de los incumbentes en desmedro de sectores sociales y orientaciones políticas nuevas o no incluidas en el “cártel dirigente”. Esto se hace particularmente significativo cuando la sociedad en cuestión experimenta un rápido proceso de cambio, positivo o negativo, produciéndose así un desfase creciente entre las reglas, el contenido y los principales beneficiarios del pacto fundante de la democracia y la nueva realidad social. A ello debe, no menos en el caso latinoamericano, sumársele el alto riesgo de corrupción propio de un sistema con poca presión competitiva y que se basa en un entramado muchas veces opaco de relaciones de interdependencia e intercambio de favores.

A mi parecer, estos dos factores –cambios sociales y tendencias a la corrupción– son clave para explicar las crisis que con el tiempo tienden a experimentar las democracias pactadas, lo que puede conducir a una redefinición más inclusiva del pacto fundacional o a su ruptura, dando en este caso paso a una democracia de tipo confrontativo o, lisa y llanamente, a la quiebra del sistema democrático como ocurrió en el caso bien conocido de la democracia pactada venezolana.

El intrincado camino hacia una democracia estable

Los planteamientos de Tocqueville y Lijphart nos dan no sólo un trasfondo para entender las peripecias, desventuras y tentaciones autoritarias de las democráticas latinoamericanas, sino que también definen la complejidad de la tarea que enfrentan quienes aspiran a instaurar una democracia liberal estable.

El recorrido que hemos realizado nos permite entender los grandes desafíos que la democracia enfrenta en América Latina. Su fragilidad es estructural depende de una realidad social altamente fragmentada y conflictiva, que por ello mismo tiende a promover regímenes, democráticos o autoritarios, confrontativos e inestables. La respuesta ideal –también podríamos decir tocquevilliana– a esta amenaza es la transformación de las condiciones sociales que la fomentan, avanzando hacia una mayor igualdad de condiciones que finalmente supere lo que, con las palabras previamente citadas de Paul Drake, ha sido el dilema fundamental de la democracia latinoamericana: “cómo reconciliar sistemas políticos teóricamente comprometidos con la igualdad legal con sociedades divididas por desigualdades socioeconómicas extremas”.

Sin embargo, este horizonte ideal o tocquevilliano debe ser alcanzado a partir de condiciones decididamente no tocquevillianas. Y justamente en ello reside el gran desafío que debemos saber entender y enfrentar. Cualquier intento de resolverlo de manera drástica provoca tales tensiones y conflictos que, como la experiencia histórica lo ha probado reiteradamente, deriva necesariamente en enfrentamientos brutales y regímenes liberticidas.

La solución propuesta por Arendt Lijphart abre un camino, lento y difícil pero transitable, hacia una aproximación paulatina a una sociedad más cohesionada donde impere una igualdad básica de oportunidades. Es un camino que requiere de una voluntad compartida entre las élites dirigentes de recorrerlo sin amenazarse mutuamente y de una manera inclusiva, es decir, capaz de ir integrando sucesivamente nuevos grupos y demandas sociales. De no hacerlo se genera aquel sentimiento de exclusión y aquel vacío de representación que crean el terreno propicio para el surgimiento del populismo y la democracia iliberal confrontativa.

El futuro dirá si América Latina ha estado a la altura de este desafío, pero debemos entender que el tiempo no juega a nuestro favor. Sociedades altamente fragmentadas, desiguales e inestables como las latinoamericanas generan una debilidad institucional, así como unas condiciones sociales y morales que las dejan tremendamente expuestas no solo al embate del populismo, sino también al ataque despiadado de aquellas mafias criminales que hoy se difunden, como un cáncer imparable, por toda nuestra región. Si no reaccionamos a tiempo nos arriesgamos a vivir un futuro dominado por las narcodictaduras y las democracias de bandidos, haciendo finalmente ciertas las peores pesadillas de Simón Bolívar.

*Este texto se basa en las reflexiones expuestas por el autor en su libro La democracia asediada (Res Publica 2018).

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