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Publicado el 22 de septiembre, 2018

Mauricio Rojas: De la inmigración a la integración: Chile ante un debate decisivo

Director de la Cátedra Adam Smith de la UDD Mauricio Rojas
Chile tiene ante sí un gran desafío en materia de integración. La cuestión clave es si se dejará inspirar por las experiencias europeas, con su fuerte protagonismo estatal y su poderoso entramado de regulaciones legales y corporativas, o por la estadounidense, donde el empuje de la sociedad civil ha sido el elemento clave en un contexto de gran flexibilidad social, económica y laboral.
Mauricio Rojas Director de la Cátedra Adam Smith de la UDD
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La inmigración ha estado en el centro del debate durante ya un tiempo y el actual gobierno ha dado una serie de respuestas de política pública que han permitido “ordenar la casa” en esta materia. Sin embargo, aún estamos muy lejos de emprender con seriedad el debate que necesariamente debe seguir al debate migratorio. Me refiero a cómo enfrentar la integración de los recién llegados, lo que en este caso cobra especial relevancia dado el notable volumen que adquirió la migración en la década recién pasada. Según el INE, el censo de 2017 da una cifra de 746.465 inmigrantes, lo que representa un 4,35% de la población total. Sin embargo, se estima que la cifra real se ubica hoy por sobre el millón de personas.

 

Como se sabe, se trata de un asunto complejo, que implica tomar difíciles decisiones acerca de la perspectiva y la normativa adecuadas para enfrentarlo. Por ello mismo –a fin de fomentar el desarrollo de un debate amplio y serio– presento a continuación algunas reflexiones sobre las formas de encarar el tema a partir de diversas experiencias internacionales. En especial, hago hincapié en la diferencia que se observa entre el intervencionismo estatal propio del enfoque europeo y el enfoque estadounidense, donde el rol protagónico lo desempeña la sociedad civil.

 

La perspectiva europea

El debate europeo sobre “modelos de integración” ha tratado de responder a una pregunta muy precisa: ¿Cómo integrar a los inmigrantes? Es una pregunta que, por su propia formulación, determina el tipo de respuestas que se ha dado a la misma. No es una pregunta cognitiva, sino claramente normativa. Supone, además, un sujeto y un objeto. Los inmigrantes son integrados por un sujeto aparentemente indefinido pero evidente para todos: el Estado.

 

El Estado es, en esta perspectiva, el gran protagonista de un proceso que dirige mediante diversas iniciativas políticas conformadas de acuerdo a un modelo de integración determinado desde arriba, desde la esfera política y tecno-burocrática. Para lograrlo, tiene a su disposición los amplios instrumentos de intervención propios de la tradición de ingeniería social europea. Todo ello presupone, como no podía ser de otra manera en un modelo normativo, una finalidad de la acción integradora, un ideal a alcanzar, un blueprint o diseño social hacia cuya realización se deben canalizar las vidas de los objetos de la intervención pública: los inmigrantes.

 

Como se ve, una pregunta que a simple vista parecía casi inocua encierra un universo de representaciones respecto de la organización de la vida social y, sobre todo, de su relación con la esfera política y su encarnación en el aparato estatal.

 

La perspectiva estadounidense

La tradición europea, propia de sociedades históricamente nucleadas en torno a sus fuertes Estados, contrasta con una tradición como la estadounidense, tradicionalmente nucleada en torno a sus bases sociales, sus comunidades formadas originalmente por aquellos que deseaban alejarse de la presencia sofocante de los Estados europeos para poder vivir una libertad ciudadana que, desde el punto de vista del Viejo Mundo, parecía asombrosa.

 

El famoso libro de Alexis de Tocqueville La democracia en América da cuenta de ese asombro acerca de ese mundo creado desde abajo, desde la libertad individual y la fortaleza de la sociedad civil, que no solo había generado una sociedad incomparablemente más igualitaria y cohesionada, y por ello mucho más estable que las europeas, sino también la democracia moderna. Lo más sorprendente desde la perspectiva europea era que la fuerte cohesión social “americana” se basara en una diversidad autogenerada por una gran libertad ciudadana y no en una homogeneidad impuesta y tutelada por el Estado.

 

Recordar todo esto es importante para comprender por qué la pregunta central que guía la actitud y el desarrollo de los estudios estadounidenses sobre la inmigración y su incorporación a la sociedad de acogida no será ¿cómo integrar a los inmigrantes?, sino ¿cómo se integran los inmigrantes?

 

Parece casi un juego de palabras, pero esta nueva pregunta encierra, tal como la anterior, una serie de supuestos de la mayor importancia tanto sobre el sujeto de la integración como acerca de la construcción misma de la sociedad y el papel del Estado a este respecto. Pero, ante todo, cabe resaltar que no se trata ya de una pregunta de carácter normativo sino cognitivo, que busca modelos que puedan explicar la realidad y no modelos para formarla. Aspira, en suma, a saber cómo son las cosas y no cómo deberían ser.

 

Los inmigrantes se integran a sí mismos

El punto de partida es, en este caso, la idea de que los inmigrantes no son integrados, sino que se integran a sí mismos, como siempre lo han hecho en Estados Unidos, a través de sus propios esfuerzos y con el apoyo de sus comunidades y redes sociales, es decir, de la sociedad civil. Pero ello no es algo que solo valga para los inmigrantes. Toda política de integración o la ausencia de la misma, como en este caso, refleja la idea que la sociedad en cuestión tiene de sí misma: la sociedad estadounidense se autoconcibe como una sociedad hecha desde abajo, desde los individuos y la sociedad civil, y no desde arriba, desde el Estado.

 

Por ello es que en Estados Unidos hay política de inmigración, pero no política de integración: el Estado o la clase política no tiene el blueprint o modelo de la sociedad a alcanzar ya que la sociedad no es modelada, sino que “se modela” a sí misma. El Estado y la política existen para crear las mejores condiciones posibles para esa autocreación social, aquella famosa “búsqueda de la felicidad” de que habla la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, la que, en cuanto a su contenido, no está definida por el Estado sino por cada individuo, creando así una sociedad pluralista y, a la vez, cohesionada. Pluralista, por su gran libertad, y cohesionada en torno a la firme defensa del conjunto de principios, valores y normas que sustentan esa libertad.

 

La alarma europea ante la inmigración

Se trata, en suma, de dos preguntas que reflejan dos mundos o, mejor dicho, dos concepciones del mundo. Europa ha enfrentado la cuestión de la inmigración desde sus premisas históricas, es decir, desde su tortuoso pasado en búsqueda de una cohesión social impuesta desde arriba y con aspiraciones homogeneizadoras. Su diversidad fue históricamente su problema, el mar de fondo que los Estados nacionales trataron de controlar, como se dice que hizo Jerjes con el mar de los Dardanelos, a latigazos.

 

Por ello saltaron todas las alarmas ante la inmigración y su diversidad. Y de inmediato surgió una necesidad no de explicar, sino de normar; no de dejar hacer, sino de hacer. Surgieron así los “modelos de integración”, esos intentos de ordenar el “desorden” de la diversidad, que asumieron formas asimilacionistas o multiculturalistas, que en el fondo son, por sorprendente que parezca, ideas gemelas, ambas basadas en la homogeneidad impuesta y bien administrada desde arriba, ya sea de un gran colectivo o de un conjunto de pequeños colectivos, cada uno de ellos definido por su homogeneidad interna en torno a su cultura, etnicidad, religión, “raza” o lo que sea.

 

Se trata de propuestas que poco tienen que ver con la diversidad propia de una sociedad pluralista, que se basa en una multitud de asociaciones voluntarias, así como en la mezcla, la movilidad, el mestizaje, las identidades múltiples y variables o, para decirlo brevemente, en la libertad. Por ello es que Europa pudo, en su momento, bascular tan fácilmente del asimilacionismo al multiculturalismo, ya que, en el fondo, no cuestionaba su búsqueda de la homogeneidad y el orden diseñado desde arriba, aunque esto se haga creando y administrando desde el Estado mini sociedades separadas.

 

Resultados diversos

Los resultados han sido muy diversos en ambos casos. En el caso de Estados Unidos, el éxito ha sido notable en relación a la integración de generaciones y generaciones de inmigrantes que con el tiempo han logrado incorporarse a su amplia clase media. Sus herramientas privilegiadas han sido sus recursos étnicos y la solidaridad de sus comunidades para integrarse no al célebre pero inexistente “melting pot”, sino a una sociedad que transforma la diversidad original en formas más o menos perdurables de diferenciación que enriquecen el conjunto.

 

Sin embargo, Estados Unidos ha experimentado notables y persistentes problemas de integración de sus minorías étnicas que no tienen su origen en procesos de migración voluntaria, como es el caso de los afroamericanos, provenientes en su gran mayoría de una migración forzada y de la experiencia de una esclavitud que perduró en los Estados del sur de la Unión hasta la Guerra de Secesión (1861-65). También se han registrado casos problemáticos respecto de algunas minorías de origen inmigrante, especialmente entre los así llamados “hispánicos” o “latinos”, cuyas carencias de capital humano han redundado en altas tasas de marginación social y económica. Así, por ejemplo, el año 2016 el 31,6% de los latinos no tenía educación media completa, mientras que en el resto de la población la cifra era 7,3%.

 

En Europa, la vulnerabilidad laboral y la segregación cada vez más conflictiva de grandes contingentes de inmigrantes no europeos ha sido la norma. Esta compleja realidad está hoy conmocionando todo el panorama político europeo, en especial a partir de los fuertes flujos migratorios de los últimos años. Este es un inquietante desarrollo que tiene que ver no solo con fenómenos culturales, sino también con altos grados de regulación y un denso entramado sindical-corporativo que tienden a poner fuertes barreras a la incorporación laboral, y por ende social, de nuevos grupos de la población, es especial aquellos con niveles más bajos de capital humano. Ello conlleva, a su vez, una gran dependencia del asistencialismo estatal y un acceso casi exclusivo a viviendas sociales ubicadas en áreas de alta conflictividad y segregación, lo que refuerza de manera decisiva la situación de marginación y frustración que hoy afecta a tantos inmigrantes y a sus descendientes.

 

Chile ante el desafío de la integración

Chile tiene ante sí un gran desafío en materia de integración. La cuestión clave es si se dejará inspirar por las experiencias europeas, con su fuerte protagonismo estatal y su poderoso entramado de regulaciones legales y corporativas, o por la estadounidense, donde el empuje de la sociedad civil ha sido el elemento clave en un contexto de gran flexibilidad social, económica y laboral.

 

Estamos ante una disyuntiva profunda que va mucho más allá de los resultados prácticos que cada alternativa ofrece. En el fondo, se trata de dos maneras muy distintas de concebir la sociedad y de opciones valóricas que no son fáciles de compatibilizar. Por ello mismo es que se requiere de una discusión seria y de conjunto acerca del camino a tomar.

 

A mi juicio, nuestra fuente primaria de inspiración debería ser, con ciertas modificaciones, la experiencia estadounidense y su modelo de construcción social desde abajo, desde la diversidad y vitalidad de su sociedad civil. Además, esta experiencia se encuentra en mucho mayor sintonía con nuestra estructura socioeconómica y con lo que hasta ahora ha sido la tradición del país en materia migratoria, caracterizada, tal como en Estados Unidos, por una actitud preferentemente subsidiaria de parte del Estado y un fuerte protagonismo de la rica vida asociativa que ha caracterizado a muchas de nuestras colonias de inmigrantes.

 

Ello no excluye, de manera alguna, el despliegue de políticas públicas que permitan “emparejar la cancha” y fomentar la igualdad de oportunidades. Muy por el contrario, los déficits del “modelo estadounidense” apuntan justamente en esa dirección. Sin embargo, lo esencial es que estas políticas no busquen hacer del Estado el rector de la integración, al estilo europeo, sino que se orienten hacia el fortalecimiento de las iniciativas que surgen “desde abajo”, desde la sociedad civil, es decir, en este caso, de los propios inmigrantes y sus comunidades. Ello, por supuesto, dentro del marco de normas y valores que forman el sustrato común de nuestra convivencia y sobre el cual podemos edificar una diversidad que nos enriquezca y no una que nos fracture y divida.

 

 

FOTO: LEONARDO RUBILAR CHANDIA/AGENCIAUNO

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