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Publicado el 13 de junio, 2019

Mauricio Rojas: Chile: La revolución del emprendimiento

Director de la Cátedra Adam Smith de la UDD y Senior Fellow de la Fundación para el Progreso Mauricio Rojas

Que Chile lidere hoy a América Latina en términos de desarrollo no es una casualidad, sino el resultado de su apuesta institucional por una sociedad donde las personas, desde abajo, desde la sociedad civil y sus emprendimientos, son las principales protagonistas del progreso.

Mauricio Rojas Director de la Cátedra Adam Smith de la UDD y Senior Fellow de la Fundación para el Progreso
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Hay mañanas menos buenas, como la de este lunes agitada por la tromba Chahín y otros desbordes de protagonismo en la esfera política, pero hay otras que son mucho mejores, como la de este martes recién pasado, gracias a un informe del Instituto de Emprendimiento de la Universidad del Desarrollo que pone de manifiesto la que tal vez sea la revolución más importante que Chile ha experimentado en su historia: la revolución del emprendimiento o, para decirlo de otra forma, la transformación de una sociedad rutinaria, donde la mayor aspiración era ser funcionario público o empleado de por vida de una gran empresa, en una sociedad de emprendedores, donde la vida misma se plasma como una aventura creativa y el riesgo de adentrarse en lo desconocido se convierte en una poderosa pasión innovadora.

Joseph Schumpeter, el gran economista austríaco, hablaba del “espíritu emprendedor” (Unternehmensgeist) como el recurso clave para el progreso de una sociedad, definiéndolo como la disposición a “actuar con confianza más allá del horizonte de lo conocido y vencer la resistencia del entorno”. Hay sociedades que ahogan o matan el espíritu emprendedor y pagan un alto precio por ello, como son el subdesarrollo, la mediocridad y la perpetuación de la pobreza. Otras lo potencian y multiplican, creando instituciones e incentivos para que florezca, como lo hicieron las sociedades hoy desarrolladas que apostaron por la economía de mercado y el orden espontáneo que crean los individuos mediante sus decisiones libres dentro del marco del Estado de derecho.

El que Chile lidere hoy a América Latina en términos de desarrollo no es una casualidad, sino el resultado de su apuesta institucional por una sociedad donde las personas, desde abajo, desde la sociedad civil y sus emprendimientos, son las principales protagonistas del progreso. Parece arriesgado confiar más en cada uno de nosotros que en una élite de expertos y sabelotodos, en un gran hermano o un comité central de iluminados, pero la historia no deja dudas al respecto: la voluntad empoderada de los integrantes de la sociedad civil es infinitamente más poderosa y creativa que la de cualquier gran ente planificador.

Tenemos la fuerza y el impulso social suficiente para dar el salto al desarrollo, lo que nos falta es «abrir plenamente las anchas alamedas» por donde pasen los emprendedores para construir una sociedad mejor.

El Reporte Nacional Chile 2018 sobre el estado del emprendimiento en nuestro país, presentado este martes, es la prueba más fehaciente de la transformación de Chile en una sociedad de emprendedores que destaca no solo a nivel latinoamericano sino incluso mundial. Pero el informe contiene también un llamado de alerta a fortalecer ese espíritu emprendedor y crear las condiciones para su florecimiento pleno. Tenemos la fuerza y el impulso social suficiente para dar el salto al desarrollo, lo que nos falta es, parafraseando unas palabras célebres de nuestra historia política, abrir plenamente las anchas alamedas por donde pasen los emprendedores para construir una sociedad mejor.

Veamos algunos resultados del Reporte Nacional Chile 2018 que, por ser parte de un estudio mundial, el Global Entrepreneurship Monitor que abarcó a 54 países en 2018, nos permite aquilatar los logros y desafíos de nuestro país en una perspectiva global.

Nuestra mayor fortaleza comparativa es la disposición emprendedora que ha echado raíz en Chile. Las cifras son contundentes al respecto: casi la mitad (49%) de nuestra población adulta (de 18 a 64 años) no involucrada en el proceso emprendedor manifestó su intención de emprender en los próximos 3 años, superando largamente los promedios de America Latina (33%), la APEC (22%), los países de ingreso alto (18%) y la OCDE (15%). Al mismo tiempo, se constata que esta voluntad emprendedora no encuentra su correlato en la apreciación acerca de la facilidad para iniciar un emprendimiento, donde nos ubicamos por debajo de los promedios de la APEC, la OCDE y los países de ingreso alto, superando levemente al promedio latinoamericano.

Esta discrepancia es muy importante ya que subraya no solo la fuerza del impulso emprendedor a pesar de que, comparativamente, se aprecia una dificultad mayor para realizarlo, sino también la necesidad de mejorar el entorno o ecosistema del emprendimiento para darle una expresión aún más plena la disposición emprendedora de nuestra población.

Las grandes debilidades de nuestro sistema están en el capital humano básico (educación básica y secundaria), la infraestructura profesional y la transferencia de investigación y desarrollo.

Junto a la constatación de una mayor disposición a emprender, las cifras también muestran que el 76% de la población adulta considera que el emprendimiento es “una opción de carrera deseable”, lo que supera significativamente el nivel de todos los grupos de países que hemos considerado. Lo más importante es que, a pesar de las dificultades, no se trata solo de una disposición pro emprendimiento: nuestros niveles de emprendimiento naciente (0 a 3 meses) y de emprendimientos nuevos (3 a 42 meses) como porcentaje de la población adulta superan con claridad a los grupos de comparación, llegando incluso a más que doblar las cifras de la APEC, la OCDE y los países de ingresos altos. Afinando la comparación, las cifras chilenas en estas dos categorías de emprendimientos sumadas (26% de la población de 18 a 64 años en 2018, representando un fuerte aumento comparado con el 15% de 2009) es, con distancia, la más alta de la OCDE y más que triplica la de países como Italia, Alemania, Polonia, Japón, España, Francia, Grecia o Suecia.

Sin embargo, al comparar las cifras sobre emprendedores consolidados (más de 42 meses) y de emprendimientos discontinuados vemos un cuadro diferente que apunta a una discrepancia entre voluntad emprendedora y nuestra capacidad de hacerla florecer de manera más duradera. Tenemos el porcentaje más alto de emprendimientos discontinuados (lo que en parte es un resultado natural de nuestro alto nivel de emprendimientos nacientes) y uno relativamente pobre de emprendimientos establecidos o consolidados (9%), por debajo de la APEC y América Latina, pero superando a la OCDE y a los países de ingreso alto.

Pasando ahora a considerar el entorno o las condiciones del emprendimiento tenemos algunos ítems que, comparativamente, muestran fortalezas y otros que exhiben debilidades (a continuación pongo entre paréntesis la posición de Chile entre los 54 países estudiados). Fortalezas: infraestructura física (8), programas de gobierno pro emprendimiento (11), políticas públicas y regulación relativas al emprendimiento (12), políticas públicas en general (13), normas sociales y culturales (18) y educación post secundaria (21). Debilidades: infraestructura profesional (48), educación primaria y secundaria (43), dinamismo del mercado interno (41), apoyo financiero (37), apertura del mercado interno (35) y transferencia de I+D (33).

Como se ve, las fortalezas para potenciar el gran impulso emprendedor que existe en nuestra sociedad están dadas por la infraestructura física, así como el contexto político-institucional-cultural. Ello no obsta, por su puesto, para que estos aspectos se puedan mejorar, como lo indica el actual debate sobre la reforma a la reforma tributaria, en particular en lo referente a las Pymes que son el nicho natural de los nuevos emprendimientos y que requieren urgentemente de una simplificación de la maraña regulatoria existente.

A su vez, las grandes debilidades están, por una parte, en el capital humano básico (educación básica y secundaria), la infraestructura profesional (buenos proveedores, consultores y contratistas de servicios profesionales) y la transferencia de investigación y desarrollo (lo que refleja nuestro importante déficit como país en estos terrenos). Por otra parte, e igualmente grave, están las características de nuestro mercado interno, pequeño y con fuertes restricciones de ingreso, así como las dificultades de financiamiento, particularmente para inversión en nuevos proyectos. Esos son nuestros grandes cuellos de botella que están frenando o debilitando el impacto pleno de la poderosa fuerza emprendedora que hoy anida en la sociedad chilena.

Estas son algunos de los hechos más importantes que se constatan en el Reporte Nacional de Chile 2018 del Global Entrepreneurship Monitor, lectura imprescindible para todos los que aspiran a que Chile consolide aquella revolución del emprendimiento que es la única que puede hacer posible que, finalmente, nos transformemos en un país plena e integralmente desarrollado.

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