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Publicado el 18 de febrero, 2019

Martín Bruggendieck: Venezuela: Explosivo ajedrez

Filósofo y escritor Martín Bruggendieck

Las presiones contra el régimen ilegítimo de Caracas son enormes. Pero los hilos que se tiran tras bambalinas nos dejan con una sensación de escepticismo. Si Rusia desafía abiertamente a los Estados Unidos respecto de Venezuela, la crisis amenaza desgracias.

Martín Bruggendieck Filósofo y escritor
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Puede ser que la mejor caracterización de la psicopatológica crueldad ejercida por el régimen madurista-chavista venezolano provenga de una sentencia atribuida a Stalin: “Si mis ideas no coinciden con la realidad, tanto peor para la realidad”. Esta pavorosa frase y sus consecuencias se ciernen ahora sobre Venezuela, sometida al castro-comunismo y al cartelismo narco mundial, generando una situación que debiera contemplarse con la objetividad que demanda el ajedrez político global. Y bajo esa lupa, las cosas se ven críticas. La caída del chavismo (no olvidemos que la causa fundamental es el “maestro” Chávez y su “socialismo del siglo XXI”) es impulsada con gran empeño de sus reservas ideológicas por la casi totalidad de los países del llamado mundo libre. Para mayor precisión: el mundo de las democracias liberales con economías de libre mercado.

El apoyo castrista a Nicolás Maduro no ha sido únicamente ideológico (¿qué es eso, en el fondo?). Ha sido económico y bélico. Bélico para defender los intereses cubanos, económico porque sin el petróleo de Venezuela el barco castrista se hundiría de una vez. La Habana ha prestado toda suerte de “servicios” a cambio de 100 mil barriles diarios de petróleo, acumulándose tan sólo entre 2006 y 2015 un valor 26,5 mil millones de dólares. Más de 200 mil “asesores” castristas han pasado por Venezuela estos últimos 20 años. Toma y daca.

Este dato resulta insignificante al lado de las implicancias petroleras, comerciales y estratégicas de otros “amigos” del “señor Maduro”. ¿Quiénes? Pues Rusia y China, más la India y Turquía, amén de otros menores. Si sumamos, es algo así como la mitad de la población global. En septiembre de 2009, Dmitry Medvedev, entonces Presidente de Rusia, recibió así a Chávez: “Te he echado de menos…” y Chávez: “Eres mi amigo y compañero”, tras lo cual le expresó al ruso: “Aprovecho de transmitirte saludos de ‘amigos mutuos’”, entre los cuales mencionó a Muammar Gaddafi y Bashar al-Assad, agregando: “Rusia es nuevamente una superpotencia… y Venezuela es el núcleo del polo de poder en América Latina”. El pasado martes, el ministro de relaciones moscovita, Sergei Lawrow, habría advertido telefónicamente a su par norteamericano, Mike Pompeo, de “abstenerse de cualquier intervención en los asuntos internos de Venezuela, especialmente de una eventual operación militar. Señores, la ruleta está girando. Venezuela debe hoy a Rusia un mínimo de 6.500 millones de dólares. La mitad es deuda soberana a pagar al Estado ruso; la otra parte, a la petrolera estatal, Rosneft, según datos oficiales. Y si Maduro deja el poder, aunque los préstamos son al país y no a quien lo encabeza, hay una alta probabilidad de que Moscú jamás recupere los millones invertidos.

China también está altamente comprometida en el caso venezolano gracias a sus incalculables inversiones en infraestructura e industrias, controladas todas por la cúpula militar “bolivariana”. Su voto en el Consejo de Seguridad de la ONU nunca será favorable a la causa de los demócratas venezolanos en una eventual discusión sobre la crisis “madurista”. Las inversiones chinas responden en primer lugar a sentar cada vez mayor número de bases comerciales alrededor del planeta, lo que en sí no es en absoluto cuestionable. Lo que sí es reprobable es su apoyo a quien ya se viene en tildar “el genocida venezolano”. No podemos tampoco pasar por alto la afinidad marxista de fondo y las simpatías inevitables de un régimen totalitario con sus pares. Las inversiones de la República Popular oscilarían como mínimo en torno de los 50 billones de dólares. ¿Temor a perderlo todo? Guaidó se comprometió a que no sería así. Si bien las cifras no son precisamente transparentes tanto en el caso de Rusia como el de China, hay distintas investigaciones que señalan que el Gobierno ruso y el gigante petrolero Rosneft han invertido al menos 17.000 millones de dólares (casi 15.000 millones euros) en el país latinoamericano desde 2006. Aunque otros cálculos menos conservadores cifran la cantidad –la mayoría en forma de préstamos y rescates— en al menos 20.000 millones de dólares. Por otro lado, China y Rusia se cuadran ostensiblemente con el régimen chavista persiguiendo claros fines expansionistas que ponen en jaque los intereses del mundo libre. La “República Popular” lo hace no con presencia militar (o al menos no todavía), pero Rusia sí, desplegando su tecnología armamentista casi enfrente de las costas de los Estados Unidos. Ambas superpotencias bregan por adelantarse la una a la otra pero hacen causa común mientras se trate de adelantar a los Estados Unidos en un ajedrez de imprevisibles consecuencias.

Quien realmente tiene motivos de preocupación es el Presidente Donald Trump, quien una vez más debe encarar una crisis heredada del gobierno del demócrata Barack Obama, completamente indolente respecto del chavismo. Es que el “progresismo” no tiene límites a la hora de realizar sus fines políticos y también ético-sociales. China y Rusia se cuadran ostensiblemente con el régimen chavista persiguiendo fines expansionistas que ponen en jaque los intereses de aquella parte del mundo que coloca en primer lugar a libertad. Pero, hay que considerar desde ya que importantes sectores financieros mundiales han comenzado a hablar de que “en una ‘eventual’ remoción de Maduro…”. Como vemos, los esfuerzos de aquella parte del mundo que se identifica con la libertad encaran un desafío mayúsculo.

Turquía también respalda al acosado madurismo, decisión a la que subyace la simpatía totalitaria, los anhelos de establecer una base islámica en nuestro continente y, claro, el petróleo. India busca recursos y “commodities”, que Venezuela ofrece en variedad y, claro, el petróleo. Hay todavía otros países que apoyan a la dictadura venezolana, esperando sacar cuentas alegres. Por otra parte vemos que los partidarios de una salida negociaciada entre el ilegítimo gobierno de Caracas y el presidente interino, Juan Guaidó, se cuentan con los dedos de una mano: México y Uruguay en nuestro continente y otros, europeos, de menos peso relativo. La Unión Europea se muestra cauta, como siempre a la hora de sacar las castañas del fuego.

El mayor de los desafíos lo enfrentamos en nuestra América. La democracia liberal ha logrado imponerse paulatinamente en nuestros países, deponiendo a los representantes del “progresismo”, que en la mayoría de los casos no han sembrado más que pobreza y corrupción. Nuestro desafío es gigante: a excepción de Bolivia (no podía ser menos) y Nicaragua, presentamos un frente de admirable cohesión. Los planteamientos de los presidentes de Brasil, Jair Bolsonaro, y de Colombia, Iván Duque, han abierto una brecha en el estatus quo. Han permitido la instalación de depósitos de recursos humanitarios en sus fronteras con Venezuela, custodiándolos militarmente. Las presiones contra el régimen ilegítimo de Caracas son enormes. Pero los hilos que se tiran tras bambalinas nos dejan con una sensación de escepticismo. Si Rusia desafía abiertamente a los Estados Unidos respecto de Venezuela, la crisis amenaza desgracias.

Abundan las fuentes que estiman posible una salida por las armas, incluso su necesidad. Quienes llaman a la paz y a la cordura, defendiendo una salida democrática, están en vilo. El Presidente colombiano, Iván Duque, ha dejado abierta la posibilidad de ofrecer a Washington bases de operación militar en su territorio. Entrevistado el pasado martes a propósito de este ofrecimiento, declaró: “El mundo debe abrir los ojos y ver lo que sucede en Venezuela. Hay que tomar todas las medidas posibles para poner fin al genocidio provocado por la dictadura”.

Martín Bruggendieck es filósofo, escritor y traductor

 

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