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Publicado el 14 de enero, 2019

Martín Bruggendieck: Globalización y la www

Filósofo y escritor Martín Bruggendieck
Con el advenimiento de la nueva tecnología de las comunicaciones y su popularización ya no hay “nichos de tranquilidad” ni sucesos sin consecuencias. La instantaneidad de la información vino no sólo para quedarse, sino para inaugurar la mayor transformación de la sociedad humana en general desde la era industrial, acaso no antes.
Martín Bruggendieck Filósofo y escritor
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Si la historia contemporánea posterior a la gran guerra de Hitler deja una lección, esta es que debe ser entendida como el progresivo despliegue de una red global que vincula entre sí todos los acontecimientos políticos, sociales, culturales y económicos, incluso los más nimios. Con el advenimiento de la nueva tecnología de las comunicaciones y su popularización ya no hay “nichos de tranquilidad” ni sucesos sin consecuencias. La instantaneidad de la información vino no sólo para quedarse, sino para inaugurar la mayor transformación de la sociedad humana en general desde la era industrial, acaso no antes.

Fue ya en los pasados años 70 que el controvertido biólogo y multifacético pensador británico Rupert Sheldrake afirmó que el batir de las alas de una mariposa en un rincón de la Amazonía repercutía sin más en el archipiélago japonés, o donde fuera. La actual interdependencia política y económica global es un hecho nunca antes observado, puesto que la forma en que los grandes imperios históricos del pasado se concebían a sí mismos como “globales” era directamente proporcional a su desconocimiento de lo que eventualmente sospechaban podría haber allende sus fronteras. Persia o Roma o China eran “mundos” cerrados sobre sí mismos. Hoy, teniendo en la conciencia la subyugante fotografía del planeta Tierra desde el espacio sideral, la inteligencia humana ha podido desplazar las fronteras hasta dónde alcanzan los observatorios y las sondas espaciales que nos enorgullecen, o hasta donde permiten los aún rudimentarios anticipos de la inteligencia artificial que, por cierto, aportan todos a la configuración de una nueva globalidad, que a semejanza de las imperiales antiguas está también sujeta al ir y venir de los juegos de poder humanos.

En este contexto no parece exagerado afirmar que el ocaso de la civilización europea propiamente tal sobrevino por la incapacidad de sus pueblos de reconocer oportunamente las transformaciones que con el inicio de la era industrial no podían menos que llevar a una futura interdependencia global, hecho en que indudablemente pesó la prevalencia de una engañosa política continental, de estructura rígida e incapacidad de futuro, decantada en tratados y acuerdos de defensa mutua, o en una dudosa solidaridad entre las por entonces “casas reinantes”, caracterizadas por su endogamia y las alianzas de sangre al modo tribal. Con todo, esa rígida estructura presagiaba lo que sobrevendría. En 1914 las alianzas ya no eran únicamente intra-europeas, sino que vía el expansionismo colonial proyectaban sus intereses por todo el globo. Concluida la gran catástrofe de la primera guerra global, derribados los estamentos dirigentes, invertidos la mayoría de los valores tradicionales, se aceleraron cambios todavía insuficientemente comprendidos.

Apenas algo más de una década después de concluida la gran conflagración, Hitler lanzó su carrera de sumo sacerdote de las “reivindicaciones populares” surgidas en el seno del gran perdedor de la primera guerra global: la esfera germano-parlante. La segunda guerra global selló aún más profundamente la derrota de dicha esfera, derrota que también trajo un terrible castigo moral,  y si bien el relato es conocido, la sana distancia que confiere el correr del tiempo permite observar que de aquella espantosa guerra surgió  una mitología política -y moral- que construyó artificiosamente un nuevo mundo falsamente monolítico, en que los dos grandes vencedores se repartieron el globo generando una estabilidad fría y estéril, sólo amenazada por las llamadas “guerras delegadas” (proxy wars), escaramuzas en comparación con lo aprendido hasta 1945.

Los postreros esfuerzos europeos por rescatarse cultural, política y económicamente, liderados por Adenauer y De Gaulle, que finalmente redundaron en el establecimiento de la UE, parecen ahora presos del marasmo y la confusión. La ideología que los animó inicialmente parece esfumada. La crisis política alemana, los dolores de cabeza de Francia, los aleteos de Gran Bretaña intentando zafar de la trampa paneuropea, las nuevas tendencias políticas, los todavía incalculables problemas emanados de la inmigración islámica, etc. parecen todos confirmar lo que Oswald Spengler vaticinó a comienzos del siglo pasado: la decadencia de Occidente. Pero, como desde hace un tiempo habitamos un mundo cada vez más global, estos temblores y erupciones desde las profundidades se han proyectado sin excepciones por la superficie de nuestro azul planeta. Sus réplicas cambiaron la forma de contemplarnos: sencillamente ya no es la misma que hace 30 años. No hace falta entrar en detalles. Lo que sí urge es intentar una aproximación al tablero donde todos, o casi todos, pretenden mover sus fichas geopolíticas. Y esas fichas son desplazadas sobre un mapa determinado por las postrimerías de la guerra desatada por Hitler: no olvidemos la Conferencia de Bretton-Woods en el marco de la también recién creada ONU, la “reorganización política” del Oriente Medio, el desastre de la descolonización de África o del sudeste asiático, el guerrillerismo financiado por la ex URSS, etc.

El mundo de las claridades, del “yo acá, tú allá”, se derrumbó implacablemente con el fin del comunismo internacional como modelo de desarrollo humano. Y es sólo natural consecuencia de una “nueva visión de las cosas”. La guerra fría acarreó un desarrollo armamentista más allá de todo lo imaginable, hasta el punto de llegar nada menos que al concepto de “destrucción mutua asegurada” (“MAD”, por su sigla en inglés). Hoy, las superpotencias de antaño optan por vender casi toda su producción armamentista a “clientes” -quizás más que a sus propias fuerzas militares (salvo el material nuclear, claro). Las estadísticas están en la Web. Y esas armas, incluyendo las aéreas más sofisticadas, se emplean en un sinnúmero de conflictos alrededor del globo. Si bien hay un número de guerras por delegación -otra vez las proxy wars– también hay guerras por causas difíciles de entender en términos globales. Es que la globalización está saturada de baches y de zonas oscuras. Y también ha sido campo de juego para una de las más sorprendentes paradojas de este tiempo: la izquierda mundial, de ser enemiga acérrima de la “globalización”, acusándola de querer imponer el “neoliberalismo económico”, repentinamente pasó a ser acérrima partidaria de ella, defendiendo a ultranza la libertad de comercio para atacar con saña al “nacionalismo”, al que fustiga con toda suerte de adjetivos y descalificaciones. Palos porque bogas y porque no bogas.

El comercio internacional global, buque insignia de una “globalización”, es regido por y está sustentado en toda una gama de acuerdos y convenios, comerciales y de transferencia de saber hacer, ha sido ahora puesto en entredicho por una de las antiguas grandes potencias, acusándola de favorecer la cooptación de la tecnología de punta. Pero no sólo por ella. También otros países, como Japón, observan con justificada preocupación cómo la asistencia tecnológica y la transferencia del conocimiento científico han deslindado en una primero sigilosa y luego franca sustracción del saber hacer científico y tecnológico. He ahí el problema, la manzana de la discordia: esos países, habiendo ofrecido inicialmente su “mano de obra barata”, ahora minan decididamente las capacidades comerciales de sus “benefactores”. Esta situación ha reavivado la “guerra comercial”, esa antigua guerra cuyo penúltimo capítulo había sido el enfrentamiento comercial-industrial mundial entre la Alemania de Bismarck y el Reino Unido a finales del siglo 19.

Y bien, la “globalización”, la “guerra comercial” y otros frutos de la competencia entre los humanos giran hoy principalmente en torno de la alta tecnología, la Internet, la “carrera espacial” (con la sorpresa de los chinos explorando the dark side of the moon), el desarrollo farmacéutico y la industria alimentaria. Sin duda y por su inmediatez, el desarrollo de la Web y todo lo relacionado con ésta llevan la delantera en materia de publicidad. Esta “red global”, con sus casi ilimitadas posibilidades, ha dado forma a un mundo que deja irremediablemente atónito. Puede ser tan decisiva como lo fue pasar del tronco redondeado a la rueda con eje, que en definitiva también cambió al mundo ¡y cómo! Todo esto puede ser desechado como lugar común, aunque el sentido común nos dice que nunca se meditará lo suficiente sobre ello, puesto que desecharlo para seguir durmiendo sería equivalente de perder el vuelo cuando al otro lado del mar aguarda la clave del futuro. La “red” puede ser considerada como una alegoría de las redes que con sutil entramado comenzaron a envolver el quehacer intelectual, social, económico y político a partir de los años 70 del siglo recién pasado. Y tal vez desde antes, si ponderamos las “internacionales” marxistas o los sistemas de defensa del mundo desarrollado.

Hoy, las “guaguas de pecho” manejan con asombrosa pericia los teclados de nuestros “gadgets” electrónicos y apenas destetadas perciben que están “en red”. Sí, la Internet no es una entelequia que flota allá arriba en algún sitio; no, es la realidad en que nos movemos, en que realizamos nuestra vida, mal o bien, eso es cosa de cada uno. La sociología se devana los sesos buscando entregar una explicación, la economía en cuadrar los haberes con los deberes, la política en asegurar cuotas de un poder más bien ficticio, o al menos malentendido. La www y las numerosas subredes que la conforman han socializado en 20 años una visión completamente nueva de lo que suele llamarse “la realidad”. Dejo para más adelante un análisis del poder bélico y las formas que adoptarán las guerras. Por ahora, sólo adelantar una de las máximas del filósofo y estratega militar chino del siglo V a.C., Sun Tzu, cuya extensa obra “El arte de la guerra” advierte: “Las armas son instrumentos de mala suerte; emplearlas por mucho tiempo producirá calamidades

Las crisis políticas cotidianas proceden de una falta de asentamiento del nuevo suelo global. Si entre la URSS y los Estados Unidos las cosas estaban relativamente asentadas, haciendo posible películas de James Bond y otros thrillers para quitarnos de encima el fantasma de la gran bomba, ese paradigma se cayó junto con el muro, alegoría del fracaso de una forma de concebir al ser humano. Esa caída separó globalmente las aguas no ya en capitalismo o socialismo, sino que en pasado o presente –un presente con miras a un futuro. Es de esperar que las humanas ambiciones no estropeen ese asentamiento, provocando megacolapsos aún desconocidos. Los cambios de este tiempo van en serio, son abismales y se pueden inferir de los titulares que a cada instante ofrece el periodismo mundial. Y los riesgos -como las ambiciones- son inmensos.

A la antigua fábula del oso y el águila compartiendo la tierra tenemos que darle una nueva moraleja: en palabra de los clásicos antiguos: “así se acaba la gloria de este mundo”. Los tiempos inmediatamente posteriores a la caída del “muro” fueron de inmensa algarabía en Occidente, mientras el oso ruso se vio muy menoscabado y debió permanecer por más de un invierno en su caverna. La democracia, esa organización de la convivencia que honramos los occidentales, recibió oportunos vientos en popa y nada presagiaba que las guerras y hambrunas, las ideologías revolucionarias de todo tinte y el desenfado general ante la vida en otras regiones del globo iban a convertir el buen navegar en mareo. Y de esta circunstancia no escapa ninguna nación. Lo que sucede, es que sencillamente lo que pasa allá también está pasando o pasará enseguida acá, o a la inversa. Esta cuasi instantaneidad y el consiguiente paralelismo de los sucesos es la causa de la presente volatilidad económica, social, filosófica, religiosa y de lo que usted quiera. Vivimos, todos los que tenemos cinco sentidos, en un estado de aplastante levedad, de inseguridad, de escepticismo y de confusión.

Es fácil juzgar a Putin, Trump, Macron o Xi y a todos los que usted quiera sumar. Es casi increíblemente fácil. Ellos, los dirigentes políticos emblemáticos que orientan nuestra percepción de la globalidad política, son algunos de los nudos de la gran red que ahora con múltiples luces LED nos revelan los puntos que se ven parpadeando segundo a segundo en el gran tablero: el del ajedrez político global (y también nacional y -¿por qué no?- individual). Si logramos ver este acontecer permanente “a ojo de dron” tal vez entendamos mejor qué buscan Putin en Ucrania, o Trump al anunciar el retiro de los norteamericanos de Siria, o Xi cuando construye el “nuevo camino de la seda”. Hay, qué duda, otras individualidades significativas, bastantes, incluso. Muchas en vías del ocaso, como Merkel, Macron, May (¡está por verse!), las izquierdas europeas en general, mientras surgen otras con ímpetu creciente: Narendra Mori, Bolsonaro. Vale constatar que salvo Abraham Lincoln, no se recuerda otro presidente de los Estados Unidos más vilipendiado, denostado y “perseguido” que Trump (Nixon sería un mal tertium comparationis). Salvo Stalin, ningún otro gobernante ruso ha causado tanta inquietud global como Putin. Y ¿qué quiere Xi que no quiso Deng? Los tres encabezan la lista de quienes buscan situarse en la cima del sistema global. Cada uno opera con miras a quebrar el estatus quo que nos mantiene “globalmente ansiosos”, para su propio triunfo, qué duda. Los tres son pasto de las llamas de la “nueva conectividad” instaurada por la web, los tres bregan por ganar su mano y todos parecen tenernos al borde del trip de horror de una nueva guerra global. Nada da pie a negar la íntima correlación entre la globalización y la red de redes. Los dolores de la globalización causan toda suerte de reacciones, pasto, nuevamente, de las llamas de la Red. El mundo es constantemente advertido de la injerencia de Google en las vidas privadas y en las públicas. Sobran las advertencias catastrofistas, las comparaciones con la literatura de Orwell, las profecías distópicas y los elogios alternando con interdicción de las plataformas de comunicación social y oleadas de desesperanza. ¿Fake news? ¿Manipuleos de los servicios de inteligencia? De todo eso y mucho más.

Lo por ahora más apremiante es cómo encaramos, tanto personal como públicamente, semejante carga de estrés, desorientación y dudas. Y cómo enfrentaremos nosotros, los peones en el tablero, los que anhelamos el “pleno desarrollo” y miramos con aprensión sucesos que escapan de nuestro control, capaces de destruir nuestras economías hiperdependientes, nuestras instituciones políticas, educacionales e, incluso, religiosas, unas circunstancias que tal vez sólo ofrezcan la esperanza de que se cumpla el viejo refrán de siempre: “después del caos, emerge el orden”.

Martín Bruggendieck es filósofo, escritor y traductor

 

 

 

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