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Publicado el 22 agosto, 2020

Martín Bruggendieck: ¿Estados Unidos o China? Dilema universal y encrucijada para Chile

Filósofo y escritor Martín Bruggendieck

En la actual confrontación, nuestro ADN cultural y nuestra idiosincrasia nos inclinarán hacia la potencia norteamericana. Pero en materia de intercambio comercial y el consiguiente aumento del bienestar económico del país, todo parece apuntar hacia la región del Asia-Pacífico, antes que nada a China y con cierto grado de optimismo hacia la cada vez más interesante India.

Martín Bruggendieck Filósofo y escritor
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¿Y ahora qué? Esta pregunta asaltará a varios miles de millones de seres humanos en los próximos 12 meses. Con acopio de suerte, la pandemia habrá cedido en ese plazo, aunque su erradicación está en duda, incluso para los más optimistas. A semejante incertidumbre viene a sumarse la probabilidad de nuevas oleadas insurreccionales alrededor del mundo, pues el diagnóstico coincidente de numerosos observadores es que abundan los ansiosos por volver a las calles en todos los continentes, menos uno: los hielos de la Antártica no se avienen con los termocéfalos.

La pandemia habrá concedido un intermezzo, pero sus consecuencias para el paradigma civilizatorio contemporáneo no podrán ser más que desastrosas. El orden político republicano, los cuerpos de leyes, las instituciones, el mercado, el capital, el estado de derecho, las legislaciones sociales, el pasado y presente político, la religión, etc., conforman un sistema al que en el fondo adhieren casi todos los mortales, aunque sea de modo inconsciente. Este sistema paradigmático universal, ahora apestado, será masivamente revisado, especialmente por los miles de millones que buscarán chivos expiatorios o una tribuna en donde llorar sus infortunios. Los fundamentos de la sociedad moderna o “postmoderna” han sido remecidos, generando alarmantes comparaciones con las postrimerías de la segunda guerra mundial. Por otro lado y a pesar del pesimismo reinante, veremos que las reservas de pensamiento positivo sabrán descubrir un abanico de oportunidades y nuevos modelos de avance humano. Todavía queda aliento para una buena jugada en la mesa de la vida. Habrá quienes aprendieron de todos estos sucesos. Y también habrá grandes escollos al acercarnos a la esfera de la “guerra comercial” entre los Estados Unidos de Norteamérica y la República Popular China. Factores todos que habrá que contemplar al responder la interrogante del “ahora qué”.

Ambas superpotencias tienen considerables intereses en América Latina y no pocos en Chile. En fechas no demasiado lejanas nuestro país pudo abrirse laboriosamente paso hacia la lejana Asia, tanto a nivel de intercambio comercial como cultural, logrando lo que tanto anhelaba Hernando de Magallanes, quien se afanó en buscar el “paso” que le permitiera llegar a los países de Oriente, por entonces tan a menudo fabulados. Y uno de esos países era China, hoy nuestro principal socio comercial.

En la actual confrontación entre China y los Estados Unidos, nuestro ADN cultural y nuestra idiosincrasia nos inclinarán hacia la potencia norteamericana. Pero en materia de intercambio comercial y el consiguiente aumento del bienestar económico del país todo parece apuntar hacia la región del Asia-Pacífico, antes que nada a China y con cierto grado de optimismo hacia la cada vez más interesante India y los países del sudeste asiático en general, naciones todas con economías crecientemente abiertas y convicción económica capitalista a pesar de sus sistemas de partido único. Esto naturalmente instala un dilema que se podría convertir en rompecabezas: la parcialidad en una u otra dirección es riesgosa. La clave reside sin duda en el mercado, sí, en el vilipendiado mercado, que podría alzarse como árbitro y salvar la situación. El recientemente aprobado proyecto de un tendido de fibra óptica hacia Nueva Zelanda y Australia con futura proyección hacia China revela un manejo loable en materia de independencia política.

Una guerra cultural

El prudente manejo del intercambio comercial como factor de independencia político-ideológica constituye todo un arte: el comercio, ese comercio que hace tres milenios impulsó a los fenicios desde las costas cananeas -que al presente pertenecen al zamarreado Líbano- hasta Gibraltar y más allá, colonizando España y el norte africano, donde fundaron la poderosa Cartago, pronto desataron el entusiasmo de todas las culturas mediterráneas por participar en ese mercado, suscitando, como es sólo normal, una feroz competencia en el mar y en las costas, no pocas veces zanjada por la espada. Esto es parte de los fundamentos del desarrollo de lo que se conoce como “Occidente”. Mientras las galeras fenicias y pronto las griegas navegaban el Mediterráneo, el hoy llamado “Mar del Sur de la China” era surcado por cientos de sampanes o juncos chinos impulsados por el viento hacia India, Indonesia y el sudeste asiático para regresar con las ganancias de sus inversiones comerciales. Al igual que los fenicios, conocían muy bien el valor de las monedas que llenaban sus arcas y cabría pensar que ambos también comenzaron a utilizarlas como valor de cambio en fechas relativamente similares; en las costas y las ciudades del Mediterráneo pulularon cambistas y especuladores de diversas nacionalidades (instalados incluso en el Templo de Jerusalén, como sabemos). El comercio bullía, las galeras se disputaban los puertos y nuestra civilización crecía. El comercio determinaba lo que podría valer cada nación y cada potencia.

Y ese valor es lo que precisamente subyace a la disputa sino-estadounidense. La “guerra” entre ambas superpotencias no es únicamente comercial. Tanto chinos como estadounidenses son también potencias culturales y el peso gravitante de la civilización y la cultura recae, por ahora, en U.S.A. La incalculable riqueza que han amasado a lo largo de siglos una y, desde hace unos cinco mil años, la otra, les ha permitido establecerse en el terreno del gran poder. Y como es de antigua ciencia, ese poder se disputa pero no se comparte. Ambas potencias atraviesan algo que en este momento llamaría “comas” de inflexión, unas comas que sí podrían convertirse en graves puntos de inflexión: las elecciones en Estados Unidos y las reformas económicas del Presidente Xi en China traerán nuevas perspectivas y medirán los respectivos éxitos. La opinión prevalente en Estados Unidos es que el Presidente Trump ofrece una mejor opción de contener a China que el candidato Biden; en Pekín cruzan dedos para la caída de Trump. Pero hay un tercer interesado en esta partida: Rusia apoya a Trump, lo que señaliza que su posición es antagónica con China.

Las fichas se desplazan. Hay también otros candidatos a “grandes”: India, los estados árabes petroleros con sus inacabables reservas monetarias, y Brasil. También Irán levanta la voz, pero apuesta a la “neutralidad” a la hora de reconocer simpatías hacia los “mayores”. Sin embargo, sus sempiternas invectivas contra Estados Unidos son proverbiales y no cesan desde los días de Jomeini. Esta neutralidad iraní y sus resultados no deben perderse de vista. La neutralidad puede fácilmente convertirse en insoportable show. Estamos en la era de los fake de todo tipo. El periodista iraní Shirzad Abdolahi advertía a los líderes de su país en un artículo publicado en el diario Hamdeli de Teherán bajo el título ¿Se convertirá Irán en una colonia china?: “Las sonrisas de los chinos y los rusos son tan dañinas y destructivas para Irán como el ceño fruncido de Trump”.

La economía estadounidense es relativamente conocida para nosotros, aunque es posible que muchos ignoren, por ejemplo, qué es el FED y quién lo maneja. El modelo norteamericano, sus altibajos, sus expansiones por el mundo, sus crisis, etc., son demás sabidas en nuestro hemisferio. De modo que centraremos lo que sigue en el análisis de lo relevante respecto de China, nuestro principal socio comercial, tan lejano y cada vez más presente.

El “colonialismo” chino

Las opiniones en torno de la expansión china son variadas. Muchas voces advierten del “colonialismo chino”. Y no es de extrañar.  Está fuera de toda duda que China, Rusia, EE.UU., Europa y todos los países de peso persiguen sus propios intereses nacionales a la hora de relacionarse con los demás, siendo Irán un útil ejemplo al caso. Este país acapara titulares desde hace décadas y no deja de evocar conflicto, fanatismo, teocracia y ocasionalmente los aromas de su antigua corte y que ahora se ha transformado en asiduo cliente de China, que le financia especialmente infraestructura. Hay filtraciones no del todo seguras, pero cuando el río suena… revela que ambos países habrían firmado un acuerdo secreto de 25 años de duración, que más bien parece un tratado colonial, pues garantizaría a China derechos importantes sobre los recursos iraníes. La información filtrada dice que uno de los términos estipula que China invertirá cerca de 400.000 millones de dólares en la industria petrolera, gasística y petroquímica de Irán; a cambio, el gigante asiático tendría prioridad en cualquier nuevo proyecto iraní relacionado con esos sectores. Se estima que, en total, China obtendrá de Irán suministros petroleros con un 32% de descuento total sobre el precio de mercado. El acuerdo también tiene una dimensión militar: China destinaría 5.000 hombres de sus fuerzas de seguridad a Irán.

Así como los fenicios hace unos tres mil años, los chinos buscan tesoneramente crear mercados para sus productos y de ese modo levantar más allá de lo imaginable el bienestar de su pueblo. El éxito en el mercado genera un imperativo: expansión sostenida. La alternativa es una decadencia insalvable. Tal también en la política. El presidente Trump actúa frente a China con la habilidad propia de un hombre de negocios de Nueva York. La idea es limitarle el mercado a China y evitar que usufructúe de la copia de patentes extranjeras, es decir de una competencia desleal.  Y esta idea fortalece al resto de las economías importantes. La tarea parece ser evitar que el monopolio chino, que no debe olvidarse es consecuencia del vuelco ideológico del líder post-maoísta Deng Xiaopig, quien se dio cuenta de que únicamente un sistema económico basado de preferencia en el capital privado sacaría adelante a sus mil y tantos millones de ciudadanos. Puso manos a la obra de generar capital convirtiendo a China en una armaduría y también fábrica secundaria basadas en la mano de obra barata para las grandes empresas occidentales, especialmente aquellas dedicadas a la computación, los bienes de consumo y la industria pesada. Los chinos aprendieron en el curso de 30 años de trabajo seguro pero de ingreso correspondiente a quienes salen de la miseria, que el desarrollo económico es imposible sin la empresa privada, por lo que aceptaron el capitalismo “público-privado” y, como sabemos, este acto los ha llamado a estar a un paso de convertirse en la mayor potencia económica del orbe. Pero, como a la riqueza creciente hay que protegerla y defenderla, los chinos no tardarán en postularse como la nación mejor armada del planeta. La política del presidente Trump es correcta si apuntamos al objetivo de mantener un mercado que sea garantía de libertad.

Como era de esperar, no faltan quienes argumentan que el aporte de capital sumado a los créditos baratos que China ofrece especialmente a los países de África, América latina y el Oriente medio, además de las gigantescas inversiones que hace en todas partes (especialmente en países con interesantes reservas minerales y petroleras), aportando know how y tecnología, debiera darnos aliento para un compromiso creciente con la potencia asiática. Sin embargo, pocos son aquellos que observan y evalúan el riesgo que implica el despliegue del “manto protector” que China extiende a los cuatro vientos. Los Estados Unidos prevalecen como primera potencia económica del mundo más o menos a partir del momento en que superaron las grandes crisis de la década de 1920, pero al presente la decisión de la actual administración estadounidense de “replegarse” es acusada urbi et orbi y en los más exagerados términos de querer destruir la globalización y las agencias internacionales. En este contexto, también sería bueno preguntarse por qué los EE.UU. deben concurrir a buena parte de los organismos internacionales con desembolsos a menudo más altos que el de todas sus contrapartes sumadas. Del mismo modo sería ejemplo de seriedad preguntarse por qué ese país debe aceptar que China invada el mundo con productos que son mayoritariamente copia de productos ideados, desarrollados y fabricados en las grandes y medianas potencias occidentales, del Oriente medio y del Asia, casi todas aliadas de Washington, por costumbre a precios muy inferiores que sus originales.

La situación es demasiado compleja para evaluaciones fallidas y decisiones erradas. No malquistarse con los “grandes” que compiten por nuestro apoyo, por nuestra parcialidad en su favor, es un arte delicado y sutil. Pronto se aclarará lo relativo a las reformas económicas encaminadas por el presidente Xi y su repercusión tanto económica como política en los planos nacional e internacional. En noviembre tendremos el resultado de las elecciones estadounidenses. Todo esto al alero de una pandemia que, salvo que Dios no quiera, podrá ser controlada antes de este fin de año en su peor expresión. Nosotros enfrentamos una cadena de votaciones que pueden alterar bastante las seguridades que dábamos por descontadas hace un año. La clase política chilena haría bien en ponerse antenas para sintonizar lo que acontece mundialmente. Habrá interesantes definiciones que tomar; una de ellas toca a la más avanzada tecnología de las comunicaciones, la llamada “5G”. Es de esperar que mande la sabiduría. La capacidad política de la equidistancia.

Martín Bruggendieck es filósofo y escritor.

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