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Publicado el 27 de octubre, 2019

Martín Bruggendieck: Esa escurridiza felicidad

Filósofo y escritor Martín Bruggendieck

Después de lo vivido en estos “días negros” solamente caben dos hipótesis: o somos todos unos hipócritas sumidos en la más profunda enajenación, o el fracaso de las encuestas es definitivo.

Martín Bruggendieck Filósofo y escritor
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“Todos los mortales andan en busca de la felicidad, señal de que ninguno la tiene”. (Baltazar Gracián)

El Presidente Sebastián Piñera ha debido enfrentar dos megaterremotos. Días antes de su primera investidura, Chile central cayó literalmente en pedazos. Los esfuerzos de reconstrucción realizados en el curso de los cuatro años de su primer gobierno nunca fueron debidamente reconocidos. ¿Insistirán las fuerzas políticas contrarias en repetir semejante conducta tras el terremoto social y la “reconstrucción” necesaria tras la debacle de este “octubre negro”? ¡Por supuesto que sí!

Por cierto, ha pasado mucha historia por el Mapocho desde aquel terremoto natural. El cada vez más acelerado torrente de malestar que ha invadido el mundo demanda nuevas alertas, nuevas definiciones políticas, nuevos rostros en el mando. Una nueva conciencia de los intrincados tejidos políticos y económicos. Derechas e izquierdas de todo el orbe no se muestran a la altura de los desafíos. Se ha hecho patente la crisis de las élites, la crisis de la racionalidad en la gobernanza, la supuración de heridas sociales cada vez más profundas. ¡Terreno fértil para explosiones! Aguas turbulentas para los que creen en ganancias a partir del caos.

Hoy tan sólo un 57,7% de los latinoamericanos confía en la democracia. En 2010, la cifra superaba el 68%. Sólo un 39,6% se muestra satisfecho con ella. Un porcentaje similar (una minoría, en realidad) considera que sus derechos básicos están protegidos y que la “justicia” puede garantizarles un juicio justo. Los datos, desvelados este martes 15 por el Barómetro de las Américas, ayudan a entender de dónde emana la inestabilidad regional. La degradación de la confianza en el sistema democrático es un denominador común a todo Occidente, pero adquiere una forma particularmente consecuente en la América latina por la polarización estructural característica de sociedades profundamente desiguales con acceso asimétrico al poder, y élites capaces de capturar los resortes del mismo con distintos vehículos ideológicos. De hecho, la mayoría de los proyectos que en años recientes llegaron con agendas de cambio o ampliación de la base del sistema han terminado por caer en la lógica de la captura elitista, desde Venezuela a Brasil. Y los enfrentamientos entre unas élites supuestamente ilustradas y debidamente preparadas han abierto abismos respecto de las mayorías que pretenden gobernar. En este contexto, la prioridad política de que ganen “los propios” contra “los enemigos” es superior a cualquier otra, incluida la preservación de las instituciones que garantizan el pluralismo. Las élites que proponen el mercado como vehículo de “progreso” esgrimen las encuestas de todo orden como vehículo de interpretación de la realidad, por cuestionable que sea toda definición de esta última. Las élites ideológicas de corte socialista, por otra parte, detractoras de la filosofía política basada en la economía de mercado y el estado de derecho de corte liberal, adolecen de una carencia estructural arraigada en el derrumbe de su capital ideológico y su deficiente interpretación de los cambios acarreados por la llamada cuarta revolución industrial. Este vacío ha sido campo fértil para una rebeldía social desorientada que tan sólo puede decantarse en la anarquía.

Faltan evidencias de largo plazo que vinculen directamente a la riqueza con la felicidad.

Las encuestas fracasan en forma creciente. Las tablas de medición del desenvolvimiento económico tambalean. Hablar, por ejemplo, de la tasa media de inflación en América Latina incluyendo a Venezuela ya no tiene sentido porque hacerlo arroja un resultado absurdo: una media de más del 50.000% dado que el año pasado la hiperinflación venezolana superó el 1.000.000%, según el Fondo Monetario Internacional (FMI). La apelación permanente a un progreso económico basado en índices de productividad es incapaz de convencer.

Tanto en América latina como en la mayoría de los países del orbe rigen variadas definiciones de democracia, pero todas ellas presuponen unos mínimos sociales para poder existir: respeto a la vida, condiciones materiales básicas que proporcionen una subsistencia digna, una estructura social equitativa que amplíe el concepto de ciudadanía para todos. Pobreza, violencia, desigualdad y apropiación del Estado por élites son enemigos mortales de la democracia. Según los datos del Fórum Brasileño de Seguridad Pública, durante los últimos años los homicidios en Brasil no bajan de los 60.000 anuales. La Comisión Económica para América Latina (Cepal) señala que, en 2017, el 35% de los bolivianos eran pobres y 16,4% se situaban por debajo de la línea de la extrema pobreza. La región latinoamericana continúa batiendo índices de desigualdad: por ejemplo, los datos del Banco Mundial de 2018 muestran un coeficiente Gini en Colombia de 50,8. Estas matemáticas terribles son incompatibles con una democracia de mínimos que trate a todos los latinoamericanos como sujetos de pleno derecho. Chile parecía sobresalir en este marasmo de infelicidad.

Hasta aquí hemos hablado por boca de lugares comunes, si bien estos lugares son más cercanos a la sabiduría de lo que solemos pensar. Entremos por tanto a lo que considero el más importante de los lugares comunes, aunque por ello no menos volátil y difícil de definir: la felicidad.

El resultado de recientes encuestas sobre la felicidad en nuestro país revela, supuestamente, la llamativa felicidad de nuestros compatriotas, su satisfacción profesional y la dicha de su vida familiar. Después de lo vivido en estos “días negros” solamente caben dos hipótesis: o somos todos unos hipócritas sumidos en la más profunda enajenación, o el fracaso de las encuestas es definitivo.     

¿Se vuelven más felices las personas al volverse más “ricas”? Así parecen creer la mayoría de los gobiernos, al menos cuando observamos su insistencia en el PIB anual. Sin embargo, faltan evidencias de largo plazo que vinculen directamente a la riqueza con la felicidad. Por otra parte, toda medición del bienestar material abunda en problemas, ya que la evaluación de la felicidad individual es un factor absolutamente subjetivo.

Suele definirse la felicidad como el “estado de ánimo de la persona que se siente plenamente satisfecha por gozar de lo que desea o por disfrutar de algo bueno”; otra aproximación sería que “felicidad es una emoción que se produce en un ser sensible cuando cree haber alcanzado una meta anhelada”. Por lo contrario, las personas que no sienten ningún grado de felicidad y muestran un enfoque del medio negativo, sintiéndose frustradas con el desarrollo de su vida, atribuyen la culpa al resto de la sociedad con la que conviven. Al decir de Aristóteles, todos estamos de acuerdo en que queremos ser felices, pero en cuanto intentamos aclarar cómo podemos serlo empiezan las discrepancias. El tópico felicidad fue desde siempre un asunto clave en toda reflexión filosófica. Aristóteles nos dice que ser feliz es autorrealizarse, alcanzar las metas propias de una persona humana. Epicuro, por otra parte, afirma que ser feliz es experimentar placer intelectual y físico y conseguir evitar el sufrimiento mental y físico, postura que hoy se define como “hedonismo”. Hay un desacuerdo fundamental entre ambos planteamientos. Aristóteles enseña que ser feliz es ser humano en el pleno sentido de la palabra. Epicuro se pregunta qué es lo que mueve a los humanos a obrar “porque la felicidad consistirá en conseguirlo, y esa cosa es el placer”. Aristóteles rechaza que la riqueza equivalga a la felicidad, pues es un medio para conseguir placeres o bien para conseguir honores, pero reconoce que existen personas que convierten a las riquezas en su centro de atención.

Un mundo fijado exclusivamente en el progreso material ha llevado a la total pérdida del sentido de la vida humana.

En tiempos bastante más recientes, algunos autores del llamado “nuevo pensamiento” afirman que la felicidad es una actitud mental que el hombre puede asumir conscientemente, es decir, sería fruto de una decisión. Por tanto, la idea de que la felicidad arraiga en la voluntad se basaría, para ellos, en el hecho de que el individuo busca muchas formas de encontrar esa felicidad y que, como aun así la felicidad parece esquiva, deberá necesariamente elegir en qué canasta pone los huevos. Afirmando que existen seres felices e infelices en toda la diversidad de condiciones socioeconómicas, geográficas, de edad, religión, sexo, estados mentales, estos pensadores concluyen que sólo una vez que el individuo decide aceptar su condición y su pasado necesariamente asumirá que ser realmente feliz es construir su vida a partir de aquellas condicionantes.

Abriendo todavía otra perspectiva observaremos que diversos estudios han mostrado que la felicidad depende en gran medida de factores internos, en particular del temperamento (humor, capacidad de atención, nivel de actividad, intensidad sensitiva, regularidad, adaptación a los cambios) y en definitiva, de cualidades que son dependientes de otros factores que nada tienen que ver con las definiciones habitualmente asociadas a la felicidad. También hay factores genéticos que influyen poderosamente sobre el grado de felicidad, en la misma medida que influyen sobre la propensión a ciertos trastornos psicológicos. Como explica Freud en “El malestar en la cultura”, el narcisismo sobrevive como un síntoma neurótico pero también como un elemento constitutivo en la construcción de lo real. El narcisismo es considerado aquí tanto como un escape egoísta de la realidad como una relación existencial con el mundo. La felicidad anclada en el amor a sí mismo, en el culto de la propia imagen, en la sublimación del autoerotismo transformado en moda cultural, en pose histérica, que anula toda posibilidad de donar un legado a las generaciones que vienen. Esta crisis identitaria tiene profundas consecuencias en la cultura, no sólo en los términos del intercambio sino en los términos de legar una tradición, un mundo simbólico a otro semejante pero no idéntico. Así nos vamos acercando a otro acierto del nunca suficientemente ponderado pensador español Ortega y Gasset, para quien la felicidad se configura cuando coinciden “la vida proyectada” y “la vida efectiva”, es decir, cuando confluye lo que deseamos ser con lo que somos en realidad. Y es por esto que la “felicidad” o su ausencia están en la raíz del “octubre negro”. Con esto no paso por alto el escandaloso y criminal intervencionismo de miembros del Foro de Sao Pablo en los luctuosos sucesos recientes, hecho confirmado por documentos emanados de la OEA y otras fuentes fidedignas. Sea como fuere, esta es otra lección que aprender y serán los órganos pertinentes los encargados de la debida investigación.

Un mundo fijado exclusivamente en el progreso material ha llevado a la total pérdida del sentido de la vida humana.

Los diagnósticos sobre la llamada volatilidad de los fenómenos sociológicos registrados a lo largo y ancho de la tierra buscan causas circunscritas a lo material. Se citan los cambios violentos suscitados por la inseguridad material que deviene de factores como la 4ª industrialización, la revolución cibernética, etc. La “gente” está aterrada ante la cesantía y el hambre de los potencialmente desplazados de sus trabajos. Un mundo fijado exclusivamente en el progreso material ha llevado a la total pérdida del sentido de la vida humana. La anomia deriva de esa sensación generalizada de falta de un sentido trascendente de la vida humana. Esto comenzó o se cristalizó en mayo de 1968 y los profundos cambios de percepción que instaló. La profunda “revolución” que se desplegó a partir de ese año fue la primera manifestación sintomatológica de la falta de sentido que aqueja al género humano. Se buscó y sigue buscando la demolición de un mundo construido por el capitalismo Schumpeteriano, más bien de toda construcción basada en el ahorro y la consiguiente inversión, que son la marca del capitalismo. El principio legitimador y el motor cultural de la modernización capitalista es el acceso permanente a nuevas formas de consumo y la perspectiva de la asignación de los limitados recursos en base al esfuerzo individual. Un complejo abanico de circunstancias torpedeó las promesas de campaña del candidato Piñera, hecho que desembocó en esta inusitada “explosión social” que nos tiene de cabeza. Hubo miopía al respecto, como también la hay respecto del problema de fondo: la pobreza espiritual en que se halla sumida una gran mayoría de chilenos.

El filósofo griego Zenón recalcó con énfasis que en tiempos de miseria es inmoral referirse –con el tono que fuese- a las necesidades del espíritu. ¿Pero, adolece Chile realmente de miseria? De un gran abismo entre los “muy ricos” y los “pobres”, definitivamente sí. ¿Pero hay en Chile miseria? Hay deficiencias graves en la estructura social en términos de previsión y prestaciones de salud, así como en la adecuación salarial al encarecimiento de la vida. Y por tanto hay motivos para una manifiesta insatisfacción. Sin embargo, el punto principal, el asunto que impide el diálogo, el encuentro, la discusión honesta, es la sobrevaloración de lo material por encima de una base cultural sólida. Y esa base sólo puede alcanzarse a través de la educación. El déficit de Chile está en la formación cultural, en la enseñanza de valores más que en la formación de profesionales. Estamos pagando la desidia educacional que se viene arrastrando desde al menos 1960. Nuestro malestar pende de la deficiencia de formación histórica, política y cívica. Los muchachos que se solazan en la destrucción y en el saqueo ganan placer a partir de lo que hacen, hay un hedonismo destructivo, una búsqueda de adrenalina fomentada incesantemente por una publicidad comercial que anula absolutamente todo valor superior. Está bien, las instituciones están desprestigiadas, el cambio climático destroza nuestros nervios, el aislamiento individual campea, etc. Pero cuando preguntas a un joven –vestido del mismo modo que cualquier adolescente de Hong-Kong, Nueva York, Eritrea o Jamaica, es decir, llevando el uniforme global- qué significan términos como represión, estado de derecho, derechos humanos, división de poderes, globalización, interdependencia etc. abrirá su boca para mostrarte un abismal vacío. No hay cultura, en el verdadero sentido de la palabra, esa que tiene que ver con culto, con valores propios, con creencias, con discernimiento.

Es grave la situación, tan grave que no se vislumbra luz al final de un túnel aparentemente sin retorno posible. ¿Reside la educación únicamente en la formación de eslabones en la cadena productiva? ¿Reside la educación, la formación de personas, de verdaderos seres humanos, tan sólo en la discreta enseñanza colegial y universitaria? ¿Dónde está la formación a través de los medios, de las “redes”, de la prensa responsable? ¡Nada! La nada misma. Se enrostra a todo gobierno de turno una deficiencia en la comunicación. ¿Acaso ésta se limita a la “vocería” del ejecutivo? A nuestro juicio, la total permisibilidad que transpiran los medios sometidos implacablemente al “rating”, la pobreza cultural generalizada, datan precisamente de los cambios suscitados a partir de 1968, semilleros del descontento material y de la abulia espiritual. El libertinaje valórico, la exhibición incontrastada del voluntarismo juvenil, la permisibilidad desenfrenada en la educación de los hijos, la destrucción de la fe –en algo más allá del propio yo- debilitó los diques de la convivencia social y puso en cuestión la comprensión misma de lo que es ser humano. Difícil dilema. Un dilema que exige que todos le “pongamos el hombro”. Empecemos por perfeccionar a nuestros maestros escolares. Ellos son los transmisores que fallan permanentemente. La reforma y constante re-reforma educacional que se viene implantando desde hace décadas y que parece condenada a ser víctima permanente de la codicia ideológica, debiera estar en la base de todo verdadero cambio en nuestro país. Esto demanda perentorios cambios de mentalidad y enfoque. No podemos pretender llenar el vacío en la cabeza y en los corazones de nuestra gente con esas bolitas de vidrio que seducían y compraban a los indígenas hace 500 años. “Gobernar es educar” fue el lema de un presidente visionario de prematura muerte. Tal vez no compartamos su ideario, pero este, su lema, debiera inscribirse sobre el pórtico de La Moneda y en las testeras del Congreso Nacional.

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