Columnas de opinión es presentado por:
Publicado el 27 de septiembre, 2019

Martín Bruggendieck: El síndrome Greta

Filósofo y escritor Martín Bruggendieck

Las posibilidades de una transformación general para hacer frente a las nuevas condiciones climáticas son escasas. Y eso se debe al simple hecho de que sus causas concretas están en discusión.

Martín Bruggendieck Filósofo y escritor
Recibe en tu correo Lo mejor de la prensa
Suscribirse

El llamado “cambio climático” se ha instalado como el gran tema que nos tiene sometidos a un huracán de interrogantes, de discusiones, de temores y de controversias, un huracán que amenaza el equilibrio emocional y la salud mental de la humanidad. El relativo fracaso de la sesión del Consejo General de la ONU del pasado 23 del mes dedicado al asunto aporta su dichosa cuota al desconcierto. El público masivo no entiende casi nada, sólo observa el escándalo mediático, se enamora de “Greta” o rechaza su histrionismo, acusa recibo de la histeria global (¡vaya, que esta vez la palabreja sí calza!), percibe el incremento de la temperatura, sufre el encarecimiento de los alimentos, no sabe si Trump es malo o si Xi es peor, lee con desesperación los mensajes que inundan el ciberespacio. En resumen: está des-concertado porque no ve un concierto de posturas, soluciones, propuestas realizables. El abuso ideológico del tema salpimienta la vida cotidiana: en Chile, en la Amazonía, en el mundo ártico, en Europa o donde a usted guste.

¿Estamos ad portas de la catástrofe total, del fin del mundo, de la extinción del género humano? ¿Está amenazada la vida planetaria tal como la conocemos? ¡No exageremos! Sin duda que el fenómeno precipitará una transformación de nuestro modelo de vida, de nuestra vanidad de poder resolverlo todo y de ser amos de la tierra, así, sin más. Hay dos posturas claramente identificables al respecto. Por una parte, aquella de las grandes potencias económicas y militares del orbe –Estados Unidos, China y Rusia, como también de otras potencias en ascenso, como India y Brasil. Entre estos 5 países liberan a la atmósfera más del 60% de los gases causantes del efecto invernadero y probablemente aún más. Por el otro lado están los países menores, con una industrialización más bien pobre en términos generales. El dominio económico y bélico mundial de los Estados Unidos tras el derrumbe del comunismo-marxista no duró demasiado. China se perfiló tímidamente al comienzo, pero ya sabemos cómo están hoy las cosas. Y la “nueva Rusia”, país de inconmensurables riquezas, desarrolla una agresiva política comercial y, sobre todo, armamentista. Tenemos tres. Y este es el meollo del asunto. A contrapelo de la opinión en boga, hay que decir que la “globalización”, entendida como modelo de desarrollo humano y también moral, excluyente de cualquier otro, es decir, esa entelequia que fascina a quienes piensan haber reservado para sí la exclusividad del progreso de la humanidad y se autoproclaman “progresistas” e instauradores de un “nuevo orden global”, ha llegado a su término. Hemos vuelto al dominio planetario de superpotencias – con la diferencia de que ahora son tres. Hemos vuelto, aunque nos pese, a la geopolítica y a la competencia desenfrenada por el poder mundial. Ergo, este factor impactará como ningún otro sobre el tópico “cambio climático”. Resulta imperativo entonces prestar atención a un mundo tripolar. ¿Qué actitud tienen las tres potencias máximas frente al tema? Pues, no asisten a la “cumbre” ONU del pasado lunes. El Presidente Trump hizo una pasada ligera, casi fantasmal. No dijo nada, al menos en público, y sólo dedicó una frase a “Greta”, en términos de su vocabulario desenfadado y directo. Punto.

Sin acuerdo universal, nada prometedor ocurrirá. Y ese acuerdo no está sobre la mesa.

Las posibilidades de una transformación general para hacer frente a las nuevas condiciones climáticas son escasas. Y eso se debe al simple hecho de que sus causas concretas están en discusión. Hay quienes culpan a nuestro estilo de vida (un asunto moral) y quienes atribuyen los cambios a ciclos naturales que afectan cada cierto tiempo al planeta tierra (un tema científico). Eso sí, los estudios científicos más recientes permiten casi todos atribuir el fenómeno a la excesiva quema de combustibles fósiles. Aun así, como somos humanos y apenas eso, no nos pondremos fácilmente de acuerdo. Más bien es imposible. El mundo humano se caracteriza por intenciones más o menos buenas, pero no por su disposición y su capacidad de hallar soluciones consensuadas. Esto es realismo, más allá de los ideales. Las ciencias que hemos desarrollado aportan miles de datos sobre el fenómeno que nos impacta, pero no ofrecen soluciones a corto plazo, que es lo que la mayoría demanda. La política, por otra parte, refleja sólo discrepancias, a pesar del entusiasmo y de las ilusiones de algunos. El Secretario General de la ONU, António Guterres, nos exhorta diciendo que es hora de hacer y no de hablar. Que ya se ha hablado demasiado, afirma. Viniendo de quien viene, es para rendirle homenaje. El organismo mundial que dirige ha sido en las últimas décadas el paraíso de las palabras.

Lo que entonces salta a la vista es el desacuerdo. Puede haber consenso y entendimiento entre naciones menores en relación a “descarbonización” y descontaminación puntuales -los planteamiento del Presidente Piñera van en esa dirección- y también pueden aportar acertados diagnósticos científicos y recomendaciones al más alto nivel, pero lo triste es que estas naciones no mandan. Tomemos el caso de Alemania: el gobierno de Berlín invertirá cifras astronómicas para convertir a su país en una nación “verde”. Las medidas que se pretenden contemplan profundas y gravitantes transformaciones económicas y, sobre todo, industriales. Francia aporta con sus ideas. ¿Pero, de qué sirven en cuanto a verdadero impacto? El clima no se “fabrica” ni en Alemania, ni en Francia ni en la América Latina. El clima obedece a un delicado sistema planetario de equilibrios que en lo principal obedece a la circulación de las corrientes atmosféricas y al desplazamiento de las corrientes marinas, factores sobre los que impacta de modo implacable un estrato de dióxido de carbono (CO2) y otros gases que se ha instalado en torno de la tierra e impide el rebote hacia el espacio de los rayos solares que inciden sobre la superficie de nuestro planeta. Sin acuerdo universal, nada prometedor ocurrirá. Y ese acuerdo no está sobre la mesa.

Tal vez habrá que esperar hasta que la anunciada catástrofe amenace a los “grandes”, aunque muy probablemente ya será tarde en consideración a un cambio climático que podría entrar en fase de progresión geométrica. El modelo de vida que la humanidad ha ido diseñando para sí y que ha permitido un desarrollo material sin precedentes no permite renunciar a la producción y el consiguiente bienestar material. Quienes se oponen al modelo vigente colman las páginas informativas y a su modo usufructúan de su rebeldía. Pero su postura, de ser o no ingenua, linda en el crimen. Los ataques contra los cultivos transgénicos, el consumo de carne, la limitación a la producción de lácteos, la guerra contra los materiales sintéticos, el descrédito de los alimentos industriales, etc., más temprano que tarde redundarían en un genocidio global por hambre de miles de millones de personas que serían víctimas de la “fuga hacia el pasado” de los intelectuales progres y seguidores del iluso Rousseau, quien preconizaba el regreso al estado del “buen salvaje”. ¿Quieren esos progres hacerse cargo del crimen? La dichosa niña Greta Thunberg es la cara más visible del fenómeno. Con aires de superestrella a la moda hace causa cruzando los mares en un yate de última generación dispuesto por el Principado de Mónaco. Pretexto: los aviones contaminan. Estas ínfulas propias de la izquierda caviar acabarán donde acaban todos los proyectos de izquierda: en la ruina, el desastre y la infelicidad. Podríamos seguir escribiendo otras cien páginas, el tema da para largo, pero, ¿daríamos solución siquiera a lo mínimo?

Por cierto que hay un contenido de verdad en los exabruptos de Greta, pero el mucho ruido no produce mejores nueces. Lo que más debiera alertarnos es que nuevamente el materialismo (filosófico y científico) ha entrado en un callejón sin salida.

Greta es la cara visible de un síndrome (Síndrome: conjunto de síntomas que se presentan juntos y son característicos de una enfermedad o de un cuadro patológico determinado, provocado en ocasiones por la concurrencia de más de una enfermedad) que en lo principal radica en un choque de intereses políticos de poder y científicos en sí contradictorios, cuyos efectos penetran lentamente en una conciencia popular altamente manipulable y que por demás son del tipo open end. La convergencia de innumerables factores cuyo análisis científico prácticamente se nos va de las manos en vista de que su abundancia juega en contra de cualquier posibilidad de traducirlas a recomendaciones prácticas efectivas y posibles de ser materializadas más allá de unas medidas de mitigación redunda inevitablemente en una generalizada frustración colectiva y en los síntomas de una histeria colectiva que tan sólo multiplica los temores. El terror al apocalipsis va haciendo presa del segmento “informado pero desinformado”; el resto (miles de millones) se basta con observar las crecientes dificultades de sobrevivir a su día a día. Por cierto que hay un contenido de verdad en los exabruptos de Greta, pero el mucho ruido no produce mejores nueces. Lo que más debiera alertarnos es que nuevamente el materialismo (filosófico y científico) ha entrado en un callejón sin salida (Platón hablaba de la aporía, la no salida, hace ya 2.500 años). Las ciencias “exactas” que aplican al conjunto de los fenómenos determinantes del desastre climático constituyen parte del fracaso: miden y dimensionan, cada una por su lado, y finalmente se reducen a los análisis.

El otro factor del fracaso humano en estas circunstancias es… nada menos que nosotros mismos, tanto víctimas como probables causantes. Desde hace siglos se ha ido extraviando eso que el filósofo alemán Robert Spaemann llama “el sentido del ser (humano)”. Hoy pareciera que ese sentido se ha convertido en un sin-sentido rampante y halla una nueva encarnación en el miedo al futuro. Nos duela o no, estamos metafísicamente extraviados. El mundo ha dejado de hacerle sentido a “la gente”. Buscamos nuestras soluciones únicamente en el mundo de lo empírico, de lo demostrable, negando toda otra dimensión de la realidad, que por ser invisible preferimos no experimentar. De ese modo extraviamos una visión total, holística, del problema que nos afecta. El humanismo está tan fragmentado en diversas formas de su comprensión que ya nadie lo menciona. A lo más se lo usa para fines de alcanzar poder político cuando no se ha extraviado en las bibliotecas de los académicos. En ese contexto es difícil levantar los ojos al cielo y ver luces de esperanza. El problema del cambio climático, si es considerado como consecuencia de conductas humanas, es un problema antropológico, un dilema de la forma en que nos vemos y nos definimos. Es lamentable, pero así es como es. Las figuras medio espasmódicas que recorren el mundo profetizando su hundimiento son incapaces de lograr la concertación en torno del tema. Los problemas humanos no hallarán solución en las oficinas de ciertos privilegiados que viven a costa de los impuestos que pagamos todos, y menos todavía pueden ser materia para shows mediáticos. El afán de figuración encubre las verdades de fondo. Y el arranque de Greta en las Naciones Unidas, que ella creería ser efectivo para conmover las almas, pronto no será recordado más que como una anécdota. Pero es parte del cuadro que conforma el síndrome: ilusos supuestamente combativos vs supuestas ambiciones, avaricias y egoísmos, es decir, considerandos geopolíticos. Y el odio que transpira la niña a través de sus contracciones faciales no preconizan posibilidad alguna de entendimiento.

Las pequeñas dosis de aportes a la ecología planetaria son un paliativo, son acciones de mitigación, pero no una solución. Lo que cabría hacer es una adaptación de nuestra vida a los cambios.

¿Y qué hay de nosotros? Según los más recientes estudios, Chile apenas libera a la atmósfera un 0.23% del CO2 total global, causante del aporte humano a las dificultades climáticas. Pero nuestro país acusa graves consecuencias por su alta exposición oceánica. Y los océanos inciden en gran escala sobre las condiciones climáticas, probablemente aún más que las superficies verdes del planeta. Su contaminación con desechos industriales, domiciliarios, bélicos y extractivos ha ido forjando una gravísima amenaza, amenaza más encima multiplicada por el calentamiento de los mares, que conlleva el deterioro de los inmensos recursos vivos que contienen. Este punto parece haber sido claramente comprendido y deberíamos fijar en él toda nuestra atención. Las políticas de descontaminación de los mares y el fomento de economías sustentables “en tierra” son los dos aspectos realmente gravitantes en estos momentos, muy por encima de la demagogia basada en las imágenes “photoshopeadas” de incendios forestales o de la combustión de las turberas árticas. La humanidad actual toma lentamente conciencia del problema “ecológico” en general, conciencia que ha llevado a una cierta “higiene ambiental” (reciclaje, cuidado del paisaje, etc.), pero bien sabemos que el desarrollo del fenómeno “cambio climático” no depende de esto. Depende de nuestra administración de lo que nos ofrece la naturaleza, con sus reglas y ritmos propios. ¡La naturaleza es más fuerte y no permite que se burlen de ella! Este factor lo hemos olvidado, sea por soberbia o por ignorancia.

Las pequeñas dosis de aportes a la ecología planetaria son un paliativo, son acciones de mitigación, pero no una solución. Lo que cabría hacer es una adaptación de nuestra vida a los cambios. Extraña que los materialistas progres y también muchos liberales, bautizados y criados al alero del evolucionismo darwiniano, no crean hoy en la necesaria evolución del género humano para adaptarse a las nuevas condiciones. Sobrevivimos al impacto de asteroides, a millones de toneladas de carbono y azufre, depositados tanto sobre la superficie terrestre como proyectados a la tropósfera por largos ciclos de erupciones volcánicas. También sobreviviremos al cambio climático siempre y cuando nos acomodemos. Habrá que transformar las tecnologías y los modelos de producción –industriales, agropecuarios, extractivos-, habrá que compatibilizar los avances ofrecidos por la inteligencia artificial con una nueva forma de vivir, de concebir el mundo humano, de respetar más que dominar a la naturaleza, de convivir con ella. En suma: habrá que revisar los principios morales que nos inspiran y determinan, volver la mirada hacia atrás –no sobre el romanticismo y la vida placentera del buen salvaje- sino que sobre los valores sólidos y estables que forjaron lo mejor del género humano para combinarlos con el conocimiento y la sabiduría que hemos atesorado sobre el fundamento de nuestros esfuerzos.

Martín Bruggendieck es filósofo y escritor

Las columnas de Opinión son presentadas por:
Ver más

También te puede interesar: