Ensayos asuntos públicos es presentado por:
Publicado el 05 de marzo, 2019

Martín Bruggendieck: Cumbre fallida

Filósofo y escritor Martín Bruggendieck

El resultado de las negociaciones en Hanói probablemente sea frustrante, pero puede ser otro pequeño paso en la dirección correcta y el consiguiente establecimiento de ventajas para ambas naciones.

Martín Bruggendieck Filósofo y escritor
Recibe en tu correo Lo mejor de la prensa
Suscribirse

El cruce de lanzas entre el mandatario norcoreano Kim Jong-un y el Presidente norteamericano Donald Trump no arrojó los resultados que esperaban los optimistas, desde un principio numéricamente inferiores a los pesimistas. Hanói, la capital de Vietnam, embanderada y festiva, vio frustradas sus intenciones de convertirse en “la capital de la paz”. ¿Otro empate entre Washington y Pyongyang, o más bien entre Kim y Trump?

Lo que queda claro por ahora es que la forma tradicional de hacer política internacional está cambiando, tanto en su estilo como en su efectividad. Unas negociaciones entre Washington y Pyonyang vía la anquilosada diplomacia mundial tendrían a Kim desarrollando más armas letales –lo que hasta el momento ha suspendido. Lo que ambos mandatarios delegaron en sus negociadores después del des-encuentro irá abriendo lentamente el horizonte.

Las buenas maneras con que tradicionalmente se han manejado las relaciones entre naciones lamentablemente han derivado en una sorprendente esterilidad.

Es que en relación al Asia sudoriental hay que tener “paciencia de chino”, algo que la generalidad de los observadores occidentales suele olvidar con demasiada frecuencia, actitud que además incide significativamente en su forma de relacionarse con Beijing. Las buenas maneras con que tradicionalmente se han manejado las relaciones entre naciones lamentablemente han derivado en una sorprendente esterilidad. El Presidente Trump bien lo sabe. Bástenos con observar las tribulaciones europeas y los recientes acontecimientos en Venezuela, o el soterrado enfrentamiento entre Irán y los principales países de la península arábiga, verdadero barril de pólvora no suficientemente aquilatado en su potencial impacto sobre la tambaleante “normalidad” del mundo. El recio estilo personal del Presidente Trump, bastante ajeno al transcurrir diplomático convencional, ha causado una avalancha de críticas, desaprobación y violentas descalificaciones urbi et orbi. La defensa por parte de altos dignatarios de la casi totalidad de los organismos internacionales de principios ya no del todo claros y, especialmente, de sus nichos personales de poder, ha deslindado en una estupefacción apenas disimulada e interpretada mundialmente como herramienta para mantener un determinado orden mundial que instrumentaliza un status quo paralizante que sólo enmascara tensiones crecientes y cálculos errados, más o menos velados por una catarata publicitaria y comunicacional cuyos costos financian los desprevenidos alrededor de la Tierra.

Cuando en este lado del globo prima todavía la democracia en nuestros términos, la gran mayoría de las naciones nunca la ha conocido (salvo en el ambiente de determinadas élites intelectuales), la ha dejado de lado o le ha imprimido un cariz reñido con lo que por ella entendemos. Enfrentar este cuadro en términos de política internacional requiere de nuevos enfoques y expresiones concretas. El presidente norteamericano es tildado de grosero, mitómano, descarriado y otra suerte de epítetos que no debiera merecer. Su forma de enfrentar la amenaza de un sagaz político norcoreano ha sido de corte personal. “Tú desafías – yo te desafío de vuelta”. Y parecía estar dando resultados, aunque fuese a gotas. Trump ha tratado a Kim de “niño de los cohetes” mientras éste sonreía y seguía disparando sus misiles de alcance cada vez más amenazador.

El resultado de las fallidas negociaciones en Hanói probablemente sea frustrante, pero puede ser otro pequeño paso en la dirección correcta y el consiguiente establecimiento de ventajas para ambas naciones.

Pero, el mandatario dinástico de Corea del Norte parece estar dispuesto a ceder, en consideración a las ventajas anticipadas que le puede aportar una negociación. Kim lanzó sus dardos y los convirtió en seria amenaza para la seguridad de los Estados Unidos. Trump recogió el guante y no cedió en su trato “personal” con el adversario. Un nuevo estilo, potencialmente mucho más efectivo que la intervención de una de las cientos de agencias de la burocracia diplomática y económica que sólo demuestran la vanidad y las prebendas de sus funcionarios (u “oficiales”).

El resultado de las fallidas negociaciones en Hanói probablemente sea frustrante, pero puede ser otro pequeño paso en la dirección correcta y el consiguiente establecimiento de ventajas para ambas naciones. Vaya como botón de muestra: los gobiernos de Seúl y Washington decidieron suspender maniobras militares habituales frente a las costas de Corea del Norte. No hay que olvidar que Kim Jong-un tiene “escuela” y ha sabido defender su posición y su ideología a contrapelo de la máxima potencia armada de la Tierra. Y al parecer halló un adversario que se le puede convertir en feliz contraparte a la hora de buscar ventajas y su integración en el desarrollo global. Aunque sea a gotas. Aunque sea con “paciencia de chinos”.

Recordemos la andanada de imágenes y descripciones que hace más de dos años mostraban a Corea del Norte como un infierno abierto en el corazón del Asia sudoriental: represión, militarización y ejercicio de un para nosotros execrable culto a la personalidad, males que hasta nos parecen incomprensibles, aunque mucho más explicables históricamente que los tristes acontecimientos en Venezuela, nación occidental con tradición occidental, democrática y cristiana -lo que por cierto no significa que concordemos con la forma de llevar las cosas por parte de una nación asiática que pareciera buscar su “regreso del frío” y que por su situación geo-estratégica involucra a un sector vital de la actual economía globalizada.

Hoy por hoy los gestos adquieren un creciente significado, aunque sean incomprensibles para la élite burocrática internacional y su ideología “progre”.

La “falta de respeto” ante los derechos humanos en Corea del Norte posee visos de gran crueldad, decantada en un totalitarismo asiático-marxista completamente inaceptable en los tiempos que corren. Pero la mala memoria humana ya ha enterrado las dichas imágenes. La “vía pacífica del gallito” seguida por la Casa Blanca no es la que habrían seguido gobiernos tradicionales o la burocracia internacional. Hoy por hoy los gestos adquieren un creciente significado (basta con recordar aquellos hechos en Cúcuta), aunque sean incomprensibles para la élite burocrática internacional y su ideología “progre”: sin ir más lejos, la esterilidad de la ONU y sus agencias en el drama de Venezuela, una verdad torturante que, sin embargo, muestra ya de lejos la peligrosidad de la dicha ideología, infiltrada amplia e incontrastablemente en la casi totalidad de los organismos mundiales que se construyeron tras la segunda guerra mundial y que en medio de la volatilidad del crujiente andamiaje global sólo revelan su drama existencial: la obsolescencia. 

Uno de los temas geopolíticamente -y, ¿por qué no?, humanos- más interesantes de observar es aquel del establecimiento de un llamado “nuevo orden global”. Por una parte se observa una postura que llamaría centrípeta hacia la completa igualación de todos los que caminamos por la tierra, fomentada por un “progresismo” internacional que aspira al dominio total y central de la humanidad (a semejanza de la “Unión Europea”, que busca centralizar el poder en Bruselas) y que pretende imponer las pautas que deben regir los destinos de los países que se le rinden. Todos los ciudadanos del mundo tienen igualdad de derechos y de deberes -algo ¡absolutamente claro!- lo que no significa que sean culturalmente iguales. Las culturas del planeta son numerosas, la civilización moderna ya es una sola, pero son la cultura y la tradición respectiva aquello con que pueden identificarse los pueblos. Esta “escuela” centrípeta creará en el largo plazo un mundo monolítico y monocultural gobernado por una ideología que sólo servirá a los intereses de los “más iguales”: indudablemente el clímax de todo lo anticipado por el mítico Orwell. Y tras esta ideología no se hallan los intereses de “los pobres” o de “los discriminados”, sino que aquellos de un progresismo que destruye radicalmente toda concepción liberal del mundo para, claro, su propia “libertad próspera”. La mayor parte de esta tendencia es financiada y fomentada por una cúpula de destacados archimillonarios y políticos que especulan licenciosamente con un poder que puede resultar no sólo siniestro para la libertad sino que también para el concepto mismo de dignidad humana.

Por el otro lado tenemos una tendencia que llamaría centrífuga, que pone la mira en el establecimiento de un “mundo de naciones”, de pueblos que con firme arraigo en sus culturas y tradiciones puedan acceder a la civilización del siglo XXI para confraternizar y negociar libremente entre sí, lo que por cierto no excluye integrar toda clase de acuerdos multilaterales destinados a crear sinergias para el enriquecimiento humano y el propio humanismo. Que la “liga de los grandes internacionales” y sus representantes supuestamente progresistas tilde a quienes defienden una postura de entendimiento entre los pueblos -de los diversos pueblos- de fascistas, constituye una expresión más de su carácter totalitario, en el más profundo sentido del término. No olvidemos que el término “fascista” fue reinterpretado por el dictador Stalin como apelativo de todo lo que no fuese “comunista” (otra triste y chabacana generalización más de quien recibió cánticos y alabanzas desde la casi totalidad del espectro intelectual y artístico de la segunda mitad del siglo XX, incluso de algunos laureados con el Nobel). A menudo también se los descalifica llamándolos “populistas”. ¿Qué es lo que realmente entienden por esto? Algo que el grueso público informático-dependiente ignora por completo y a causa de la propaganda inmisericorde toma por natural. Sus arteros mensajes no distinguen la democracia de la ciudadanía libre de lo que es demagogia y sectarismo. Y de estas hay por todas partes, especialmente en el infierno.

 

Martín Bruggendieck es filósofo, escritor y traductor

Las columnas de Opinión son presentadas por:
Ver más

También te puede interesar: