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Publicado el 27 de julio, 2019

Martín Bruggendieck: Brexit y el dilema mundial

Filósofo y escritor Martín Bruggendieck

Ya veremos cómo saca adelante sus problemas británicos el nuevo Primer Ministro Boris Johnson. No le será fácil. Pero tenemos la obligación de respetarlo y no comenzar a difamarlo antes de que muestre resultados. La realidad de estos tiempos es difícil de entender, pero lo que salta a la vista es un enfrentamiento basal, decisivo: ¿Queremos un mundo de naciones independientes o una dictadura progre mundial?

Martín Bruggendieck Filósofo y escritor
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Boris Johnson ya es Primer Ministro de Gran Bretaña. Su figura, tanto como la del presidente norteamericano Donald Trump, es controversial. Un Brexit con o sin acuerdo con la Unión Europea (UE) se perfila ahora con nitidez. Faltan algo más de 90 días para que el Reino Unido emprenda su restauración como nación independiente.

Theresa May, ahora ex Premier, debió fracasar por su indecisión frente a una Unión Europea intransigente que ha cooptado toda independencia y soberanía de sus países miembros. La política que seguirá Johnson marcará grandes diferencias. Por de pronto su figura es descalificada urbi et orbi por lo que llaman su excentricidad, su nacionalismo británico, su corte de cabello “igual al de Trump”, sus líos domésticos o miles de otras copuchas-fake. Esta forma de descalificación sembrada por un sector de la opinión pública mundial solamente busca cosechar ventajas para una causa que aparentemente repta por el subsuelo, pero ya no se puede tapar con un dedo: el “globalismo progresista”.

Son numerosos los conflictos tanto evidentes como latentes que amenazan la paz mundial y socavan la seguridad y la confianza de los pueblos del orbe. La vieja guardia del socialismo-comunista mundial ha cedido la cancha al despliegue del ideario progre, mucho más invasivo que el primero, más solapado y más hipócrita. Ya no se busca instalar al “proletariado” ni defender su causa. Claro, éste, como tantas otras configuraciones sociales e ideológicas a lo largo de la historia moderna fue aniquilado por “la realidad”. Pero su semilla ha caído por todas las rendijas posibles y el desconcierto de quienes han sido enseñados a desinformarse va in crescendo. El aterrador predominio de la censura de la información que caracterizaba y caracteriza a las dictaduras de izquierda –como a toda forma de autocracia- se ha apoderado no sólo de la “corrección política” -otrora atribuida al conservadurismo mundial- sino que también ha cooptado la comprensión del término democracia. Este es un hecho transparentado -entre muchos otros- por la arbitraria interpretación de los derechos humanos establecidos en la Carta de las Naciones Unidas y el incesante flujo de enmiendas y agregados, que confunden toda intención de velar por el respeto de estos derechos.

¿Cuánto peso real tiene la ONU a la hora de defender la seguridad y la vida de las minorías?

No cabe duda que los esfuerzos realizados por la repartición de la ONU encargada de velar por el respeto de disposiciones destinadas a facilitar la convivencia entre las naciones y entre los ciudadanos de éstas son honestos, si bien en la mayoría de los casos del todo infructuosos. El reciente informe de la Alta Comisionada para los DD.HH. de la ONU respecto de la situación venezolana es justo y bueno, pero ¿cuánto peso real tiene en el desarrollo de los acontecimientos internos de Venezuela? ¿Cuánto peso real tiene la ONU a la hora de defender la seguridad y la vida de las minorías, como es del caso, por ejemplo, en la persecución y asesinato de miles de cristianos en África y Asia, o de las minorías raciales (kurdos y otros) en Oriente medio, o para limitar el expansionismo ruso en Ucrania?

¿Qué tiene esto que ver con el Brexit? Mucho. Theresa May fracasó en sacar adelante una separación del Reino Unido de lo que los ingleses llaman “el continente”. Meritorios fueron sus esfuerzos, pero no contaba con la astucia de la legislación de la UE. Buscó hacerlo por las buenas, negoció hasta lo innegociable, pero sólo consiguió una profunda escisión entre quienes apoyan y quienes rechazan la independencia de Gran Bretaña. Y es justo y preciso el término independencia. La Unión Europea, inicialmente concebida como una alianza política forjada entre Francia y Alemania después de la guerra desatada por Hitler, derivó luego hacia la generación de una plataforma política paneuropea y más tarde decidió la creación de una moneda única. Los países adherentes tenían al principio poder político y económico parejo, sus acuerdos eran posibles de materializar, sus gastos en defensa (OTAN) eran proporcionales a la amenaza soviética, etc. Sucesivos acuerdos de diversa índole permitieron la integración de numerosos otros países del viejo continente, casi todos de un nivel de desarrollo económico muy inferior a los fundacionales. Hasta aquí, todo santo y bueno. Pero como ocurre con todas las grandes ideas, la burocracia acabó por tomar las riendas y la UE se fue convirtiendo en una maquinaria de poder capaz de podar las alas incluso a los más fuertes. Cargos y prebendas asociadas a este poder generaron una desafección creciente hacia el organismo en la mayoría de las mentes políticamente interesadas de Europa. Y, por cierto, cada país miembro comenzó a luchar por una cierta hegemonía al interior de la UE. Con Alemania y Francia a la cabeza, la UE dictó disposiciones relativas a la inmigración, al comercio, a las finanzas, a la educación, etc. que han tendido crecientemente a la anulación de las diversas soberanías nacionales. Las consecuencias de las políticas impulsadas de preferencia por la canciller alemana Ángela Merkel y refrendadas por el Eliseo, especialmente por el presidente Macron, abrieron las puertas a masivas inmigraciones provenientes especialmente de África y Oriente medio, fenómeno que tiene a los europeos en vilo.

Cuesta mucho calibrar el problema desde una perspectiva latinoamericana. El drama actualmente vivido por los venezolanos explica y justifica la apertura de fronteras de la mayoría de nuestros países. Pero como se está viendo, las posibilidades reales de acoger a por lo menos dos millones de venezolanos, tanto perseguidos políticos como gente sencilla y hambreada, ya está al borde de desatar una crisis en varios de los países-refugio, dado que sus recursos son a todas luces limitados.

El anhelo británico de “volver a hacer grande el Reino Unido” responde a la idiosincrasia y tradición de los británicos.

Pero en Europa las cosas difieren de esta situación puntual. Los venezolanos comparten con sus hermanos latinos cultura, religión e instrucción. Pero cuando llegan a un país millones de personas que no hablan ni tu idioma ni profesan tus creencias ni comparten tu visión del mundo y se enseñorean de los países que los acogen en forma violenta y presuntuosa, aprovechando tanto la desidia como la miopía de éstos, que por “buenistas” mantienen las fronteras abiertas sin discernimiento alguno, las cosas empiezan a generar anticuerpos y problemas muy profundos. Y de esta realidad sacan ventaja los “progres” universales.

El Reino Unido ha sido por nada menos que 500 años una potencia global, con ramificaciones por los cinco continentes. Su poderío se vio menguado tras la segunda guerra mundial, incluso después de haber hecho frente al Tercer Reich con el más alto costo imaginable. La Unión Soviética y los Estados Unidos se alzaron con la gloria y todas las ventajas. El anhelo británico de “volver a hacer grande el Reino Unido” responde a la idiosincrasia y tradición de los británicos. Históricamente, Gran Bretaña nunca bajó la cerviz ante nadie y su única derrota bélica importante fue consecuencia de la guerra de independencia de los Estados Unidos, gigante con quien recuperó lazos y amistades que siguen perfectamente vigentes hasta el presente. Inglaterra, o Reino Unido, o Gran Bretaña, sigue siendo, al menos en el mapa, una potencia mundial. La Mancomunidad Británica engloba vastas regiones del orbe y la efigie de su reina está presente desde Canadá hasta el lejano Oriente, desde el Atlántico al Pacífico. Semejante nación no puede ceder ante disposiciones tomadas por una maquinaria continental restrictiva y bastante dictatorial -se me perdonará la “incorrección”. La decisión de los británicos de abandonar la UE fue aprobada mediante un plebiscito, incluso a sabiendas de que podría acarrear graves problemas comerciales, políticos y estratégicos. Implica una separación de aguas que en nada conviene a la UE. Implica, también, un cuestionamiento de numerosos acuerdos internacionales, tanto políticos como económicos. Esta es la situación que ahora enfrentará Boris Johnson.

Lo dicho hasta aquí se pone claramente de manifiesto si revisamos el panorama político actual de tanto la UE como de sus países miembro. La desafección ciudadana generalizada, la incertidumbre, la volatilidad de principios, el desconcierto y otros males minan sostenidamente a una Europa tal como la conocíamos. Pasado el prometedor entretiempo de los años que siguieron a la mítica caída del muro, la “realidad” ha impuesto nuevos problemas y desafíos. Las recientes elecciones europeas reflejan los hechos.

Las controvertidas elecciones de autoridades europeas, que catapultaron a los puestos clave a personalidades respetadas en sus países de origen pero que a duras penas lograron ínfimas mayorías de votos (el caso de la recientemente confirmada presidenta de la Comisión Europea, la alemana Ursula von der Leyen, es un buen ejemplo). A esto deben sumarse los cuestionamientos emanados desde una diversidad de otros socios de la Unión. No faltan los millones de europeos que se plantean la interrogante de hasta cuándo poder financiar y “rescatar” a países de menor grado de desarrollo que poco aportan a la UE, salvo sus cotos vacacionales. El constante conflicto político en España ilustra la idea.

Sin duda, el Brexit traerá enormes problemas comerciales, no sólo para el Reino Unidos sino que también para la UE.

Según la encuestadora internacional YouGov, el 52 por ciento de los británicos declaran que Boris Johnson será un tipo de Primer Ministro “completamente nuevo”. El flamante Premier ha declarado que Churchill y Thatcher son sus modelos y que pisará en sus huellas. ¡Magno desafío! Pero que los aires serán nuevos, lo serán. En su discurso post-elección declaró que “Gran Bretaña es un gigante dormido”. Johnson es locuaz, excéntrico, deportista y británicamente decidido. La progresía mundial ya lo ha colocado en la moledora con que maltrata a los presidentes Trump y Bolsonaro, al presidente húngaro Orbán o al ministro del Interior italiano Salvini.

Sin duda, el Brexit traerá enormes problemas comerciales, no sólo para el Reino Unidos sino que también para la UE. Dependiendo de si la separación es amistosa o por la fuerza -el temido “no deal Brexit”- los problemas de los europeos residentes en el archipiélago británico y que trabajan ahí podrían llegar a ser graves en el aspecto tributario, la revalidación de títulos profesionales, los sistemas de salud etc., pero todo hace prever que serán relativamente pasajeros. ¿Será el precio a pagar por una “Gran Bretaña grande otra vez”? ¿Qué causará el Brexit a la UE? Pérdida de flujos de capital, de un mercado libre de aranceles y reconfiguración de la defensa estratégica, entre otros. Y no faltarán los envalentonados que querrán seguir el ejemplo del Brexit.

El significado más crucial de este cambio de rumbo del Reino Unido toca a la política mundial. Sobre los organismos internacionales, que impulsados por la vorágine del progresismo mundial, parecen no concebir ya otro mundo que aquel globalizado y sometido a las reglas y los principios ideológicos de quienes buscan imponerse a como dé lugar. De aquellos que difieren de la idea de que la democracia es un medio para avanzar en el desarrollo humano y lo imponen pertinazmente como objetivo absoluto. Tal vez buena parte de la crisis política del mundo contemporáneo derive de esta profunda confusión; aquellos que disienten de semejante concepción son tildados inmisericordemente de fascistas, populistas, retrógrados y cien epítetos más.

El problema de las migraciones mundiales también conforma un gran desafío para Boris Johnson. Este no es dimensionado en su trágica realidad. En lugar de contribuir el progresismo a generar en los países paupérrimos los medios “capitalistas” requeridos para el desarrollo de quienes contemplan en la emigración su mejor tabla de salvación, se dedican a “migrar” a los necesitados hacia los países desarrollados, es decir, optan por su política de siempre: ¡nivelar hacia abajo! El progresismo no repara en que hay mundos de diferencia entre la libertad para emigrar y la libertad para inmigrar. Pero sí repara en el “poder revolucionario” que tiene la construcción de un mundo sin fronteras. Y también repara en las ventajas que dan a sus propósitos los buenistas y los ingenuos de este mundo, que piensan que la libertad debe mantenerse viva aunque cueste el propio pellejo.

Lo curioso de todo este desarrollo histórico es que hasta hace sólo unos diez años la “globalización” era atacada a diestra y siniestra por las izquierdas mundiales. La cooptación semiótica y la sagacidad para torcerle el significado a los términos son de un alcance que parece escaparse definitivamente a nuestra conciencia desinformada. Ya veremos cómo saca adelante sus problemas británicos el nuevo Primer Ministro Boris Johnson. No le será fácil. Pero tenemos la obligación de respetarlo y no comenzar a difamarlo antes de que muestre resultados. Esta suerte de maldición mediática que aflora a cada instante en los medios de comunicación masiva y en las redes sociales debiera ser encarada con un regreso a las viejas ideas del respeto mutuo y la convivencia pacífica entre aquellos de buena voluntad con abandono de las condenas ex ante. La realidad de estos tiempos es difícil de entender, pero lo que salta a la vista es un enfrentamiento basal, decisivo: ¿Queremos un mundo de naciones independientes o una dictadura progre mundial? ¿Queremos un mundo de contrapartes que se respeten y que voluntariamente integren alianzas, convenios y pactos de toda clase, de naciones, en suma, o queremos un mundo de desidentificación, pérdida de valores humanos fundamentales -como el derecho a la vida- es decir, un mundo sometido a organismos cuyos designios de fondo son poco transparentes y constituyen plataformas para la imposición de políticas globales altamente nocivas para la soberanía de los pueblos y que además resultan en alto grado ineficientes a causa de un manejo ideológico sin medidas ni contrapesos?

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