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Publicado el 13 de marzo, 2020

María Elton: Un nuevo enfoque sobre los derechos de la mujer

Académica Instituto de Filosofía Universidad de los Andes María Elton

Se ha hecho una separación radical entre la valoración de los trabajos productivos, que serían los únicos que sirven a la sociedad, y la valoración de los trabajos de la vida privada con sus tiempos para la crianza y educación de los hijos y para las tareas domésticas que conforman el hogar. Estos últimos no tienen hoy ninguna relevancia ni económica, ni social, ni política. Se trata por cierto de una discriminación social injusta.

María Elton Académica Instituto de Filosofía Universidad de los Andes

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Este 8 de marzo celebramos un nuevo aniversario de la lucha de la mujer por su participación, en pie de igualdad con el hombre, en la sociedad y en su desarrollo integral como persona, cuyas conquistas han tenido sus más y sus menos. En lo positivo, la mujer tiene hoy acceso a todos los trabajos donde antes solo participaba el hombre, al menos en el mundo occidental, y puede adquirir una formación intelectual y profesional equivalente. En lo negativo, podemos señalar dos aspectos interrelacionados. Por una parte, algunos consideran que el reconocimiento teórico de los derechos de la mujer no siempre se aplica en la práctica, quedando muchas veces en desventaja en el ámbito público y profesional, ya sea por la disparidad de remuneraciones, como por la dificultad que encuentra en acceder a los puestos más importantes. Piensan entonces que es necesaria la aplicación de la discriminación positiva en forma más dura, ya sea desde las leyes o desde las organizaciones.

Existe otro aspecto negativo que no se debate a pesar de su importancia. En el origen histórico de la conquista femenina de sus derechos, los hombres realizaban el trabajo en servicio de la sociedad con exclusividad, mientras que las mujeres, relegadas a lo privado, eran amas de casas o educadoras. Participar en pie de igualdad con el hombre en el servicio de la sociedad significó, entonces, para la mujer, incorporarse al modelo de trabajo masculino. De ahí que el ideal femenino predominante sea hoy acceder a los puestos de trabajo que el hombre había poseído en exclusividad, adaptándose a su dinámica eminentemente productiva. Esto es caricaturizable, a partir del modelo de mujer repleta de reuniones inacabables, de viajes de representación y consejos que terminan en la noche o tienen lugar en el fin de semana, la cual busca desesperadamente momentos para su familia. Así, al dejar atrás la sociedad patriarcal, la mujer ha sido víctima de una nueva distorsión social profunda, que se basa en un modelo absorbente de trabajo productivo, la cual afecta también al hombre.

Desde ese modelo, se ha hecho una separación radical entre la valoración de los trabajos productivos, que serían los únicos que sirven a la sociedad, y la valoración de los trabajos de la vida privada con sus tiempos para la crianza y educación de los hijos y para las tareas domésticas que conforman el hogar. Estos últimos no tienen hoy ninguna relevancia ni económica, ni social, ni política. Se trata por cierto de una discriminación social injusta.

Se puede argumentar que, para subsanar este profundo desajuste social, se promueve hoy la instauración de horarios flexibles, salas cuna, y la práctica de la corresponsabilidad entre hombre y mujer en las tareas del hogar. Todas esas medidas son, sin embargo, soluciones parche mientras no haya un cambio profundo de mentalidad. Hace falta promover una conciencia universal de la enorme importancia que tiene el buen funcionamiento del hogar precisamente para la sociedad y el bien común, considerando a la vez su valor político, económico y profesional. Es decir, es necesario que la vida privada adquiera carta de ciudadanía, al mismo nivel que la actividad productiva, y esta última pierda su predominio avasallador, tanto para hombres como para mujeres. Lograr este objetivo abre un debate importante en nuestra sociedad.

Si logramos el cambio de mentalidad y lo aplicamos a la práctica, no será tan necesaria la tensa lucha por la discriminación positiva, porque nadie sentirá la obligación apremiante de incorporarse al modelo de trabajo productivo para tener relevancia social y económica, aunque podrá hacerlo todas las veces que quiera porque es un derecho adquirido tanto de hombres como mujeres. Superar la sociedad patriarcal pasa por darle el valor que realmente tiene la vida privada en sus aspectos sociales, políticos y económicos y que el trabajo productivo no se valore más allá de sus propios límites como servicio a la sociedad. La mujer podría hacer uso de sus derechos adquiridos con entera libertad, no por obligación, porque se la valoraría igual si es la directora de una empresa, que si es educadora o si tiene dedicación exclusiva a su casa. Cualquiera de esas funciones tendría una justa valoración económica, y se consideraría en su real aportación al bien común de la sociedad.

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