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Publicado el 21 de diciembre, 2019

Manuel Bengolea: El debate, ¿cuál debate?

Economista Manuel Bengolea

Muchos parlamentarios de todo el espectro político han renunciado a discutir con la razón, privilegiando la emoción y el eslogan simplista; mal pronóstico tiene un país donde gran parte de su clase política hace alardes de su ignorancia.

Manuel Bengolea Economista

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El Chile de hoy es uno de debates. Y en principio me parece bien, pues si esto implica confrontar opiniones diferentes para mantener informada a la ciudadanía, es un ejercicio sano desde el punto de vista democrático y de la convivencia nacional. Sin embargo, otra acepción del verbo implica contienda o combate, y esa no es tan positiva. Qué impera en el Chile de hoy pareciera que más la segunda que la primera, lamentablemente.

La gran mayoría de los políticos, los llamados a encauzar el debate dentro de los límites de la civilidad para que se produzca una confrontación sana de la cual emerja una propuesta para el aumento del bienestar de los chilenos -que no es lo mismo que el fin de la desigualdad-, están privilegiando la segunda acepción del verbo, la contienda, y en vez de contener a sus partidarios, los exacerban con declaraciones incendiarias, tal como hacían los guerreros vikingos en el siglo VIII a punta de calvados (parecido al aguardiente), embotando los sentidos y preparándolos para un ritual que más parece una invocación al más allá que una discusión de reglas de civilidad.

¿Por qué los políticos avivan la discusión en vez de encauzarla civilizadamente? Simple, porque si paramos a pensar qué le ha pasado a Chile desde el 18 de octubre, llegamos a la conclusión de que la gente se “aburrió” de las injusticias. En efecto, se aburrió de las colusiones de ciertos empresarios, se aburrió que los políticos aumenten su poder, vía captura de ciertas reparticiones del Estado, sin que esto se transmita en mayor bienestar para quienes ellos dicen defender y representar.

¿Por qué la oposición al actual Gobierno, que ha tenido mayoría parlamentaria por muchos años, no ha implementado una solución digna para las pensiones, que es el tema más acuciante de la población según las encuestas?  Para la clase política, hacer un mea culpa es reconocer su ineptitud, y corren el riesgo que los votantes decidamos cambiarlos o lisa y llanamente quitarles el poder, promoviendo un Estado más eficiente, con menos operadores políticos, e independiente de éstos, tipo estructura del Banco Central. ¿Se imaginan la de recursos que se ahorraría el Estado si muchas de las reparticiones fueran manejadas por profesionales independientes y calificados? Sería la ruina de muchos políticos cuyo objetivo primordial no es legislar para beneficio de sus votantes, sino que tener el poder para manipular y subyugar la voluntad de los más débiles.

El senador Girardi declaraba hace pocos días, en un programa de televisión, que las AFP violaban los derechos humanos de todos los chilenos. Esto no solo es una gran falacia, sino que un intento de deshacerse de su responsabilidad en la materia. Las AFP administran los recursos que los trabajadores guardan para su jubilación, y eso lo han hecho muy bien.  Otra cosa es que los trabajadores no ahorren lo suficiente para la vejez. Eso es un problema que viene arrastrándose hace muchos años, y el senador, apernado en el poder hace más de 30 años, cuando además fue mayoría, nada hizo por resolverlo. Creo, más bien, que su intento ahora va por evitar la culpa que muchos políticos cargan por no haber actuado diligentemente con sus votantes, y porque tienen susto de perder el poder que han acumulado.

Tucídides fue un político destacado de Atenas durante el periodo llamado siglo de Pericles (siglo V a. C.), que sostuvo: “No es el debate el que impide la acción, sino el hecho de no ser instruido por el debate antes de que llegue la hora de la acción”. Muchos parlamentarios de todo el espectro político han renunciado a discutir con la razón, privilegiando la emoción y el eslogan simplista; mal pronóstico tiene un país donde gran parte de su clase política hace alardes de su ignorancia. Así es que, o se privilegia la racionalidad argumentativa en el debate, o nos arriesgamos a ser arrastrados por la retórica refundacional de políticos más interesados en esconder sus fallas, que en delinear un mejor camino al bienestar.

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