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Publicado el 21 marzo, 2021

Manfred Svensson: La disrupción del Partido Republicano

Director del I. de Filosofía de la U. de los Andes e investigador asociado del Instituto de Estudios de la Sociedad Manfred Svensson

El Partido Republicano está mucho más determinado por la mentalidad contemporánea –y no precisamente por sus lados más virtuosos– que lo que sus partidarios mejor formados quisieran reconocer. La conclusión puede parecerles extraña a ellos, pero debiera ser notada también por aquellos críticos que solo lo pueden ver como la “vuelta” a un pasado autoritario, fascista o “medieval”. Si uno mira los rasgos que estamos considerando, se le aparece un partido disruptivo antes que un partido conservador.

Manfred Svensson Director del I. de Filosofía de la U. de los Andes e investigador asociado del Instituto de Estudios de la Sociedad
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El 19 de octubre, Chile podría haber amanecido kastista. La pérdida de todo orden podría haber sido percibida con tal desazón, que el intento por recuperarlo pesara sobre cualquier otra consideración. Sin embargo, no fue eso lo que ocurrió: Kast y sus seguidores quedaron, por el contrario, completamente fuera de juego en esa circunstancia. La razón no es, desde luego, que el orden no importe. Pero su interpretación de los hechos –tanto de octubre como de los últimos 30 años- los llevaba a ignorar el malestar y sus causas. A pensar que sobraba conspiración en la izquierda y que faltaba convicción –“pantalones”– en la derecha.

El futuro, con todo, puede darles otras oportunidades, y la crisis migratoria bien puede ser una de ellas, como ha ocurrido con movimientos similares alrededor del mundo. Ante eso hay quienes reaccionan con pánico y acuden a las etiquetas de “fascismo” o “populismo”. Es dudoso que nuestra acción o nuestra comprensión ganen mucho con esa reacción. Eso no quita, sin embargo, que haya problemas en el mundo de los republicanos, problemas que merecen ser discutidos más allá de la izquierda y la derecha liberal.

Partamos por uno de los modos en que desde el sector “republicano” se suele caracterizar a otros grupos de la derecha. No serían más que derechas cobardes, sin convicción. Así, durante la última elección presidencial, un recurrente discurso entre los adherentes de Kast planteaba a los votantes de derecha la siguiente disyuntiva: Piñera representaba la candidatura táctica, Kast la de la convicción (casi parecían evocar a Weber: ética de políticos a un lado, ética de santos al otro). No les falta razón, por cierto, al apuntar a la falta de coraje en aquellos a quienes denuncian. ¿Pero qué nos dice el planteamiento sobre quienes hacen la denuncia? En el afán por exhibirse como hombres de convicción, y más aún en un contexto polarizado, no es extraño que se adopte posiciones en realidad distintas a las que antes se poseía.

Eso es lo que ocurrió, por ejemplo, con la posición que en ese contexto tomó Kast respecto de la tenencia de armas. Al margen de lo que uno piense sobre dicha propuesta, es un hecho que ella constituye una importación del conservadurismo norteamericano. Jamás fue un rasgo propio de una tradición conservadora nacional creer que hogares armados fueran la vía para que el delincuente “lo piense dos veces”. Pero cuando se trata de mostrar que se tiene “pantalones”, no es raro que el efecto sea adoptar convicciones de cowboy. Menciono este caso pues me parece que, lejos de ser algo anecdótico, se trata de un patrón.

Pero el punto también puede ilustrarse con declaraciones más recientes por la crisis migratoria. Entre las medidas propuestas por el Partido Republicano se encuentra, después de todo, incluso la persecución a ONGs que asesoran a inmigrantes ilegales. La preocupación por el problema migratorio es obviamente legítima, y puede ser un mérito de los republicanos el reconocerla como tal. Pero cuando se escucha propuestas como ésta, y a Kast hablando sin matices de una “invasión” (cuando es asilo contra la opresión), desde luego hay un problema. ¿Cómo describir tal problema? Tal vez sea que las mismas causas que se abrazan acaban instrumentalizadas, subordinadas a este objetivo de mostrar convicción, y que así terminan siendo desfiguradas de maneras como ésta. Porque se trata de una desfiguración: una de las consecuencias de esta retórica es precisamente volver más improbable una discusión razonada sobre fronteras y migración.

La derecha “verdadera”

Pero este modo de aproximarse a la realidad afecta no solo las causas abrazadas, sino también la manera en que se describe la propia posición. Uno de los candidatos del PR a la Convención Constituyente, y destacado académico, se ha definido como de “derecha-derecha” y, así, como contrario a la izquierda y a la extrema izquierda, a la democracia cristiana y a la centroderecha, en realidad a todas las otras variantes, miedosas y chuecas, de la derecha. Desde luego hay que reconocer que los republicanos no están solos en esta retórica. No hace mucho uno veía llamados a huelga general feminista, declarando que esta huelga era antiracista, anticarcelaria, antiextractivista, y muchas cosas más. Entre un polo y otro, la verdad es que estas declaraciones lograban ser anti-todo (aunque el llamado a huelga feminista incluía la humorada de así y todo declararse inclusivo). No hay que extrañarse, supongo, pues de este afán por tener convicciones y representar una derecha (o izquierda) “verdadera” se sigue naturalmente algo así: reforzar la diferencia (no soy parte de esa derecha) se vuelve casi un deber.

Pero bien cabe preguntarse qué clase de pretensión descaminada es esto de ser de derecha “verdadera”, y acusar de “amarillo” a todo quien no comparta el catálogo de ésta hasta sus últimas consecuencias. No hay para qué negar que el bimonio izquierda-derecha tiene cierta utilidad, que a veces nos ayuda a ubicar a alguien en el mapa del pensamiento o de la acción. Pero no es sensato pensar que esa es la manera fundamental de concebir la propia identidad política, como si la autenticidad con que se sea de derecha o izquierda pudiera orientar de modo serio el trabajo de alguien o renovar nuestra convivencia.

Y sin embargo, ahí está la derecha-derecha, determinada por esta mentalidad tanto en su visión del pasado como por lo que respecta al futuro. El mundo de los republicanos vive, en efecto, en una frágil síntesis –muy de “verdadera derecha” (noventera)– entre consignas libertarias en lo económico y conservadurismo en lo cultural. ¿Es viable esa síntesis? En los noventa parecía serlo, pero en realidad sería extraño que, elevado a principio último para ciertas materias, el consentimiento individual no se volviera el criterio último para todas. Las dinámicas de un capitalismo sin límites obviamente se encuentran tras el cambio cultural que el país ha vivido. Al respecto –y por ende, sobre el sentido de la subsidiariedad– ha habido una discusión ya por una década en la propia derecha. Se trata de una materia que, por cierto, admite infinitos matices y que no obliga a nadie a un radical giro anticapitalista. Pero por lo pronto, la disposición de los republicanos es actuar como si dicha discusión ni siquiera existiera. ¿Cómo no mostrar al menos que se ha oído hablar de asuntos que desafían de modo tan central la propia posición? ¿Cómo no querer mostrar una reflexión sustantiva en torno a estas cuestiones?

En cuanto al pasado previo a los noventa, es un hecho de la causa que desde el Partido Republicano se ha hecho gala de lo que Claudio Alvarado ha llamado “pinochetismo millenial”: la adopción de un registro polémico que por lo bajo minusvalora las violaciones a los derechos humanos, y que en nada contribuye a la discusión crítica del pasado. Por lo demás, se trata de un postureo que no limita sus apariciones a los momentos en que se discute el pasado: un joven candidato a concejal por Viña del Mar escribe que dará a Viña “un Gobierno comunal como el presidente Pinochet lo hubiera querido”. Si la apelación a Pinochet se vuelve de tal modo parte de una identidad, hay que preguntarse si hay algo más que autoritarismo en juego. No es una versión de la historia de Chile la que se defiende en declaraciones como ésa. El pasado, historia secular, se incorpora a la identidad actual casi como si fuera historia sagrada, de la que nada puede ser discutido. Esto, en efecto, tiene una buena dosis de política identitaria, situándolos en la misma vereda que aquella izquierda identitaria de la que pretenden ser adversarios. No como doctrina consciente, por cierto, pero incluso con una doctrina opuesta es posible caer en las trampas de la política de identidad.

Las consideraciones precedentes me llevan un poco más atrás, por si la discusión alemana nos puede dar algo de perspectiva (y no, ¡no aludo a Alemania para jugar la carta del fascismo!). El año 2014, un joven teólogo alemán, Sebastian Moll, se retiraba del Partido Liberal Alemán (FDP) para unirse a la Alternativa para Alemania (AfD). Sabía de la fama de mero partido antimigratorio que acompañaba a la AfD, pero al mismo tiempo veía ahí voces que se atrevían a tocar problemas que el resto de la política alemana callaba, y notaba en sus líderes al menos alguna preocupación por preservar la civilización occidental. Los ecos con nuestra situación son evidentes. Pero apenas tres meses más tarde, Moll se encontraba, cual hijo pródigo, de regreso en su antiguo domicilio político. Su balance tras conocer el AfD por dentro era sencillo: los desequilibrios en el discurso de la dirigencia (conocidos por todo el mundo) apenas eran comparables con la abismal política de resentimiento y abierto paganismo de las bases. Apenas tocadas por la civilización, hostiles también respecto del cristianismo, esas bases constituían una singular línea de defensa para una civilización occidental cristiana.

No pretendo, evidentemente, trazar equivalencias estrictas, y sobra decir que en el Partido Republicano abundan personas que no responden a esta descripción y que podrían hacer un valioso aporte a la vida nacional. Pero desde luego vale la pena preguntarse por las visiones y pulsiones que tienden a dominar en un grupo más allá de sus declaraciones de principios. Porque no cabe duda de que este movimiento ha apelado a unos círculos bien singulares: el mundo de los memes de “God Emperor Kast”, la cultura de los que comparten videos con títulos como “Putín destruye la ideología de género”, y en fin, un mundo en el que se tiene por normal que Fernando Villegas describa a Daniel Mansuy como progresista, y un largo etcétera.

Victimismo y política identitaria

Pero particularmente importante es el papel que desempeña el victimismo. Para enormes grupos de personas, el entenderse como víctimas ha pasado a ser la piedra angular de su identidad política. Este suele ser imaginado como rasgo de izquierda, pero es obvio que hay una versión del victimismo también al otro lado. Y es bien sintomático que cuando el 2018 se lanzaba el movimiento Acción Republicana, la primera frase de la campaña fuera “No dejes que nunca más te pasen a llevar”. Revolución Democrática no lo podría haber dicho mejor. El carácter del agravio no es el mismo que suele encontrarse en el victimismo de izquierda, desde luego: no estamos ante una minoría étnica o un sexo oprimido. Pero la sensación de que a uno le han robado el país también genera victimismo.

Hay ecos de esta mentalidad en distintas partes. Se denuncia (con razón) la corrección política, pero la pregunta es qué se levanta en su lugar. La simple incorrección política, el “decir las cosas como son”, no es más que una mímesis de la corrección que se desafía, un remedio que puede ser tan estéril como la enfermedad que se denuncia. Después de todo, la corrección y la incorrección política son dos formas de erosionar la comunicación entre las personas. A la incorrección la acompaña la idea que jamás se puede confiar en la izquierda, la acompaña el desinterés por las reflexiones que puedan surgir de la derecha “cobarde”. Lo que en realidad nos revela esta mirada es que tampoco la filosofía de la sospecha es patrimonio exclusivo de la izquierda. Todo esto parece conducirnos a una misma conclusión: el Partido Republicano está mucho más determinado por la mentalidad contemporánea –y no precisamente por sus lados más virtuosos– que lo que sus partidarios mejor formados quisieran reconocer. La conclusión puede parecerles extraña a ellos, pero debiera ser notada también por aquellos críticos que solo lo pueden ver como la “vuelta” a un pasado autoritario, fascista o “medieval”. Si uno mira los rasgos que estamos considerando, se le aparece un partido disruptivo antes que un partido conservador.

¡Pero es que la situación no está para solo conservar!, podrían clamar los republicanos en defensa de su disrupción. Y en un sentido tendrían razón. Pero si nuestro momento exige más que conservación, lo que se requiere es precisamente la capacidad para construir. La cuestión, por supuesto, es si hay alguna capacidad para construir cuando se levanta un movimiento arrojando palos a diestra y siniestra, cuando se es simple reverso de un adversario.

Ante este cuestionamiento muchos responderán que los republicanos hacen firme defensa de la familia y de la vida desde la concepción hasta la muerte natural. Se trata de conocidas credenciales conservadoras. Eso es lo que, de hecho, atrae a muchos de sus seguidores, y es también lo que repele a algunos de sus críticos. Partamos primero por una sencilla respuesta a estos. La legitimidad democrática no pasa por renunciar a convicciones de este tipo. En todo el mundo democrático, convicciones como éstas cuentan con alguna presencia en el espacio público. A veces es una presencia marginal, a veces importante. Adherir a alguna forma de progresismo, aunque fuere tenue, no se encuentra entre las condiciones que hacen posible la convivencia democrática.

La pregunta que hay que hacerse, entonces, es si acaso estas convicciones son defendidas de un modo adecuado por el mundo de los republicanos. No cabe duda de que clavan una bandera y que, con ello, hacen oír su voz. Sí cabe duda, en cambio, de cuánto buscan persuadir, vieja tarea que, después de todo, no es muy fácilmente compatible con los problemas que hemos notado hasta aquí: no es compatible con culturas de la sospecha y del victimismo, ni tampoco con la política identitaria. En rigor, no es compatible con la mentalidad de guerra cultural. Por lo demás, si una convicción ya corre con cierta desventaja en el mundo contemporáneo, no es muy fácil imaginar que se vuelva más sugerente por ir asociada a un declarado pinochetismo. ¿Se levantará desde ahí una voz persuasiva respecto de la eutanasia? Dicha pregunta, por lo demás, no es solo de estrategia, sino que dice algo sobre una tensión de fondo.

Cabe notar, por último, que se vive en cierta ilusión respecto del modo en que los cambios en una u otra dirección tienen lugar. Acentuar el carácter moral de nuestra crisis es perfectamente pertinente. Pero no es solo una agenda progresista la que tiene al país en su situación actual. La ausencia de condiciones materiales que faciliten la vida familiar –y la ausencia de una derecha preocupada por ellas– ocupa un lugar no menor en esta historia. Si se aspira a tener la familia como base de la sociedad, las preguntas sobre vivienda y cuidado de hijos pre-escolares, sobre diseño de horarios y de la ciudad, tienen que volverse centrales. Pero los republicanos, como ya hemos notado, no parecen particularmente preocupados por la reflexión crítica sobre estos asuntos.

Finalizo con una consideración respecto de las formas. Quienes conocen personalmente a José Antonio Kast, o quienes tratan con él en privado, no dudan en describir un carácter muy distinto del personaje público que ha construido. No tengo razones para dudar de esa descripción. Incluso, algunas apariciones televisivas distan del personaje que aparece en redes sociales. Pero es el personaje público el que determina el rumbo de su movimiento, y este ha hecho de la disrupción y la estridencia su divisa. Esto conecta, por supuesto, con los fenómenos a los que me he referido antes: la incorrección política, la necesidad de mostrar que no se cae en las medias tintas de otras derechas. La gran pregunta es, desde luego, si acaso ese es el camino para la política de convicciones que se pretende representar.

En parte, es un viejo y sencillo problema el que está en juego en esta cuestión de la convicción. En cada controversia de la que se participa, se juega no solo el futuro del punto en controversia (el aborto, por ejemplo), sino también el modo en que se continúa conviviendo con quienes difieren. Están los que por pragmatismo pueden cambiar cada una de sus convicciones, y los ejemplos están servidos en bandeja para quien quiera criticarlos. Pero en la sola presentación de convicciones, sin preocupación profunda por la civilidad de la vida en común, por evitar que la convivencia se continúe fracturando, hay poca virtud. Por decirlo de otro modo, pensar al mismo tiempo sobre la convivencia no es “pragmatismo” ni cobardía, sino reconocer que hay un bien intrínseco en la capacidad de vivir juntos. Tal vez sea mejor reconocer, después de todo, que esta disyuntiva entre ética de santos y ética de políticos, ética de convicciones y ética de responsabilidad, no es muy conservadora ni tiene mucho sentido. Tal vez sea mejor, en todo el arco político, detener la disrupción antes de que la degradación sea irreversible.

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