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Publicado el 12 de octubre, 2015

Mal de muchos

La pregunta del millón es demasiado obvia: atendida esta realidad internacional, que no depende de nosotros ¿las reformas nos han dejado en mejores o en peores condiciones para enfrentarla?
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A mediados del segundo semestre del año 2013 el entonces Ministro de Hacienda Felipe Larraín advirtió que las propuestas de la candidatura presidencial de la Nueva Mayoría estaban afectando la inversión.  Los inversionistas, señaló Larraín, ven con preocupación y cautela que se pueda emprender una agenda reformista que ponga en riesgo la estabilidad del modelo de desarrollo –la cita no es literal, sino un referencia al sentido de lo expresado entonces- y, por lo tanto se aprecia una caída preocupante en la inversión, que traerá una disminución en el ritmo de crecimiento del país.

La respuesta que le dieron fue la obvia: campaña del terror, anuncios catastrofistas injustificados, pues Chile seguiría creciendo a cifras del orden del 3,5%.  Las reformas son pro crecimiento, aseguró el encargado del programa y luego primer Ministro de Hacienda de la actual administración, Alberto Arenas.  La historia del frenazo de nuestra economía es conocida, por eso pasamos de los pronósticos a las explicaciones.  ¿Cuáles son?

En realidad, como diría un buen estudiante de derecho, hay que distinguir entre las justificaciones y las explicaciones propiamente tales.  Las primeras también han evolucionado, al comienzo se nos decía que las reformas son necesarias para “salvar el modelo”. Sí, tal cual, a algunos connotados dirigentes de la izquierda les bajó un repentino cariño por la economía de mercado y se sintieron en la necesidad de protegerla. Es curioso, porque son más o menos los mismos que denunciaban la “democracia protegida” de Pinochet y decían que aquella era una forma de esconder la falta de democracia.

Bueno, en uno de los giros fantásticos de nuestra política, esos mismos denunciantes inventaron una suerte de “mercado protegido” a punta de regulaciones, alzas de impuestos y diversas fórmulas de estatismo, pues así salvarían el modelo del inminente “estallido social”.  Frente a lo estrambótico que resulta la posibilidad de tal inminente estallido en un país en que, como muestran las encuestas, casi el 70% de la gente está contenta con su vida y tiene el mejor índice de desarrollo humano de América Latina, sólo queda concluir que el argumento no era más que una manera de disfrazar su agenda contraria al mercado.  Como saben varios curas difuntos, hay que preocuparse de los sacristanes demasiado solícitos.

También escuchamos el argumento de la justicia.  Nos decían, y todavía nos dicen, que esta es una sociedad con una “desigualdad brutal”, aquí no hay igualdad de oportunidades y el Estado no reconoce los derechos sociales, en esta sociedad de mercado –dicen los profetas de la igualdad- la educación y la salud están entregadas a la capacidad de pago.  Así es que para tener una sociedad realmente justa, “de ciudadanos y no de consumidores”, el decálogo igualitarista dispone pagarle la universidad… a los ricos.

Pero lo anterior es más o menos historia, lo interesante del momento es mirar con atención el giro dialéctico actual, para lo cual llegamos al tiempo de las explicaciones.  Es verdad, nos argumentan, que nuestra economía está teniendo el peor desempeño de los últimos 30 años, pero eso es culpa de los chinos. El argumento no es racista, en todo caso, sino una referencia a que el gigante asiático está creciendo varios puntos menos que en el pasado y, por lo tanto, ha caído su demanda de commodities, llevando el precio de estos a la baja y afectando a países como Chile.

La explicación se puede codificar, como en algunos chistes, en distintos lenguajes: un futbolista diría “no se nos dieron las cosas”; para un religioso serían “los inescrutables caminos del Señor”; un meteorólogo recurriría a la inefable “vaguada costera”; y un abogado lamentaría la parcialidad del Tribunal.

Pero la pregunta del millón es demasiado obvia: atendida esta realidad internacional, que no depende de nosotros ¿las reformas nos han dejado en mejores o en peores condiciones para enfrentarlo?  Lamentablemente, en mi caso personal estoy en ese brevísimo lapso de la vida en que dejé de ser ingenuo y todavía no me afecta la demencia senil, así es que también tengo clara la respuesta de los profetas de la igualdad: las reformas son neutras, ni ayudan, ni perjudican. Lo anterior se acompaña de un argumento dicho en tono doctoral: “no hay evidencia que demuestre que un alza de impuestos afecte significativamente el crecimiento”. Obvio, si algo recuerdo del llamado método científico es que para demostrar una hipótesis se requiere poder verificar el experimento repitiéndolo en igualdad de condiciones o tener una muestra control.  Nunca se va a poder verificar que habría pasado en un país si se hubiera aplicado una política diferente.

Pero sí se puede hacer otra cosa, mirar la experiencia de los países que se han desarrollado: ninguno tiene dos sistemas tributarios rigiendo en paralelo; ninguno ha convocado a una asamblea constituyente para hacer una nueva constitución, al contrario, se caracterizan por su estabilidad institucional; y casi ninguno ha suprimido el reemplazo en la huelga.  Pero lo que ninguno, ninguno ha hecho, son todas esas cosas juntas.

En todo caso, mis queridos e indulgentes lectores, toda esta argumentación es un esfuerzo vano, porque se clausura con la madre de todas las razones: América Latina está igual, Brasil y Venezuela, por ejemplo, están creciendo menos y la delincuencia es peor en México, por decir algo.  Argumento frente al que, después de todo, me rindo; cuando era ingenuo llegué a pensar que podíamos ser los líderes de nuestro sub continente, ser los primeros en llegar al desarrollo, ser el modelo que todos los demás miraran para aprender.  Pero no, hemos vuelto a nuestra esencia más profunda, un país que mira para el lado para justificar lo que no es y nunca será.

Gonzalo Cordero, abogado. Foro Líbero

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