Ha muerto Isabel II, quien gobernó por 70 años el Reino Unido. Protagonista del siglo XX, parecía una inmortal y, para muchos, vestigio de una institucionalidad anacrónica, la monarquía. Ante su muerte y el ascenso al trono del Príncipe de Gales como Carlos III, muchos han cuestionado la continuidad de esta institución apelando a su falta de popularidad. La “democratización de la cultura” ha sido impulsada desde el banalizar todo, instituciones, comportamiento y en general la vida entera. Esta actitud más bien desacralizadora choca con la pompa casi exagerada del mundo británico que busca lo permanente en un mundo que prefiere el fluir y el cambio. La formalidad inglesa contrasta con la informalidad imperante que busca “supuestamente” acercar la política a las personas. 

Tras la muerte de la reina eterna es importante cuestionarnos ciertos supuestos imperantes. Es esencial repensar la democracia como concepto, preguntarnos qué es y qué no es. Muchos piensan que la democracia es opuesta a la monarquía, lo que no es cierto. La monarquía se opone a la república, pero no a la democracia. Una república puede muchas veces ser menos democrática que la monarquía, hay muchos ejemplos para eso. 

¿Qué es, entonces, la democracia? Es mucho más que la manifestación de la voluntad popular desde el voto para establecer a un gobernante. Implica instituciones sólidas que garanticen el orden y la ley y que aseguren a las personas los derechos anteriores al pacto, que son la vida, la libertad y la propiedad. Es esencial por tanto para que haya real democracia que exista separación real de poderes, contrapesos para que el Estado no pase por sobre los individuos. 

Dicho esto, muchas repúblicas latinoamericanas con Estados omnipresentes y omnipotentes dejan de ser realmente democráticas, mientras que el Reino Unido, siendo una monarquía, es inmensamente democrático. Parece una contradicción, pero no lo es. Es una monarquía, sí, pero los reyes no gobiernan hace mucho y hay allí una real alternancia en el poder que es una de las características de una democracia sana.  

La democracia suele oponerse al concepto de aristocracia y hace que muchos, por lo mismo, sean contrarios a la monarquía, que supuestamente es lo opuesto a la meritocracia. Otra vez aquí el Reino Unido nos da una lección. Si hay algo en lo que los ingleses creen desde siempre es en el “self made man”; el concepto de autoayuda y de valor al mérito ha sido ensalzado en la historia y apoyado desde la monarquía. La Abadía de Westminster es ejemplo de esto. Allí, además de estar enterrados los reyes de Inglaterra, están todos aquellos que se destacaron en el reino. Los reyes y los súbditos que construyeron la nación comparten el panteón eterno. La tumba más importante del complejo es la del soldado desconocido, la única que no se puede pisar. 

El concepto de nación se fortalece desde la monarquía ya que es esta institución la que enaltece desde ennoblecer, hacer caballeros, a todos quienes destacan en el reino. Isabel II honró a importantes celebridades: músicos como Paul McCartney, Mick Jagger, Elton John, Robert Plant, Adele, entre otros. Actores como Sean Connery, Edris Elba, Michael Cane, Anthony Hopkins, Ian MacKellen; actrices como Emma Thompson, Judy Dench, Maggie Smith, Hellen Mirren, Elizabeth Taylor, Julie Andrews; deportistas como el tenista Andy Murray y el corredor de Fórmula 1 Lewis Hamilton. Del mismo modo, modelos como Twiggy Lawson, escritoras como Agatha Christie, además de hombres y mujeres que desde sus disciplinas construyen nación.

La monarquía encarna al reino mismo, le da unidad en la diversidad y continuidad en el cambio. Como institución es garante del mantenimiento de la democracia misma. Como decía G.K. Chesterton “la Tradición es la Democracia de los muertos”. 

Una nación es su historia y desde ahí mira al futuro. Una nación es democrática cuando escucha a todas las voces, las que fueron, las que son y las que serán, y en este sentido la monarquía inglesa actúa como garante de la continuidad en el cambio y se nos aparece como algo democrático y cohesionador. 

La palabra “democratización” desde el llamado progresismo mira solo al futuro y reniega del pasado y es por eso que en su búsqueda de modernizar termina banalizando. Esta es una democratización mal entendida, ya que la soberbia del momento busca borrar la realidad misma y el ethos de una nación, la “borrachera refundacional”. 

*Magdalena Merbilháa es historiadora, periodista, MA Education, Kingston UK.

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