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Publicado el 23 de junio, 2020

Magdalena Brzovic y Sergio I. Melnick: ¿Qué es mejor, más o menos impuestos?

En Chile nos gusta tomar como referente a la OCDE que agrupa a muchas de las economías más desarrolladas del mundo. El error es creer que sólo hay un tipo de estado, y que por ende son comparables. Claramente no lo son.

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El estado

Desde que existen las sociedades organizadas han existido los impuestos. Los impuestos casi nunca son voluntarios, son casi siempre obligatorios por su propia definición. El estado es un constructo humano y responde a la necesidad de hacer un pacto colectivo de convivencia y progreso.

Los griegos en la antigüedad, los noruegos en la actualidad y en particular el filósofo alemán Peter Sloterdijk, plantean lo que se denomina hoy como la Fiscalidad voluntaria y responsabilidad ciudadana, una idea provocativa: que los impuestos a la renta no sean obligatorios, sino aportes voluntarios. Los griegos situaron los impuestos en el terreno de la ética. Allí las tasas no eran la manera por la que los más pudientes compartían su riqueza con el pueblo, sino que se entendía como un servicio público. Eran, en definitiva, donaciones voluntarias, como cuando Prometeo regaló el fuego a los hombres o cuando Atenea hizo lo propio con el olivo.

La intención que subyace a esta propuesta es repensar la relación del Estado con la ciudadanía y, en particular, sus implicancias ético-cívicas. Si pensamos al Estado moderno como una institución cuya principal tarea es resguardar la libertad de sus ciudadanos y el bienestar de la comunidad, entonces el pago de los impuestos debiera responder a una idea de responsabilidad ética por el cuidado de la comunidad. Para los antiguos griegos, noruegos y Sloterdijk, lo que sustenta la imposición de impuestos en democracia debiera ser el reconocimiento del contribuyente como un patrocinador de la comunidad y no como un deudor del Estado, como suele entenderse.

Pero aterricemos a la cruda realidad del ser humano como un ser imperfecto.

Hay diversos tipos de estado. Los hay democráticos en diversos grados y totalitarios también en diversos grados. Y todos son estados. Las izquierdas del mundo creen (casi religiosamente) que mientras más grande y poderoso es el estado, mejor estará la sociedad. Poco en realidad les interesa el individuo, privilegian lo colectivo. Para las derechas y libertarios en cambio, el desafío no es el tamaño, es la calidad de ese estado. El principio es tener un mejor estado, y el cuidado equilibrado del individuo y del colectivo.

Todos los estados requieren financiamiento (impuestos) para cumplir el mandato ciudadano contenido hace siglos en el contrato social. Hay algunos estados empresarios, pero la historia muestra que, en el mediano y largo plazo, la política siempre se apropia de las empresas y las destruye productivamente. Cuando el estado es empresario, es juez y parte. Debe controlarse a sí mismo, y eso es imposible. Por eso, en general, la educación y salud pública andan mal. Otro ejemplo actual es Venezuela: el país con las mayores reservas de petróleo del mundo, y después de décadas de administración estatal, hoy debe importar petróleo. Chile durante la UP fue un ejemplo más cercano y casi todas las empresas debieron ser subsidiadas en vez de otorgar recursos al estado. TVN y ENAP hoy son ejemplos de empresas intervenidas políticamente.

Los impuestos no sólo tienen por finalidad financiar al estado, sino también mejorar la llamada re-distribución del ingreso. Es ayudar a los que tienen problemas, es otorgar mejores oportunidades a los que no las tienen. Es emparejar la cancha.

El gran problema son los llamados costos de agencia. De la plata que pagamos en impuestos para que funcione lo colectivo y se redistribuyan ingresos, ¿cuánto queda en la burocracia o la administración? La evidencia sugiere que el estado (digámoslo en simple, la política) es un hambriento crónico. Las manos de la política son porosas y absorben recursos sin límite. El Banco Mundial indica que en Chile se pierden USD6 mil millones en ese tránsito desde el contribuyente al beneficiario final.

¿Más o menos impuestos?

Entonces, ¿es deseable que los impuestos suban? Desde el punto de vista del contribuyente, mientras menos impuestos es obviamente mejor, pero no hay una regla fija. Depende para qué, en qué montos y en qué oportunidad.

Si el país tiene mucha pobreza, es porque la sociedad no funciona adecuadamente, y es difícil que los impuestos por si mismos resuelvan el problema. La sociedad, en este caso, no sabe generar riqueza, y los estados sólo la gastan, nunca en realidad la generan.

¿Es bueno depender del estado?

El tema de fondo es la libertad. La vida colectiva requiere del sacrificio de algunos espacios de libertad. El principio óptimo debiera ser el sacrificio del mínimo posible de libertades. Pero para las izquierdas, el ideal es un estado todopoderoso. Volviendo a los tributos, el estado, como la familia, tiene un presupuesto, y los políticos siempre quieren más recursos porque siempre ofrecen lo que no pueden cumplir.

La mayoría de las veces subir los impuestos produce el efecto contrario, o al menos nunca recaudan lo que dicen los políticos. Eso es obvio porque ponen impuestos para poder gastar más. Lo grave es que gastan de acuerdo a los supuestos y recaudan de acuerdo a la realidad. Por eso los países con políticos inescrupulosos terminan siempre con déficit fiscal, lo que los lleva a proponer más alzas de impuestos y así sucesivamente. Es muy raro que los políticos bajen impuestos. Pero a medida que suben los impuestos debilitan a las empresas y éstas dejan de crecer o simplemente se van a otros países. El resultado es menos crecimiento y menos impuestos. Es el famoso circulo vicioso de la pobreza.

Si analizamos con detención el efecto que trae el alza de impuestos podremos concluir sin temor a equivocarnos que, como ha ocurrido en todos los países que tienen impuestos muy altos, la evasión pasa a ser la vedette de la fiesta. Sin duda algunos altos impuestos además de evasión traen consigo los efectos negativos sobre el ahorro o la inversión.

¿Cuánto es poco o mucho impuesto?

Una pregunta fundamental. No tiene una respuesta clara y estas son teñidas de principios ideológicos fundamentales. La izquierda considera que más impuestos es siempre mejor, y la izquierda extrema considera que la propiedad privada no debiese existir. Para la derecha, mientras menos impuestos, mejor funciona la economía generando empleo, inversión, oportunidades.

Lamentablemente, la respuesta casi siempre depende del punto de comparación. En Chile nos gusta tomar como referente a la OCDE que agrupa a muchas de las economías más desarrolladas del mundo. El error es creer que sólo hay un tipo de estado, y que por ende son comparables. Claramente no lo son.

La clave es considerar qué recibe el ciudadano como contrapartida a los impuestos que paga. En Chile, una parte importante de la población paga su fondo de pensión, salud privada, educación privada, carreteras y otros, por lo que no es comparable con países en que todo eso es estatal.

En Chile en realidad hay muchos impuestos. Por de pronto el impuesto a la renta donde se llega a pagar hasta el 44,45% del ingreso, bordeando la constitucionalidad. A eso hay que sumar el escandaloso y ciego IVA del 19% que grava por igual a ricos y pobres cuando consumen. Hay impuestos elevadísimos a los combustibles, a los alcoholes, al cigarro, lo que se agradece pues mitigan las externalidades negativas que trae el consumo de esas sustancias. Hay impuesto de timbres por los préstamos y transacciones bancarias. Hay contribuciones que son impuestos al activo, olvidando que ese activo puede tener deudas. Están las patentes de los automóviles, patentes municipales. Hay impuestos de herencia y a las donaciones, que pueden llegar hasta el 25%.

En nuestra región el promedio de los tributos llega a un 23% del PIB y en la OCDE, alrededor del 34%. Chile ocupa en este ranking el lugar 10, con un 20,4%. Pero como hemos dicho, las prestaciones estatales no son las mismas y por ende no se puede comparar livianamente esas tasas (cosa que los políticos efectivamente hacen de manera muy liviana). Además hay que considerar la deuda pública como parte de la ecuación, porque son gastos futuros.

De acuerdo a las estadísticas disponibles, los países que menos pagan impuestos en América Latina son Guatemala (12,6% del PIB), República Dominicana (13,7%) y Perú (16,1%). En el otro extremo está Cuba (41,7% del PIB), seguido por Brasil (32,2% del PIB) y Argentina (31,3%).

En Europa hay países desarrollados que han funcionado mejor con impuestos altos, con elevada presión impositiva, y otros que han funcionado bien con tasas menores. Como hemos dicho, depende de qué tipo de estado hablamos.

En la OCDE, por ejemplo, entre los países con impuestos más altos están Islandia, Dinamarca, Francia, Bélgica, Suecia, Finlandia, y figuran entre los más competitivos del mundo. Son países con 3.000 años de historia, poderosas clases medias, y alto nivel cultural. La corrupción y la capacidad de evasión y elusión son otro ingrediente del guiso tributario. Mientras más altos sean los impuestos, más aumenta la evasión y la elusión, de modo que los costos de recaudación aumentan y también la corrupción tributaria.

La mejor fuente de recaudación es siempre el crecimiento de la economía. Los impuestos siempre afectan negativamente el crecimiento. La redistribución es para apoyar a los más desvalidos, no a las empresas.

Los países socialistas son los que más impuestos cobran, y los que tienen las economías que menos funcionan. Los impuestos son necesarios para la vida colectiva: el apoyo a los más vulnerables, los bienes públicos, la justicia la policía, las leyes y la defensa.

Aristóteles decía que era necesario encontrar siempre el justo medio entre el exceso y el defecto. Eso requeriría sabiduría de la clase política, y es lo que al menos en Chile, es lo que menos tienen.

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