El 25 de octubre de 2019, cientos de miles de personas salieron a las calles para pedir cambios que permitieran vivir mejor. Por manipulación de los políticos, terminamos enfocándonos en la posibilidad de redactar una nueva Constitución y la agenda social quedó en el olvido. Un año después, el 25 de octubre de 2020, la ciudadanía aprobó con amplia mayoría redactar una propuesta de nueva carta magna en una Convención Constitucional. A dos años de la gran marcha ciudadana y un año después del plebiscito, las personas siguen viviendo igual, pero con más miedo y más incertidumbre.  

La Convención ha perdido apoyo ciudadano, teniendo hoy solo un 43% de aprobación (CADEM, 2021). Esto no es fortuito, sino que responde al irresponsable comportamiento de algunos convencionales que han mostrado intentos refundacionales que la ciudadanía no quiere (¿nuevo himno?, ¿nueva bandera?), han tenido prácticas que faltan a la verdad, han buscado privilegios donde los chilenos esperábamos humildad y mayor vocación de servicio (los sueldos eran conocidos, ¿por qué pedir aumentos?), no han respetado las reglas (⅔ fue lo acordado para tener grandes consensos) y dejaron fuera del reglamento derechos fundamentales para las familias chilenas, como el derecho de elegir la educación de los hijos. La lista es larga y la ciudadanía está descontenta.

En ese contexto, vemos una sociedad civil que está cansada y se comienza a activar. Muestra de ello es la convocatoria que se realizó el sábado 6 de noviembre a las afueras del ex Congreso, superó las 1.000 personas. Esta se desarrolló para exigirles a los convencionales que pongan a las personas en el centro de la discusión de la nueva Constitución y que redacten una Carta Magna que nos represente a todos. Los chilenos que aprobaron en el plebiscito no quieren refundar Chile, no quieren instalar proyectos políticos fracasados y que solo generan división en el país. Lo que quieren es sencillamente que seamos un país unido, donde prime el diálogo y la razón (palabra tan olvidada en este último tiempo), quieren vivir en paz y que realmente nos hagamos cargo de tener una mejor salud, una mejor educación, mejores pensiones, entre otras cosas.

Uno de los carteles que se observaban en la convocatoria decía “La Libertad de Enseñanza no se tranza”. Me acerqué a preguntar a uno de los jóvenes que lo sostenía cómo se llamaba y de dónde era. Me contestó que se llamaba Sebastián, que era miembro del Movimiento Independiente de Estudiantes Secundarios (MIES) y que era de Villarrica. Estudia en un colegio subvencionado y viajó cientos de kilómetros en la madrugada para defender su derecho y el de su familia a escoger su educación y la existencia de una educación libre, diversa y de calidad para todos. Es deber de los convencionales darle tranquilidad a los miles de estudiantes que, como Sebastián, tienen miedo de que sus colegios dejen de existir, también a los padres y apoderados, para que ellos puedan escoger la mejor educación para sus hijos. En este mismo sentido, había un padre con su hija en los hombros con un cartel que decía “El Estado no la puede llevar en los hombros”, haciendo referencia a que el Estado jamás sabrá lo que es mejor para un hijo que sus propios padres.

Por otra parte, había personas exigiendo a los convencionales que resguarden la libertad de culto de todas las personas para que puedan profesar la fe en la que creen, entendiendo cada una de ellas como un camino hacia la felicidad y una forma de vida decidida libremente.

También pude conversar con los vecinos y emprendedores de Santiago Centro, quienes hace dos años no viven ni pueden emprender en paz. Los convencionales tienen el deber de asegurarles a las personas que van a poder emprender y perseguir sus sueños, premiando el esfuerzo personal y creando nuevas oportunidades laborales, sin discriminaciones entre las iniciativas de la sociedad civil y lo estatal.

Chile crece cuando la sociedad se mueve, y la sociedad se mueve cuando existe libertad y ánimo de bien común. Y son precisamente estos valores los que tenemos que potenciar: en los colegios, en las universidades, en los IP y CFT, en el trabajo, en los hospitales, en los emprendimientos, en las instituciones y también en la Convención, que es donde vemos que no está siendo así. Sabemos que hay muchos convencionales que creen en los valores de la libertad y comparten la visión de tener un mejor Chile para todos, desde lo ciudadano, sin cálculos ideológicos. Los chilenos queremos un país más justo, más seguro y feliz, un país que respete a los padres y apoderados, que respete a los creyentes y que apoye a los emprendedores. En resumen, un país libre.

 

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