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Publicado el 27 de diciembre, 2018

Luis Robert: Una mirada política de la soledad en la vejez

Investigador Idea País Luis Robert
Según el filósofo escocés Alasdair MacIntyre, una sociedad política que mira en dirección a la justicia y la solidaridad es aquella que parte del hecho de que la dependencia es algo que todos los individuos experimentan en algún momento de su vida. ¿Estaremos dispuestos a pensar la vejez de los adultos mayores como si fuera la nuestra?
Luis Robert Investigador Idea País
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Estamos en época de Navidad y año nuevo. Pese al significado comunitario que como país le damos a estas fechas, en Chile han aumentado lentamente las personas que viven en soledad y, en particular, los adultos mayores que se encuentran en ese estado. Según la Encuesta Casen 2017, si en 1990 un 8,8% de los adultos mayores vivía solo ―porcentaje que parece estable hasta el año 2006―, a partir de la medición de 2009 la cifra aumenta desde 11% a 13% en 2017, incremento que es mayor en mujeres y en los quintiles de ingreso inferiores. Además, el porcentaje de personas que vive sola aumenta considerablemente en los mayores de 80 años y más ―la llamada “cuarta edad”―, llegando al 19%.

Los organismos internacionales postulan que como sociedad debemos aspirar a que los adultos mayores sean lo más “independientes posibles” de toda ayuda externa, de modo que envejezcan de manera autónoma y sin restricción ni dependencia alguna.

La soledad, en efecto, puede ser problemática en personas de mayor edad por varias razones. Según datos del Instituto Nacional de Estadísticas (INE), en el grupo de adultos mayores de 80 años y más las tasas de suicidio son las más altas del país, correspondiendo a 15 suicidios por 100.000 habitantes en personas de 70 a 79 años y a 18 en los mayores de 80 años (en contraste con la tasa del resto de la población, 10 suicidios por 100.000 habitantes). Por otra parte, se trata de un grupo con alto grado de dependencia funcional, es decir, con altas dificultades para realizar actividades cotidianas, pidiendo generalmente ayuda a otras personas para realizarlas. De hecho, si bien según la misma encuesta Casen la tasa de dependencia entre 2015 y 2017 se mantiene estable (14,4% y 14,2% respectivamente), la dependencia severa aumenta desde 3,7% a 4,3% en el mismo periodo de tiempo.

Desde la reforma previsional de 2009 este grupo cuenta con un piso mínimo de ingresos dado por la pensión básica solidaria ―lo que ciertamente es una ayuda en beneficio de su autonomía personal―, pero esta no alcanza a cubrir la gran cantidad de necesidades básicas e ingentes gastos de salud en los que este grupo etario incurre con bastante frecuencia. Por ello, no es casualidad que sea, al mismo tiempo, el más endeudado del país. Según cifras de la Superintendencia de Bancos e Instituciones Financieras (SBIF), el endeudamiento bancario de la tercera edad en el 2017 tuvo un alza promedio de 8,3%.

De alguna manera, nosotros, las generaciones más jóvenes, guardamos siempre una “deuda” con nuestros mayores, tanto con los propios progenitores, como con cada persona de la que recibimos algo que va en directo beneficio de nuestro desarrollo integral, sobre todo si se trata de la educación que recibimos de niños.

Si bien nunca tendremos soluciones definitivas frente a esta realidad tan compleja, una manera equivocada de enfrentar las consecuencias del envejecimiento es con lógicas individualistas. Así, por ejemplo, muchas veces escuchamos que como sociedad debemos aspirar a que los adultos mayores sean lo más “independientes posibles” de toda ayuda externa, de modo que envejezcan de manera autónoma y sin restricción ni dependencia alguna. Esta es la postura más común entre los organismos internacionales y que está presente de una u otra forma en los distintos programas sociales gubernamentales. Con todo, la dependencia no es una circunstancia que aparece solo en los años de vejez. Los adultos mayores, que en un par de décadas serán la mayor parte de la población nacional y mundial, fueron en su momento nuestros padres. De alguna manera, nosotros, las generaciones más jóvenes, guardamos siempre una “deuda” con nuestros mayores, tanto con los propios progenitores, como con cada persona de la que recibimos algo que va en directo beneficio de nuestro desarrollo integral, sobre todo si se trata de la educación que recibimos de niños.

¿Estaremos dispuestos a pensar políticamente un sistema de pensiones en términos de solidaridad intergeneracional?

En suma, quienes creemos ser “independientes” y “autónomos”, nunca en verdad lo somos del todo. Estamos inevitablemente ligados unos con otros y especialmente con aquellas personas con quienes compartimos vínculos de familia y vecindad. En la vejez, esta cualidad de las personas humanas aparece con mayor visibilidad, pero todos podríamos experimentar, sin siquiera buscarlo, la experiencia de la fragilidad. Tal como explica el filósofo escocés Alasdair MacIntyre, una sociedad política que mira en dirección a la justicia y la solidaridad es aquella que parte del hecho de que la dependencia es algo que todos los individuos experimentan en algún momento de su vida. ¿Estaremos dispuestos a pensar políticamente un sistema de pensiones en términos de solidaridad intergeneracional? Porque no se trata solamente de un problema técnico, donde hay más o menos Estado y/o mercado, sino cuál es, desde una visión de persona que vive en comunidad, la manifestación concreta de aquella dependencia entre las generaciones más jóvenes y los adultos mayores. ¿Estaremos dispuestos a pensar la vejez de los adultos mayores como si fuera la nuestra?

Si ese fuera el caso, quizás podríamos resolver todos los dilemas técnicos que implica vivir dignamente en la vejez. Técnicos abundan y hay muchos de gran calidad en todos los sectores sociales, pero para ello es necesaria una óptica sobre cómo vivir juntos, que comprenda el sentido real de las estadísticas y los promedios sobre la vejez y las consecuencias de la soledad.

 

FOTO: PEDRO CERDA/AGENCIAUNO_.

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