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Publicado el 23 de enero, 2019

Luis Robert: Educación pública: la otra cara de la selección escolar

Investigador Idea País Luis Robert
El proyecto de admisión justa no tiene sentido si nos olvidamos de aquellos que el sistema no selecciona. ¿Qué sentido tiene la educación para estos niños si los colegios donde hay paz y realmente se puede aprender son caros y exigen una alta cuota de incorporación? Como bien escribió Andrés Bello en 1836: "Nunca puede ser excesivo el desvelo de los gobiernos en un asunto de tanta trascendencia".
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El Presidente Piñera ha anunciado un ambicioso proyecto que busca robustecer la selección escolar a partir de 7° básico en los establecimientos de alta exigencia, como los liceos emblemáticos y bicentenario. Más allá de los exabruptos del Mandatario y de su concepción industrial de la educación, esta reforma parece ser, en general, muy necesaria en el contexto donde la enseñanza en los liceos públicos se ha vuelto un martirio. Basta conversar con un profesor y con personas que tienen experiencia educativa real ―y no solo técnica― para convencerse de las dificultades que implica enseñar en el aula, donde muchos docentes están más preocupados de proteger la convivencia escolar que de enseñar realmente.

En la práctica educativa, lo que se conoce como “selección escolar” ―ejercida con justicia y criterios razonables― es un hecho inevitable si se quiere cumplir con los fines de la educación, cualquiera estos sean. Cosa distinta es que muchas familias ―por motivos generalmente socioeconómicos― no puedan ejercer su libertad de enseñanza y, por ende, su derecho preferente de educar a sus hijos. Pero es absurdo irse al extremo de creer que cualquier criterio de admisión basado en criterios sustantivos, tales como el proyecto educativo, las creencias o la potencial capacidad de adhesión a un ideario, es arbitrario. La educación es una interacción virtuosa entre familias, profesores, alumnos y establecimientos educativos, relación que debe ser estrecha para que las comunidades escolares cumplan con sus fines.

Quienes no resultan seleccionados, no necesariamente son lo que “bota la ola” de la sociedad chilena.

Dicho esto, no es posible pasar por alto la otra cara de la selección escolar. Quienes no resultan seleccionados, no necesariamente son lo que “bota la ola” de la sociedad chilena. El “mérito” es un criterio de justicia educativa, pero no el único, sobre todo en personas que, por razones que a veces escapan a su voluntad, se encuentran en una situación de desigualdad condicionante frente al resto sus pares. Para una familia de Bajos de Mena, por ejemplo, que ha estado condicionada por múltiples factores externos que afectan múltiples dimensiones del bienestar humano, sería casi un insulto hablarles de “mérito académico”. En dichos contextos, no hay tiempo para pensar en la “excelencia”, cuando primero existen otras necesidades que hay que resolver, como la necesidad de una vida urbana adecuada, la seguridad vecinal y sobre todo una cierta armonía familiar mínima que haga posible el proceso educativo. Deliran quienes hablan de mérito haciendo caso omiso de la realidad social chilena.

Por lo mismo, el proyecto de admisión justa no tiene sentido si nos olvidamos de aquellos que el sistema no selecciona. En el pasado, un camino abierto para todos era la educación pública. Hoy por hoy, ésta es sinónimo de vandalismo, paros y tomas y no de excelencia educativa. Sin embargo, de ella son hijos grandes intelectuales, artistas, poetas, profesionales, de todas las sensibilidades e ideas políticas. En los liceos del Chile de ayer se cultivó la virtud, la ciencia, el arte, la filosofía y la técnica en grados muy altos. Valentín Letelier, político e intelectual del siglo XIX, llegó a decir que Chile no sería el primero de los “Estados americanos” sin el desarrollo de sus liceos estatales, sus Escuelas Normalistas y la Universidad de Chile.

“Nunca puede ser excesivo el desvelo de los gobiernos en un asunto de tanta trascendencia”, escribió Andrés Bello en 1836 con respecto a la educación pública.

Pero, desde la reforma de 1980, el descenso de la matrícula de los liceos públicos revela que la sociedad chilena ya no los valora como antes. De representar el 78% del sistema educativo en 1980, han caído, en los últimos 30 años, a un 36% en 2018. ¿De qué forma podríamos cumplir con el eslogan que tantos han convertido en un proyecto político, los “niños primero en la fila”, si no existe ninguna posibilidad práctica de educación para estas personas? ¿Qué sentido tiene avanzar en reformas a la educación superior, como la gratuidad, si la educación básica y media de calidad le es negada a algunos? ¿Qué sentido tiene la educación para estos niños si los colegios donde hay paz y realmente se puede aprender son caros y exigen una alta cuota de incorporación?

Para estos casos, nunca está de más recordar unas palabras muy vigentes por don Andrés Bello en “El Araucano” en 1836: “Nunca puede ser excesivo el desvelo de los gobiernos en un asunto de tanta trascendencia. Fomentar los establecimientos públicos destinados a una corta porción de su pueblo, no es fomentar la educación, porque no basta formar hombres hábiles en las altas profesiones; es preciso formar ciudadanos útiles, es preciso mejorar la sociedad; y esto no se puede conseguir sin abrir el campo de los adelantamientos a la parte más numerosa de ella. ¿Qué haremos con tener oradores, jurisconsultos y estadistas, si la masa del pueblo vive sumergida en la noche de la ignorancia, y ni puede cooperar, en la parte que le toca, a la marcha de los negocios, ni a la riqueza, ni ganar aquel bienestar a que es acreedora la gran mayoría de un estado?”.

FOTO: SEBASTIAN RODRIGUEZ/AGENCIAUNO

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