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Publicado el 27 de diciembre, 2018

Luis Larraín: ¿Populismo de derecha?

Economista Luis Larraín

Para quienes junto a los liberales clásicos creemos que la soberanía individual es una premisa epistemológica liberal y que el hombre es anterior al Estado, la democracia representativa de carácter liberal es la máxima concesión que estamos dispuestos a hacer para limitar nuestra libertad. El líder populista que desprecia la democracia representativa o la respeta sólo por razones tácticas es un sujeto peligroso.

Luis Larraín Economista
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Convocado por la Fundación Para el Progreso, participé junto a su director ejecutivo Axel Kaiser, el director del CEP, Leonidas Montes, y la conducción de la periodista Marlene Eguiguren en un concurrido seminario que discurría sobre el populismo de derecha y se preguntaba si esta era una nueva lógica en la política chilena.

En mi intervención señalé, en primer lugar, que el tema era interesante de discutir en serio, dejando de lado tanto un intento por ignorarlo, que equivale a hacerse el leso y decir ‘ese es problema de otros’, como una actitud de desprecio que pretenda descalificar estas expresiones simplemente porque se alejan de lo políticamente correcto y de la sensibilidad “progresista” que domina en los medios, en los ambientes universitarios y en buena parte de la política. Esto último sería simplificar en extremo el fenómeno y de alguna manera “ningunearlo”.

Generalmente los enemigos del populismo son más ficticios que reales. Los inmigrantes no han dañado a los Estados Unidos, lo engrandecen. El comercio libre no perjudica a los americanos, los beneficia. Pero el líder populista, y Trump lo es, tiene que encontrar a alguien a quien echarle la culpa de los problemas.

Pero enseguida manifesté que ello no significaba ser condescendiente con el populismo de derecha. Me manifesté derechamente contrario a él. Creo que la esencia del populismo está en el intento de un líder por constituirse como representante del “pueblo” y señalar y combatir a un enemigo, habitualmente “las elites”, que serían culpables de la mayoría de nuestros males. Generalmente esos enemigos son más ficticios que reales. Los inmigrantes no han dañado a los Estados Unidos, lo engrandecen. El comercio libre no perjudica a los americanos, los beneficia. Pero el líder populista, y Trump lo es, tiene que encontrar a alguien a quien echarle la culpa de los problemas.

El argentino Ernesto Laclau, uno de los referentes intelectuales del Frente Amplio, lo define muy bien cuando dice que “el líder populista viene a recuperar para el pueblo un poder del que ha sido injustamente privado”. Su libro “La Razón Populista” se constituye en un verdadero elogio al populismo, al que identifica como una herramienta del juego democrático, quizás de las más importantes.

El líder populista que desprecia la democracia representativa o la respeta sólo por razones tácticas es un sujeto peligroso.

Esa invocación al pueblo, que no es exclusiva de la izquierda, me parece sospechosa. Para quienes junto a los liberales clásicos creemos que la soberanía individual es una premisa epistemológica liberal y que el hombre es anterior al Estado, la democracia representativa de carácter liberal es la máxima concesión que estamos dispuestos a hacer para limitar nuestra libertad. El líder populista que desprecia la democracia representativa o la respeta sólo por razones tácticas es un sujeto peligroso. De hecho, Laclau y otros pensadores como Chantal Mouffe buscan reemplazarla a través de “procesos de creación de sentido” que conduzcan a una nueva hegemonía, en que cuestiones tan básicas como la división de poderes del Estado sean reemplazadas por otras lógicas. Cierta derecha más conservadora puede considerar atractiva esta limitación a la soberanía individual y llegar así a coquetear con el populismo. El instrumento para hacerlo es la invocación al pueblo, ese colectivo indefinido en que la voluntad de la persona no parece muy presente. Por eso mi advertencia a no ser condescendientes con el populismo en la derecha.

Una tercera cuestión que planteé en ese seminario es que los hallazgos de la neurociencia y sicología conductual de científicos evolucionistas nos dicen que, si bien no podemos dejar que las emociones reemplacen a la razón como ocurre en el populismo, tampoco podemos negar la existencia de los sentimientos en política. El concepto de intuición moral de Jonathan Haidt es un muy buen instrumento de análisis de la política. Dice este autor que pertenecemos a “tribus morales” y que interpretamos la información que nos llega de acuerdo a quién es el emisor. El extremo está retratado por el austríaco Stephen Lewandowsky, que lo caracteriza con la siguiente frase: “Si te odio, tus hechos son falsos”.

El populismo es una realidad de la política en el mundo y también puede serlo de Chile.

El estudio del comportamiento de usuarios de redes sociales también es muy útil para entender la sociedad actual. El filósofo coreano-alemán Byung Chul Han lo describe con gran acierto en su libro “En el Enjambre”, cuando afirma que en esas redes nos enfrentamos a flujos de descalificación y de halago desatados por líderes de esos medios. Datos para quienes andan buscando explicaciones a la posverdad.

La respuesta liberal a esta situación, que plantea el español Manuel Arias Maldonado, de la Universidad de Málaga, es que no podemos dejarnos colonizar por los sentimientos hasta perder nuestra soberanía individual; pero sí debemos aprender a vivir con ellos presentes en nuestras decisiones y en la política. El futuro no podrá ser sino de la razón, nos dice Arias Maldonado, pero de una razón que ha aprendido a golpes de autoconciencia a dialogar fructíferamente con sus emociones.

El populismo es una realidad de la política en el mundo y también puede serlo de Chile.

FOTO: RODRIGO SAENZ/AGENCIAUNO

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